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COLUMNISTAS /
domingo 1 septiembre, 2013

Con la Ley de Medios no alcanza

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De los testimonios en las audiencias públicas de la Corte Suprema previos a su fallo por la constitucionalidad de la Ley de Medios, el más original fue el de Eliseo Verón, para quien “la ley era obsoleta el día que fue publicada en el Boletín Oficial”.

Los medios kirchneristas salieron rápidamente a criticarlo: “Si internet ya cambió todo, Clarín no se molestaría en defenderse”. Son los mismos que esta semana también acusaron a Editorial Perfil de apoyar a Clarín con la tapa de la revista Noticias, donde –al revés– se acusaba a Clarín de ser un demonio como el kirchnerismo (los argumentos del columnista del diario Tiempo Argentino son desopilantes, vale la pena leerlos en http://e.perfil.com/tiemposecesion).

Como autómatas, atacan todo lo que provenga de las voces críticas al Gobierno sin analizar si lo que se dice es beneficioso para el kirchnerismo. Son superficiales por apuro y no pocas veces por ignorancia, tanto la propia como la de sus mandantes, influenciados por una vulgata del concepto de pensamiento situado, que podría simplificarse diciendo que la subjetividad es ineludible porque todo sujeto está atravesado por la perspectiva de su situación.

Claro que nuestras visiones siempre están condicionadas por nuestra posición en –mínimamente– dos ejes: el espacial/geográfico y el temporal/histórico. Un ejemplo ilustrativo se puede ver en un solo minuto clickeando el archivo de power-point titulado “Zoom”, que como complemento de esta columna se guardó en http://e.perfil.com/zoom, donde se muestra que siempre nuestra percepción será un recorte dentro de otro y dentro de otro, o que no es el mismo bosque para la hormiga que para el cazador.

Pero problemáticas de la gnoseología o la teoría del conocimiento son convertidas en justificaciones para tener medios de comunicación oficialistas cuyo único fin es castigar a opositores y críticos del Gobierno además de alabar al kirchnerismo bajo la primitiva explicación de que ya que todo depende del cristal con que se mire, es lícito disfrazar como discurso periodístico el discurso político.

Para responderle a Clarín y bajo la investidura de la pluralidad (“no hay un universo único, sino infinidad de universos plurales, no asimilables a un discurso único”), legitiman la creación de medios subvencionados por el Gobierno apelando a una berreta reelaboración del espíritu posmoderno, del “principio de la diferencia” de Gilles Deleuze o de la différance de Jacques Derrida.

La pluralidad de significados, la semiosis infinita (concepto –justo– de Eliseo Verón) no habilita al vale todo. No se resuelve el problema de los abusos en que pueda haber caído la prensa hegemónica con abusos en sentido contrario, más graves aún cuando se los patrocina desde el Estado (por eso la teoría de los dos demonios aplicada a Clarín y el kirchnerismo).

El exceso de posición dominante de la suma de diferentes medios de Clarín es indiscutible: es el número uno en diarios, en noticias en la web, en radio, en televisión abierta, en señales de televisión por cable, en conectividad de cable y en conectividad de internet.

Pero la solución es con más Adam Smith que Karl Marx. El mercado de libre competencia es una creación de la intervención del Estado vigía que impida a algún actor conseguir una posición de tal dominancia que llegue a afectar la libre competencia. En los países más capitalistas se colocan límites al crecimiento de las grandes empresas incluso muchas veces más severos que la propia Ley de Medios, del 25% y no del 35% (las empresas, para seguir creciendo, tienen que salir de sus fronteras, ése debería ser el futuro de Clarín aumentando aún más la independencia de los gobiernos).

Obviamente, la Ley de Medios nació obsoleta porque ignora internet, pero eso no quiere decir dejar todo como estaba antes de su promulgación sino agregarle a la ley nuevas regulaciones que la integren al ecosistema de conectividad donde las empresas como Cablevisión, que proveen conexión de TV por cable y de banda ancha de internet, compitan con las empresas telefónicas, que quedaron fuera de esta regulación (o como, tiene razón Clarín, quedó favorecida DirectTV fuera de los límites de cantidades de licencias).

Falta que la Ley de Medios incorpore el triple play, como estaba en el proyecto original, que reconozca la realidad de que por el mismo cable puede ir televisión, internet y telefonía, al mismo tiempo, prohibiéndoles a los proveedores de conectividad producir contenidos (más duro aún con Clarín).

La pluralidad se obtiene asegurando igualdad de oportunidades para los agentes de cada actividad y no creando contraagentes como si se tratara de una guerra. Las guerras no están hechas para durar toda la vida, son esencialmente efímeras porque los seres humanos no las pueden resistir durante mucho tiempo. Los que las promueven son los que venden armas y, ya que la Presidenta habló de “balas de tinta” en su último discurso para referirse a notas de Clarín, sería bueno que analizara lo costosas que le resultan las balas de tinta que ella compra en medios oficialistas y lo poco eficaces que resultan.

Para lograr el espíritu de la Ley de Medios hace falta mucho más que la Ley de Medios. Tarea que no sólo es de los tres poderes, el Judicial ahora, el Legislativo y el Ejecutivo, antes y en el futuro, sino de los propios medios de comunicación.

Así como desde el kirchnerismo fue un error confundir preferencia con adhesión, porque la primera reconoce las insuficiencias de nuestra preferencia y su perfectibilidad, en cambio la adhesión es dogmática, militar o religiosa, igualmente grave es en la prensa profesional que la crítica se vuelva irreflexiva.

Esa idea simplista de que hay una historia contada desde el conquistador español y otra historia contada desde el pueblo originario conquistado, inarticulables en una historia que las integre, es una falta de respeto por las ciencias sociales, que obviamente no tienen el lenguaje universal de la matemática pero tampoco son sólo obra de la literatura o la política, o de ambas a la vez, como dice Jacques Rancière en Los nombres de la historia, una poética del saber.

La pluralidad entendida como darles a todas las proposiciones el mismo estatuto de verdad embrutece en lugar de iluminar a la audiencia.


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