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COLUMNISTAS / Ensayo
domingo 2 febrero, 2014

Gestapo y poder

En Historia de la Gestapo (El Ateneo), libro traducido en más de diecisiete idiomas, Jacques Delarue hace un recorrido por los orígenes de la Gestapo, organización que nadie pudo semejar en complejidad y perfeccionamiento a la hora de ejercer el horror, desentraña su mecanismo interno y demuestra que el régimen nazi se pudo imponer gracias a la estructura que lo sostenía. Aquí, un fragmento de los hechos que favorecieron su ascenso al poder.

por Redacción Perfil

La Gestapo quedará en el recuerdo de los hombres como el ejemplo de un instrumento social pervertido por unos seres sin escrúpulos. Se trata de un ejemplo perfecto de lo que sucede cuando un cuerpo del Estado deja de estar al servicio de la nación para ponerse al servicio de un clan. Los poderes y las armas, que en un principio les fueron concedidos para asegurar la protección de los ciudadanos, de sus derechos y de sus libertades, terminaron siendo meros medios de esclavización y muerte. Se convirtió entonces en la dictadura de una banda, en el reino de la fuerza bruta y en el final de los derechos más elementales.

(…) Antes de abordar la historia de la Gestapo, será conveniente recordar los acontecimientos que jalonaron la marcha de los nazis en su camino hacia el poder, desde 1919 hasta 1933; pues como se encuentran unidos en su esencia misma, resulta imposible separar la Gestapo del nazismo.

Este corto recordatorio sólo quiere rememorar algunos elementos determinantes.

El nazismo nació de un complejo de derrota. Cuando en noviembre de 1918 Alemania se vio obligada a reconocerse vencida, sus militares se negaron a admitir la derrota, que consideraban que no se habían merecido.

Los cuadros tradicionales del ejército imperial alemán, dominado por la casta de los oficiales prusianos, habían cultivado desde siempre unas aptitudes y sentimientos militares que desarrollaron hasta la hipertrofia. Al considerarse los únicos amos de Alemania y de la población de siervos que se empeñaban en seguir viendo en ella, no pudieron aceptar la idea de la capitulación y tampoco pudieron aprender de ella. Comenzaron entonces a difundir el mensaje de un ejército militarmente invicto, pero que había sido víctima de una traición. Y así fue como nació la leyenda de la dolschstoss, la “puñalada por la espalda”. Lamentablemente, se olvidaron de mencionar que en noviembre de 1918 todavía tenían 184 divisiones en el frente, sí, pero sólo 17 en la reserva, de las cuales únicamente dos estaban frescas; en cambio, las tropas aliadas contaban con 205 divisiones; pero disponían de 103 en la reserva, sesenta de las cuales estaban frescas, cifra que se incrementaba diariamente merced a los refuerzos estadounidenses. El frente del Danubio había cedido el mes anterior y Austria se había hundido el 6 de noviembre: Alemania estaba sola. 

El 3 de noviembre, los barcos de la quinta flota se amotinaron en Kiel; el 7 de noviembre la insurrección que había estallado en Múnich derrocó al viejo rey de Baviera, Luis III. El día 9, el gran consejo de guerra realizado en Spa, al constatar que el Estado Mayor alemán había perdido la iniciativa, decidió pedir un armisticio, al tiempo que el canciller dimitía y el káiser se refugiaba en Holanda. Pero fueron tres civiles, el príncipe Max de Bade, el nuevo canciller Ebert y el ministro católico Erzberger, quienes tuvieron que humillarse y comenzar las rondas de negociaciones. Ese mismo día, el socialdemócrata Scheidemann proclamó la república desde el balcón del Reichstag.

Esta joven república, nacida del desastre, se convirtió enseguida en la bestia negra de los militares, que mascaban el amargo sabor de la derrota y comenzaban a hablar de traición.

Alemania se sumergía en el caos. La disciplina total, esa famosa disciplina alemana que tan a menudo se ponía como ejemplo a los pueblos liberales, era la responsable. Durante generaciones, esta Kadavergehorsam, esta “obediencia de cadáver”, había despersonalizado a los alemanes, manteniéndolos en una especie de sumisión que los volvía fácilmente manejables. La pirámide jerárquica se había derrumbado y estos “cadáveres”, privados de las brutales órdenes que les daban vida, fueron entregados, indefensos, a los agitadores.

El paro y la miseria se añadieron al caos. Para restablecer el orden, fue necesario recurrir a los militares, que habían creado unas curiosas formaciones, los “cuerpos francos” y los “grupos de combate”, una especie de ejércitos personales que sólo reconocían como jefe al oficial que los mandaba. Estos grupos redujeron las tentativas locales de insurrección, pero al mismo tiempo hipotecaron al régimen, pues poco después pasaron a formar los cuadros del nuevo ejército.

A la vez, los militares descubrieron la política, o lo que creyeron que era la política, creando una especie de servicio de acción psicológica que organizó “cursos de pensamiento cívico”.

(…) Los temas nazis tocaban la fibra sensible de los militares. Eran similares a los de sus “cursos de pensamiento cívico”: supresión del parlamentarismo y concentración de poderes en un Estado fuerte, dirigido por un jefe responsable que consulta al pueblo mediante plebiscitos. Ni hablar de una constitución, un marco inútil que impedía la evolución. El Estado no tolerará adversarios, que siempre le hacen el juego al enemigo.

Se encargará de aplastarlos. Al no haber prensa crítica no habrá “traición”. Nada de partidos de oposición, que sólo minan el poder del Estado, lo único que debe contar es el “interés nacional”.

El truco consistía en identificar al partido en el poder con la patria, una engañifa a la que el ejército ya estaba acostumbrado. Para defender a la patria (es decir, al partido) cualquier medio es válido. El individuo no cuenta, sólo existe como miembro de la colectividad, a la cual debe sacrificarlo todo. Esto significa que son necesarias una disciplina absoluta y una obediencia total al “jefe”; por este motivo los intelectuales han de ser vigilados y, si son “peligrosos para el país”, es decir, hostiles al régimen, deberán ser eliminados sin piedad.

A estos principios se añadían todos los argumentos del racismo: el valor de la pureza de sangre, de la sangre nórdica; la superioridad de la raza germánica, “raza de señores”; la necesidad que tiene ésta de imponer su ley a los infrahumanos, a los degenerados de las razas bastardas, inferiores; la nocividad de los conceptos de caridad, de piedad, que no forman parte del “orden natural”.

(…) Esta ineludible derrota no parece que fuera prevista ni por los partidos de derecha ni por los militares, que le hacían el juego a los nazis. Aquéllos se basaban en los modos tradicionales de la política y no previeron que todo el poder pudiera recaer en manos de los nazis, a quienes consideraban incapaces de gobernar en solitario. Sólo querían utilizar su dinamismo, seguir su estela para volver a sacar a flote los valores tradicionales y recuperar sus privilegios y, a cambio de esta ayuda, estaban dispuestos a concederles una parte del gobierno. El problema es que se habían olvidado de la advertencia lanzada por Hitler: “¡Aquí donde estamos no hay sitio para nadie más!”. Tomarse esta frase en serio les llevó mucho tiempo y muchas experiencias sangrientas.

Organizadas por Von Papen en julio de 1932, los nazis tropezaron en las nuevas elecciones de noviembre. Perdieron dos millones de votos y 34 escaños en el Reichstag. La lección se aprendió. Papen, obligado a dimitir cinco días después de las elecciones, fue remplazado por Schleicher. Atacado de forma incesante, éste también fue obligado a marcharse el 28 de enero.

Con Von Papen como carabina, el 30 de enero a mediodía Hitler fue llamado para formar el nuevo gabinete. El “viejo señor” se había visto obligado a darle el poder a aquel a quien siempre había llamado con desprecio el “cabo bohemio”.

A pesar de que en adelante lo irreparable se había consumado, nadie se creyó todavía la victoria nazi. Al saber la noticia, Thomas Mann sonrió y dijo: “Tanto mejor, no durará ni ocho meses”, uniéndose así a los “expertos” franceses y británicos que coincidían en considerar que el nacionalsocialismo estaba definitivamente condenado.

Hindenburg había creído que estaba tomando precauciones al situar a Hitler bajo tutela, pues le impuso a Blomberg como ministro de Guerra y a Von Papen como vicecanciller y comisario del Reich en Prusia. Estas “barreras” no tardarían en ser derribadas.

Hitler obtuvo del mariscal-presidente el decreto de disolución del Reichstag el 1º de febrero, que cuatro días antes le había negado a Von Schleicher, lo que obligó a éste a dimitir. Las elecciones se fijaron para el 5 de marzo. A partir de ese instante, los nazis estuvieron firmemente decididos a conservar el poder por todos los medios. Alemania entraba en una de las más sangrientas aventuras de su historia y, tras unos modestos comienzos, la Gestapo habría de tener en ella el papel protagonista.


*Ex militar francés. Vicepresidente de la Asociación de Estudios la Resistencia Interior (AERI) de Francia.


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