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COLUMNISTAS / INFLACION Y TIPO DE CAMBIO
domingo 26 enero, 2014

Otra semana de pesadilla

El Gobierno parece haber perdido el control de temas sensibles para la sociedad. Política playera vs. economía de bolsillo.

Foto: Dibujo: Pablo Temes.

Fue otra semana de pesadilla. Todo junto, la econom√≠a, la pol√≠tica, la delincuencia, la meteorolog√≠a. El pa√≠s se parece al pobre chacarero del chiste, muy pobre el hombre, al que le cae desgracia tras desgracia, enviuda, la seca lo arruina, muere su caballo, un rayo le destroza el rancho, y finalmente el pobre hombre se arrodilla implorando al cielo y se atreve a preguntar: “Se√Īor, por favor, decime, ¿qu√© te he hecho para merecer esto?”, a lo que la voz desde el cielo le responde: “No me has hecho nada, pero ¡me exasper√°s!”. La Argentina exaspera, no sabemos si a Dios, pero seguro al destino.

Un gobierno que parece haber perdido el control de la situaci√≥n, adem√°s ya ahora carente de relato. Un ministro dice que lo que sucede es obra del mercado mientras otro dice que finalmente el d√≥lar est√° donde deb√≠a estar; un ministro dice que los que quer√≠an una megadevaluaci√≥n no la tendr√°n y otro dice que el Gobierno... La Presidenta parece vivir otra historia, en otro mundo, y ya no habla de lo que ocurre en el pa√≠s ni de la pol√≠tica de gobierno. Ocasionalmente aparece siempre alg√ļn culpable –los neoliberales de los a√Īos 90, o alg√ļn capitalista especulador–, pero se ha esfumado el hilo conductor del libreto. En paralelo, se mueve otra historia: 2015. Scioli, Massa, el macrismo y la oposici√≥n no peronista, moviendo cada uno sus piezas sin mayor apuro, pero sin arriesgar ceder demasiado terreno a los dem√°s. Mar del Plata es la escena imprescindible. Pero por ahora esa historia preelectoral anticipada no tiene mucho rating entre los espectadores, aun cuando la prensa se ocupa continuamente de ella. La preocupaci√≥n de la calle se concentra en la econom√≠a.

En la econom√≠a, con gobierno o sin gobierno, las cosas no van bien. Incertidumbre, falta de se√Īales consistentes, dudas razonables o producto del temor, lo cierto es que la situaci√≥n lleva a paralizar decisiones microecon√≥micas y a angustiar al ciudadano com√ļn. Con el d√≥lar de mercado fluctuando por encima de los 10 pesos, el argentino medio se levanta cada d√≠a haciendo una cuenta: ¿cu√°nto estoy ganando yo en moneda constante? Mil d√≥lares por mes –suponiendo gruesamente un valor promedio del ingreso de bolsillo en los diez mil pesos mensuales– bastan para deprimir por el resto del d√≠a a casi todo argentino medio. Su lugar en el mundo est√° sellado: pertenece a un pa√≠s donde el esfuerzo personal no es competitivo; los gastos y los gustos de cada semana se recortan, una simple laptop le cuesta m√°s de un mes de sueldo, los proyectos se suspenden, las ilusiones se caen. Y con esas ilusiones vuelan tambi√©n otras, las de √≠ndole pol√≠tica, que lo llevaron a definir su voto durante los √ļltimos diez a√Īos, so√Īando con que era posible crecer y prosperar desafiando los principios que casi todo el mundo acepta, imaginando que la Argentina pod√≠a acercarse al ideal de la sociedad justa e igualitaria sin pagar los costos descomunales que pagaron, por decir algo, los cubanos. No hay milagros, √©sa es la dura realidad, que es “la √ļnica verdad” –pocas veces como estos d√≠as ha sido tan citado ese dictum del General–.
Inflación y tipo de cambio son las claves de los avatares del país, los dos aspectos de la realidad a los que nuestra sociedad parece más sensible. También los dos principios centrales en la visión del país que orientó a Néstor Kirchner durante su presidencia: la inflación no debía superar un dígito y la devaluación del peso no debía ser la variable de ajuste. No sucedió, y la Argentina volvió a parecerse a sí misma y a exasperar al destino.

En nuestro pa√≠s, la curva que describe la inflaci√≥n a trav√©s del tiempo se correlaciona notablemente con la curva de la aprobaci√≥n de los gobiernos. Este gobierno pudo ilusionarse durante unos pocos a√Īos con que la inflaci√≥n dibujada desde el Indec tranquilizaba a la gente, por mucho que los medios de prensa y los economistas hablasen en contra.

Pero no fue as√≠, lo que tranquiliz√≥ a la sociedad por un tiempo fue que la econom√≠a crec√≠a a altas tasas, lo que tornaba m√°s tolerable una inflaci√≥n alta pero estable; el dibujo fue sin duda negativo y jug√≥ siempre en contra de la credibilidad del Gobierno. En cuanto al tipo de cambio, la historia es tan elocuente que no hace falta agregar nada. La serie hist√≥rica de largo plazo del tipo de cambio real deflactado por precios al consumidor –me baso en la producida por Orlando Ferreres en la Fundaci√≥n Norte y Sur– es la historia del pa√≠s. La crisis de 1890 produjo una devaluaci√≥n importante, pero transitoria. La crisis de 1930 produjo una devaluaci√≥n que fue estable. El d√≥lar que encontr√≥ Per√≥n cuando asumi√≥ el gobierno era el mismo de 1930; pero las cosas se le fueron de las manos y en 1949 comenz√≥ una escalada devaluatoria que sigui√≥ por d√©cadas, con grandes fluctuaciones. Reci√©n en 1990 se produce una apreciaci√≥n del peso con estabilidad cambiaria –y de precios– que dur√≥ diez a√Īos. Kirchner recibi√≥ el d√≥lar producto de la crisis de 2001/2002. Y la historia desde entonces es conocida.

A principios del siglo XVIII, setenta a√Īos antes de la revoluci√≥n, en Francia pod√≠a creerse que lo que suced√≠a en la econom√≠a era lo que el Gobierno decid√≠a, como lo cre√≠a el mago de la moneda de aquellos tiempos, John Law, quien llev√≥ el pa√≠s al desastre –lo que por cierto no era novedoso: el Estado franc√©s hab√≠a estado en quiebra tres veces en los cien a√Īos precedentes–. Pensar de esa manera en nuestros tiempos es tan infantil que cuesta encontrar adjetivos para calificarlo. Ideol√≥gico, suele decirse. “Ideol√≥gico”, tal como Marx usaba la palabra, significa ni m√°s ni menos que equivocado; la justificaci√≥n habitual de las razones ideol√≥gicas es que el saber convencional, o acad√©mico, es tambi√©n ideol√≥gico, y que se trata entonces de una competencia entre distintas ideolog√≠as, entre distintas equivocaciones. En eso estamos.

La gente habitualmente espera de sus gobiernos algo más que respuestas políticas; los ve como la fuente de decisiones cruciales. Y espera de los dirigentes políticos opositores al Gobierno algo más que discursos opositores; deberían ser la fuente de visiones alternativas para dar respuestas a los problemas. Ahora no hay ni lo uno ni lo otro.


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