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COLUMNISTAS / INCLUSION
sábado 24 enero, 2015

El desafío de la igualdad y la innovación social

por Redacción Perfil

default Foto: Cedoc

Cuando hablamos de los pobres lastimosamente, podemos reducirlos a una serie de estereotipos que van de calificarlos como maravillosos o como delincuentes, vagos o emprendedores, abandonados o casi héroes. Estas mezquindades nos impiden acercarnos a ellos para conocer a fondo sus sueños, sus miedos, sus talentos, sus limitaciones y, fundamentalmente, sus proyectos de vida. Muchos programas de lucha contra la pobreza fracasaron porque consideraron a los pobres como “objeto” y no como “sujetos de derechos” capaces de aportar con sabiduría y eficacia a las políticas necesarias para que sus vidas pudieran considerarse “vida digna”.

¿Cuáles son las barreras estructurales que impiden la inclusión de núcleos duros de marginalidad persistentes a pesar de los ciclos de bonanza y de las políticas de ingresos? Esto vale no sólo para Argentina sino también para la región. Entre 1990 y 2009, América Latina logró un aumento del PBI per cápita con reducción de la pobreza absoluta pero se modificó muy poco la desigualdad (BM/Cepal indican que el coeficiente de Gini,  que mide la desigualdad, en 1990 era 0,498 y en 2009, 0,495). Si en años de crecimiento en nuestro país se mitigó la pobreza absoluta y muy poco se tocó la desigualdad, indudablemente en este período de estancamiento, recesión, inflación… las cosas se ponen mucho más difíciles. ¿Qué ocurrió? ¿Falta de voluntad política? Probablemente… pero en los casos en los que positivamente la hubo, tal vez se haya dado un inadecuado abordaje de la exclusión. “Excluido” es quedar afuera de un grupo, un territorio, un espacio político, cultural, económico: no acceder a relaciones, a participación en las decisiones, a la creación de bienes y servicios. Por la convergencia de, al menos, tres factores:

1) estructurales: poder financiero, económico, político que configuran un entorno excluyente como la salida del mercado laboral, el desequilibro en la distribución de la riqueza, la desprotección social;
2) sociales: destrucción de redes naturales de convivencia, y
3) subjetivos: pérdida de horizonte de futuro, del sentido de la vida. Hay que trabajar en los tres niveles simultáneamente: políticas de Estado. Hoy contamos con formidables bases de datos aportadas por los programas sociales nacionales, provinciales y municipales (ej. asignación universal) que nos permitirían identificar la problemática social en su totalidad (salud, educación, hábitat, vivienda, trabajo, seguridad física y psicológica) y operar en su solución de un modo integral, eficaz y transparente, propiciando el control social.

A partir de estos datos sabríamos más acerca de quienes se encuentran en la pobreza, no sólo en cuanto a su vulnerabilidad sino también sobre sus capacidades y aspiraciones; sabríamos que los hogares pobres tienen mayor número de miembros, menor nivel educativo, que tienen mayor relación de dependencia demográfica, por ej. entre niños y ancianos, con lo negativo del hacinamiento, que la mayoría tiene como jefa de hogar a la mujer, mayor tasa de desempleo abierto, bajísima incorporación al mercado formal de trabajo, y mucho más para actuar en consecuencia. Si no lo hacemos, hasta las mismas políticas universales pueden caer en una “espiral de rutinización”, de “filtraciones” que impiden una verdadera configuración de una política de Estado en materia económico-social. Un ejemplo de este riesgo de rutinización es la educación secundaria, la cual es política universal pero sólo el 44% la completa. Muchas veces la capacidad redistributiva de una política social de orientación universalista se ve minada por la falta de cobertura de grupos importantes de población. Otra limitante en su capacidad redistributiva son las desviaciones por prácticas clientelares. No podemos naturalizar la desigualdad, la segregación de nuestras comunidades más pobres. Ya hubo un presidente de la nación que quiso justificar su negligencia en materia de pobreza tergiversando el pasaje evangélico de “pobres habrá siempre”. La pobreza es una injusticia y, como tal, hay que sanarla. Nunca debemos hacer de la necesidad una virtud: quien está en el núcleo estructural de la pobreza es muy probable que tenga como destino la explotación, ser víctima de la criminalidad organizada, del trabajo esclavo, y de todas las nuevas formas de esclavitud moderna.

*Economista y profesora de la UBA.


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