ECONOMISTA DE LA SEMANA

La prudencia fiscal y monetaria no puede depender de un solo hombre

Proyecto. Milei busca que su “racionalidad monetaria” continúe en otro gobierno. Foto: cedoc

Con la afirmación de las soberanías monetarias y el origen del “dinero territorial” en los siglos XIX y XX, surgieron en casi todos los países del mundo los Bancos Centrales, concentrando el poder de emisión de moneda, así como las funciones de gestionar el sistema de pagos, administrar tasas de interés de corto plazo, regular, supervisar, velar por la estabilidad del sistema financiero, y actuar como Lenders of Last Resort (prestamistas de última instancia), entre otras.

"En el mundo donde la alta inflación es un recuerdo del pasado, los bancos centrales son independientes"

No obstante, y especialmente tras el fin de la atadura con el oro, poner la facultad de emitir dinero en manos del gobierno no fue inocuo. Surge así el trade-off entre elasticidad y disciplina. En otras palabras, entre la capacidad de la oferta de dinero para adaptarse a las necesidades transaccionales de la economía, y los límites a la expansión monetaria para preservar la estabilidad del poder adquisitivo. Mientras que el dinero mercancía del pasado o el Patrón Oro tenían alta disciplina y baja elasticidad, con el dinero fiat moderno lo opuesto es cierto; con costos de producción despreciables y flexibilidad extrema tenemos mucha elasticidad -lo cual tiene ventajas- pero corremos el riesgo de pérdida de disciplina, dando lugar a inflaciones e hiperinflaciones que no existieron mientras perduraron aquellas restricciones.

En este marco se encuadran otros dos debates por demás fundamentales. El primero, entre reglas versus discreción. Esto es, de si debe el Banco Central ceñir su comportamiento a reglas estrictas, o, por el contrario, tener un mayor margen para actuar sin un curso de acción predeterminado, sino solo como el mismo considere necesario según la situación amerite. El segundo, es sobre la independencia de la autoridad monetaria. ¿Debe esta hacer caso al Presidente? ¿Ayudar a los objetivos del Poder Ejecutivo? ¿O no hacerlo?

A saber, el mundo donde la inflación alta es solo un mal recuerdo del pasado se rige en su mayoría por Bancos Centrales independientes aislados del ciclo político, y con reglas bajo discrecionalidad limitada, es decir, independencia de instrumentos, pero no de objetivos. Los mismos están declarados en la Carta Orgánica de cada entidad: la llave que abre el tesoro.

En la Argentina, entretanto, la tentación ha sido más fuerte. Y es que lejos de la independencia, el Banco Central ha sido víctima de los intereses de los diferentes gobiernos, quienes lo utilizaron para sus propios fines rompiendo así con toda institucionalidad posible. Y al mismo tiempo, con el valor de nuestra moneda, sea vía política expansiva para mejorar la actividad económica previa a períodos electorales (el sesgo inflacionario), o como mecanismo para financiar los repetidos déficits fiscales del gobierno (la dominancia fiscal). Ambas cosas sucedieron hacia el año 2023.

"Se impulsa una reforma a la Carta Orgánica del BCRA para asegurar que su misión sea preservar el valor de la moneda"

Y es que más allá de la buena voluntad -o no- de los tomadores de política, existe en nuestro país un gran problema de inconsistencia temporal; no hay capacidad de comprometerse de forma creíble y vinculante con un objetivo a largo plazo si todos los compromisos que hacemos ex ante los rompemos ex post cuando aparecen incentivos al desvío. Y es esa imposibilidad de comprometerse creíblemente en el tiempo lo que nos lleva a un equilibrio con mayor inflación y sin mejoras en el producto.

Pero existe ahora una oportunidad. Tres años atrás, con pasivos por casi cuatro veces el dinero de toda la economía y sin activos reales, la hoja de balance del BCRA no era diferente a un acta de defunción. 

Hoy, esa situación ha cambiado de forma radical: el Banco Central ha vuelto de la muerte.

Se cerraron casi todas las canillas que obligaban al gobierno a emitir pesos sin control, empezando por el déficit fiscal; se terminó con la deuda remunerada; se migraron los pasivos restantes al Tesoro; se sinceró el mercado cambiario; y se compraron divisas por más cantidad que los cuatro gobiernos anteriores juntos. Con esto, no solo evitamos una nueva crisis, sino que la inflación cayó más rápido de lo que la mayoría hubiera esperado. Aquí, como diría Cochrane, una Teoría Fiscal del Nivel de Precios: los factores fiscales subyacentes son en última instancia lo más importante.

Por último, se impulsa la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, para asegurar que su misión única e indelegable sea la preservación del valor de la moneda; para terminar con el financiamiento espurio al Tesoro; y para garantizar una mayor independencia institucional. Sucede que la disciplina no llega sola: esta requiere salvaguardas institucionales que perduren en el tiempo.

Simplemente, la racionalidad fiscal y monetaria de la Argentina no puede depender de un One Man Army (ejército de un solo hombre). Algún día, más pronto o más tarde, Javier Milei ya no será el presidente de los argentinos, y si queremos que la estabilidad de precios continúe, debemos entonces poner límites a lo que políticos menos virtuosos puedan hacer. Como Odiseo, el más grande de los héroes griegos, atarnos al mástil para resistir los cantos de sirenas.

* Economista, profesor de la UBA e integrante de la Fundación Libertad y Progreso.