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COLUMNISTAS /
domingo 4 enero, 2015

Después de las listas

Los balances literarios de fin de año se caracterizaron por la homogeneidad y la falta de entusiasmo, como si 2014 hubiese sido un año más bien estéril. Pero para levantar la moral de los lectores me gustaría agregar dos novelas que no vi mencionadas en las listas. Ambas son argentinas y narran la guerra entre organizaciones secretas que surgen de las atrocidades de los 70.

Me resistí a leer Cría terminal, de Germán Maggiori, después de leer en una entrevista que el autor comulga con el catecismo oficial de esta época. Allí dice, apoltronado en los clichés que la corrección política decretó para a su infancia, que “es natural que quiera volver para poner palabras a las palabras que en su momento me robaron, que mis padres por protección me sustrajeron”. Las consecuencias de esa elección se potencian cuando Maggiori confiesa que, con la ayuda de la editorial, eliminó las notas cómicas de Cría terminal y le dio un carácter más grave del que tenía Entre hombres, su novela anterior. Es una lástima que Maggiori haya apostado por mantener la sordidez apocalíptica de Entre hombres pero haya reemplazado la ligereza por la ideología y la audacia de tener como protagonistas a dos asesinos queribles por la obligación de producir mensajes edificantes.

Pero, a pesar de sus limitaciones autoimpuestas, Maggiori demuestra una imaginación exuberante y una gran energía narrativa, con las que construye un relato de ciencia ficción bélica repleto de peripecias en un mundo horrible y un Gran Buenos Aires devastado. En ese contexto, el lenguaje de la violencia se potencia con el de la jerga científica, el lunfardo se mezcla con la lengua de las traducciones españolas y el texto juega con los temas de la literatura argentina, desde José Hernández hasta Alberto Laiseca, pasando por Marechal o El Eternauta, y deja filtrar ecos de la paranoia de Pynchon, de los hobbits de Tolkien o de las mutaciones de Sturgeon.

En el libro de Maggiori hay una batalla metafísica dentro de los servicios de inteligencia entre peronistas de derecha y huérfanos en busca de su origen, mientras los chinos, las corporaciones y las iglesias libran sus guerras universales. La historia empieza con un archivo de la represión, como también ocurre en Los marianitos, de José María Gómez, donde la guerra es mucho más opaca y transcurre entre policías de los 70, entre los marianitos subversivos de Ferreyra y los defensores del orden al mando del Polaco, bandas que bien podrían ser alusiones a montoneros y lopezreguistas. Lo que convierte a la novela de Gómez en la más virtuosa del año y en una de las más originales de las letras argentinas es una escritura lúdica pero de aliento trágico, de orígenes e intenciones indetectables, de una libertad absoluta y enigmática. Los marianitos está recorrida por el deseo homosexual, poblada de coitos entre oficiales maduros y bellos reclutas que serán más tarde masacrados. Más que una conexión más o menos obvia con Osvaldo Lamborghini, encuentro una remota afinidad entre el universo político-homoerótico de Los marianitos y Puntos suspensivos, la ópera prima de Edgardo Cozarinsky cuando éste era un artista incorrecto o maldito, categoría a la que Gómez podría aspirar más que Maggiori, quien no venía mal encaminado antes de esta novela.


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