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COLUMNISTAS /
domingo 12 abril, 2015

Una frase

por Redacción Perfil

Le pido poco a la literatura? Yo creo sin embargo que es mucho. O tal vez es lo suficiente como para colmarme, acompañarme, darme consuelo. Quiero decir: una frase. Una sola frase que me llame la atención, que me dé a pensar, que me entusiasme, que me despierte otros pensamientos (una frase lleva a la otra y así sucesivamente); con una sola frase me alcanza y me sobra para disfrutar de una novela o de un libro de cuentos o de un ensayo literario. No necesito más. Si la novela es buena, mejor. Si es muy buena, mucho mejor. Si es una obra maestra –la veleidad que demandaba Cyril Connolly– pues excelente. Pero si no es el caso, y hay una sola frase perfecta, maravillosa, con eso me alcanza. Diría, casi, que a esta altura de mi vida leo sólo buscando eso. Y eso tan pequeño, tan poco… es tanto… tanto que raramente se encuentra. Leo, leo y leo, y pocas veces me topo con una frase buena. Por eso cuando ocurre, cuando acontece, se apodera de mí un entusiasmo súbito, raudo, una necesidad de compartir con el otro esa frase que engrandece un libro, que lo vuelve otro, un libro inolvidable. Pues, con gran alegría puedo informarle a mis improbables lectores que esos grandes hallazgos sobrevinieron en las últimas tres novelas que leí, lo que confirma que soy un hombre de suerte: El espectáculo del tiempo, de Juan José Becerra; Maelstrom, de Luis Sagasti; y Las mujeres que amé, de Daniel Guebel. Por una cuestión de falta de espacio, sólo me detendré hoy (con la promesa de volver sobre las otras dos frases en algún otro momento del año) por respeto a su ya larga trayectoria, en la frase del autor más veterano de los tres mencionados, a saber, Daniel Guebel: en la página 17 (¡Mi número de la suerte!) de Las mujeres que amé, publicado por Literatura Random House, se encuentra esta frase maestra: “La ilusión de la aventura, que no es lo mismo que el tedio de la peripecia”.

Si dividimos –por razones analíticas– la frase en dos, veremos que el momento agudo reside en la segunda parte: “el tedio de la peripecia”. Que la aventura genere “ilusión” puede llamar a cierto equívoco romántico, al entusiasmo juvenil, al elogio de lo incierto, que bien tiene mucho de lugar común. Por cierto, no es el caso de la prosa de Guebel, sino que simplemente me permito mencionar que esa idea ha sido ya muchas veces dicha, por ejemplo en un extraordinario pasaje de La muerte de Arturo, de Sir Thomas Malory: “Señor, ¿conoces la floresta? ¿Qué aventuras encontraremos en ella? Si lo supiera, no sería una aventura”. En cambio, la idea de que la peripecia produce tedio es de una radicalidad, de una hondura literaria absoluta. Enunciado que se emparenta con lo mejor de la narrativa de Guebel, y con otras que, aunque a primera vista aparezcan como lejanas, funcionan en sincronía (empezando obviamente por Peripecias del no, de Luis Chitarroni), la sospecha en la peripecia como modo dominante de la progresión de una novela es una cuestión central en las discusiones contemporáneas sobre estética (¿Pero hay existen aún discusiones sobre estética? ¿Conflictos por cuestiones estéticas? Por supuesto: la frase de Guebel, casi programática, es una evidente prueba).
Barthes decía que “la construcción de la frase es la novela de las novelas de Flaubert”. Otro tanto podríamos decir de la magnífica frase de la página 17 de Las mujeres que amé.


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