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COLUMNISTAS / Asuntos internos
domingo 10 noviembre, 2013

Leonor Acevedo Suárez, traductora

La columna del domingo 27 de octubre sobre Borges traductor tuvo una acogida inesperada.  Como lo que hacía allí era conjeturar acerca de la imposibilidad de imaginar a Borges traduciendo, las críticas y los comentarios al respecto también  fueron un poco conjeturales. Alguien, sorprendido por mi estrechez mental, llegó a decir que la traducción es una disciplina que desprecio, cuando en realidad es una de las pocas que amo (dejemos de lado si es o no una disciplina, no viene al caso). Otros ven como posible imaginar a Borges traduciendo. Allá ellos. Yo no puedo.

En medio de esa andanada de incongruencias me llegó un mail que voy a reproducir casi íntegramente, simplemente porque reafirma mi teoría y abre nuevas pistas para que los futuros investigadores se tomen el trabajo de devolverle a Leonor Acevedo Suárez el lugar que merece en la literatura argentina no por haber sido la madre de Jorge Luis, sino, fundamentalmente, por su labor como traductora. He aquí el mail:

“Para ratificar la tesis de tu columna te cuento que la madre de Borges aparece como traductora de La mujer que huyó a caballo, de D.H. Lawrence, publicada por Losada en la Coleccción La Pajarita de Papel que dirigía su yerno, Guillermo de Torre, y que ese libro, antes de su salida, se anunció, en un aviso, como traducido por Jorge Luis Borges. Algo así pasó también con El mandarín, de Eca de Queiroz. Hay quien dice que Borges se comprometía, y despues de traducir tres o cuatro páginas se angustiaba y las terminaba Leonor Acevedo y el propio Guillermo de Torre. Tal vez la única traducción íntegra de Borges sea la de la seleccción de Hojas de hierba, de Walt Whitman, que publicó Juárez Editor y que habría comenzado en 1932 y terminado en 1969, para ‘soportar la asfixia de su matrimonio’ con Elsa Astete de Millán. Un abrazo.”

Ahondando un poco en esa pista pude descubrir que Leonor Acevedo Suárez fue también traductora de Katherine Mansfield (En la bahía), de William Saroyan (La comedia humana) y de Herbert Read (El significado del arte). Pero casualmente di también con una anécdota que no sólo la retrata, sino que además la pinta con colores pastel (lo contrario a la naturaleza, demasiado verde y mal iluminada). Cierto día Leonor Acevedo recibió una amenaza telefónica que, palabras más, palabras menos, decía: “Te voy a matar a vos y a tu hijo”, a lo que doña Leonor preguntó: “¿Por qué, señor?”, y a lo que la voz al teléfono respondió: “Porque soy peronista”. Dejando de lado las razones todavía vigentes que un peronista tendría para matar a otro que no lo es –e incluso un lector para matar a un simple columnista–, el comentario final de doña Leonor sorprende por su sangre fría y por ese estilo socarrón y despreocupado que heredó su hijo: “Bueno, en cuanto a mi hijo le diré que sale de su casa todos los días a las diez de la mañana. Usted no tiene más que esperarlo y matarlo. En cuanto a mí, he cumplido muchos años, así que le aconsejo que deje de perder el tiempo hablando por teléfono porque si no se apura, me le muero antes”.


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