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COLUMNISTAS / Panorama // Atrs queda la unipolaridad
domingo 25 mayo, 2008

Estados Unidos como sistema mundial

En el año de la crisis norteamericana, con una economía que experimenta una profunda desaceleración en los últimos ocho meses (el PBI creció 0,6% en el último trimestre de 2007 y una cifra similar en los primeros tres meses de este año.

por Redacción Perfil

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En el año de la crisis norteamericana, con una economía que experimenta una profunda desaceleración en los últimos ocho meses (el PBI creció 0,6% en el último trimestre de 2007 y una cifra similar en los primeros tres meses de este año, tras haber aumentado 4,9% entre julio y septiembre del año pasado), el déficit comercial se ha reducido a 5,3% del producto, una caída de un punto respecto de 2006 (6,2%).
Lo notable es que en el cuarto trimestre de 2007, en que el crecimiento del producto cayó más de 4 puntos con respecto a los tres meses anteriores, las inversiones externas ascendieron a 346.000 millones de dólares, 70.000 millones más que en el período de auge previo.
La razón fundamental de la reducción del déficit comercial es el crecimiento extraordinario de las exportaciones, que aumentaron 15% el año pasado, y cuyo auge duplica el incremento de las importaciones. Si se descuentan petróleo y alimentos de la balanza comercial, el déficit en el intercambio de bienes es hoy 4,2%, la mitad del promedio de los últimos 15 años.
Al mismo tiempo, se incrementa el superávit de su comercio internacional de servicios, que ascendió a 106.900 millones de dólares el año pasado, frente a 79.700 millones en 2006. Esta cuenta revela la conversión de EE.UU en una “economía de la información”, la primera del mundo, en la que el sector terciario –encabezado por unidades de alta tecnología– representa más del 80% del PBI. 
En esta semana, el nivel de aprobación del presidente George W. Bush cayó a 28% (New York Times/CBS), y está por debajo del 40% desde diciembre de 2006 (18 meses); en tanto, 81% de los estadounidenses desaprueba el rumbo del país.
Le restan a Bush siete meses en la Casa Blanca; y su respaldo en la opinión pública es similar al que tenía Richard M. Nixon en Watergate (1973). En EE.UU. existe una crisis de liderazgo, en un año de crisis económica. Una combinación semejante debería disminuir, o en el límite hundir, su estatus internacional; y lo que sucede es lo contrario.
La economía norteamericana, considerada individualmente, atrae 75% del flujo de capitales del mundo entero. La masa del ahorro mundial se dirige a EE.UU. guiada por su racionalidad inherente, que requiere para sus inversiones el mayor retorno con el menor riesgo. El núcleo del imán que atrae estas inversiones es la superior productividad de la economía norteamericana, cuyo eje son las empresas transnacionales estadounidenses o del mundo entero radicadas allí, que representan 42% del PBI y cuyo nivel de incremento de la productividad duplica el promedio nacional.
La dimensión material es un componente fundamental de la hegemonía política. El poder no se reduce a lo económico, pero sin primacía económica no hay poder en fase de integración mundial del capitalismo (globalización). Por eso EE.UU. profundiza su estatus internacional de superpotencia unipolar en 2008, mientras experimenta una doble crisis de liderazgo político y desaceleración económica.
El actual sistema internacional –unipolar, con eje en la superpotencia norteamericana–, vigente desde 1991, parece aproximarse a su terminación. Ese año se produjo el estallido por implosión de la Unión Soviética y el vuelco definitivo de China al capitalismo. Ese año, también, emergió el sistema internacional que ha persistido como estructura de poder los últimos 17 años.
En ese período, y bajo el amparo de la unipolaridad estadounidense, se desplegó la globalización del capitalismo, arrastrada, como por un hilo rojo, por el traslado de la inversión transnacional, que pasó de la tríada de los países del G7 (EE.UU., Unión Europea, Japón) al mundo emergente (China, en primer lugar).
Este ciclo de integración parece haber culminado. El año pasado, 80% del crecimiento de la economía mundial fue obra de los países emergentes; y en el último trimestre, China se transformó en el principal socio comercial de EE.UU., por encima de Canadá. Al concluir este ciclo de integración, parece haber encontrado sus límites el sistema internacional que cobijó su despliegue.
En ese sistema no hay “decadencia” norteamericana, sino todo lo contrario. Tampoco surgen indicios de retorno hacia un sistema multipolar, que quedó definitivamente atrás en la década del ’30 del siglo pasado. No hay restauración en los procesos históricos del sistema internacional.
Al igual que los restantes puntos de inflexión histórica, el nuevo sistema se muestra como transición; el mundo cambia, y EE.UU. deja de ser la superpotencia unipolar, pero lo hace para convertirse en base, sustento y plataforma de un sistema mundial.
En la primera estación del nuevo sistema –en que los flujos de la globalización tienen más importancia que los determinantes espaciales de la geopolítica–, EE.UU. se ha encontrado con China, su principal socio comercial y el otro polo (emergente) de la integración mundial.
Si este primer encuentro revela la verdad del nuevo sistema internacional, en las próximas estaciones deberán incorporarse otros protagonistas, todos ellos sustentados en los flujos y transacciones fundamentales del proceso de globalización (comercio internacional e inversión extranjera directa).
Lo real suma lo actual a lo virtual. Si esto es así, en las próximas estaciones, India, Rusia y seguramente Brasil se incorporarán al nuevo sistema internacional, que es un mundo post-unipolar, pero con eje en EE.UU. El mundo cambia y se parece cada vez más al gigante norteamericano.
Raymond Aron señaló, en la década de ’70, que la línea del ascenso histórico llevaba a EE.UU. a convertirse de “República imperial” en “sistema mundial”. Parecería que el tribunal de la historia ha confirmado el diagnóstico aroniano.


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