Piñas y trifulcas, ese momento irresistible
¿Quién era el que decía “así como les digo una cosa, les digo la otra”? No me acuerdo. Pero hoy esta columna va a tener un tono por el estilo. Es que tengo una gran ambivalencia. Pienso una cosa y, a la vez, su contraria. Y estoy de acuerdo con las dos. Como si hubiera una especie de dialéctica sin síntesis, un choque de frente entre dos ideas antagónicas que al chocar saca chispas, hace crujir a las propias ideas. Aquí va la primera de esas ideas que, en verdad, no es una idea, sino un gusto, un placer, un reconocimiento: disfruto mucho cuando los jugadores se agarran a trompadas. Me encanta que haya trifulcas, empujones, empellones, remolinos, agarradas, amenazas, patadas y bataholas. ¡Se expresa allí lo más glorioso del fútbol! En los partidos de primera división, e incluso en los de las selecciones (como en Argentina-Holanda en el último Mundial) cuando eso ocurre, reaparece la dimensión barrial, amateur, ingenua del fútbol. Un grupo de millonarios (o en vía de serlo), asesorados por toda clase de agentes y especialistas de imagen, esponsoreados por las marcas más grandes del mundo, admirados por millones de personas, de repente hacen como que regresan al picado en la plaza frente al equipo del barrio de al lado, y todo termina mal. ¡Es decir termina bien!
Por supuesto que hay distintos tipos de grescas. Algunas patéticas, como el arañazo de Gallardo al Pato Abbondanzieri en la Libertadores 2004. Otras sublimes, como la patada voladora de Maradona a un vasco en un Barcelona-Atlético Bilbao, en la final de la Copa del Rey de 1984, en la cancha del Real Madrid. La del River-Boca del domingo pasado fue medio tibiecita, mucho ruido y pocas nueces, duró minutos sin que pasara nada de verdad.
Pero entonces, ni bien expreso estas ideas, me surge con fuerza un sentimiento opuesto. Pero lo opuesto al “piña va, piña viene, los muchachos se entretienen” no es el Fair Play, que me tiene sin cuidado. Para mí, los que ganan el premio al Fair Play son lo mismo que los ganadores al empleado del mes en Mc Donald’s. No, lo opuesto a las grescas reside en la frase de Carlos Bianchi: “Me gustan los jugadores inteligentes”. Pensando en esa frase, casi que se puede afirmar que Boca está formado por un grupo de bobos. Los hinchas de Boca deberían estar hartos que este grupo de jugadores bastante mediocres se agarren a piñas todo el tiempo, tontamente (y eso que esta vez faltó Benedetto). Es cierto, sí, que en los partidos de la Libertadores 2021 contra Atlético Mineiro, Boca fue robado como pocas veces vi (no tengo pruebas, pero sí la convicción de que detrás estuvo la mano del macrismo en la Conmebol para evitar que la gestión de Riquelme gane la Libertadores), pero eso no justifica un equipo que se pelea cada vez que pierde un partido importante (que a Boca le viene pasando demasiado seguido, digo, perder partidos importantes). Con expulsados, con suspendidos, con el riesgo de estar otra vez en crisis. Inteligencia es también, y sobre todo, no hacer un penal tonto en el último minuto. Boca no es un equipo de malos perdedores, sino de perdedores poco inteligentes.
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