Billy Elliott: el brillante musical con una versión local que conquista y enternece
Los hermanos Romay llevaron al Opera la difícil tarea de recrear un musical del West End con rigurosidad y amor por el género. El resultado es aplaudido de pie, tanto como cada conquista que va logrando el hijo del minero que quiere hacer ballet en tiempos de Margaret Thatcher.
El Opera es el ámbito perfecto para el despliegue de un gran musical como lo es Billy Elliot. Con una multitud de personas en escena, músicos en vivo y una técnica moderna que cambia el escenario en segundos (diseño de Jorge Ferrari), esta mega producción de los hermanos Romay es de lo mejor que hay en la cartelera porteña en este momento.
La historia del niño de pueblo minero que descubre su pasión por la danza es tan enternecedora que conmueve. Peto también es fuerte porque está inmersa en una larga huelga minera provocada por las decisiones tomadas por Margaret Thatcher, que cambiaron las reglas laborales en Gran Bretaña. En medio de todo eso vemos a un chico que encuentra habilidades desconocidas en sí mismo y una pasión imposible de parar.
Como buena obra del West End, con autoría de Lee Hall y de Elton John en las canciones, Billy Elliot es larga, con un intermedio. Pero para nada es pesada para el espectador. Todo lo contrario. El tiempo se pasa volando luego de un comienzo lento, mientras los espectadores aplauden cada nueva conquista el chico, y son testigos de las trabas y la ayuda que recibe. Está todo tan bien llevado que el final llega con celebración arriba y abajo del escenario. Y es a todo trapo.
Con un cuidado especial puesto en la técnica, impecable sobre el escenario. El sonido de Gastón Briski que no falla pese a tener gran cantidad de voces que ensamblar, coreografías gratas que sorprenden (de Gustavo Wons) y alegran porque ponen a bailar a personajes insospechados, y una orquesta en vivo dirigida por Gaby Goldman, es muy complejo lograr que todo funcione exactamente en el momento indicado. Pero el director Rubén Szuchmacher lo consigue con una precisión matemática en la que nada falla.
Con respecto a la interpretaciones, Osvaldo Laport como el padre y Graciela Pal como la olvidadiza abuela, no sólo aportan oficio a sus personajes, saben sacarle el jugo a los momentos individuales. Alejandra Perluski, la profesora de baile, es estupenda, aporta frescura y sensibilidad a un personaje que se escuda en una actitud desargento a para ocultar sus emociones.
Y el elenco juvenil lo es todo: frescura, colorido, baile y canto impecables. Son el corazón de la obra. Especialmente Lautaro Muro López, en el rol de Michael, el amigo de Billy, y por supuesto el protagonista que vimos en la función de estreno: Joaquín Mondino Formichelli, que es una delicia.
Así que gracias Diego y Omar Romay por apostar a lo grande, jugársela y darnos un espectáculo maravilloso. Que no solo es de primer nivel sino que enternece, tiene un buen mensaje y divierte. Brillante! Encontrá acá más info sobre las entradas.
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