lunes 26 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS tenÍa 91 años

Adiós a Godard, el último exponente del cine considerado como una religión

El martes pasado falleció en Rolle, a orillas del lago de Ginebra, en Suiza, donde residía desde hace muchos años, el más grande director de cine de todos los tiempos. Amado y odiado, pero nunca ignorado, decidió que era el momento de partir y recurrió al suicidio asistido, legal en Suiza. Deja una obra inolvidable, iniciada en 1960 con “Sin aliento” y concluida en 2018 con “El libro de imágenes”, 131 películas que fueron diseñando y conformando el cine tal como lo conocemos ahora.

17-09-2022 00:12

“El travelling es una cuestión moral”. Esta frase desafiante de Jean-Luc Godard quedó en la memoria colectiva de toda la industria cinematográfica, y es tan relevante como la navaja que corta el ojo en Un perro andaluz, de Buñuel/Dalí; o el cochecito de bebé cayendo por las escaleras de Odessa en El acorazado Potemkin, de Eisenstein. Contiene la imagen conceptual que planteó la ruptura con una tradición impuesta como fue el eje de producción dominante establecido en el cine a nivel planetario, tal vez la primera globalización de la historia. La pujante industria encontró esta respuesta en la práctica, la filmografía misma del más francés de los suizos, o su inversión: el más suizo de los franceses. Un intelectual entre dos fronteras, también en ninguna.

De hecho, durante la ocupación nazi de Francia se educó en Suiza, para volver a la antropología universitaria en Francia, algo que abandonó por un nuevo entusiasmo. La situación acomodada de la familia hizo posible que en el París de posguerra, abundante en cineclubes y revistas urgentes, accediera a ver todo el cine y escribir crítica cinematográfica en la prestigiosa Cahiers du Cinema. También entabló relación con quienes formarían la corriente cinematográfica conocida como Nouvelle Vague: Truffaut, Varda, Rivette, Rohmer, Resnais y Chabrol, entre otros.

En 1960 estrena una primera película que será éxito de taquilla, más de 2 millones de franceses en las salas para ver Sin aliento, con Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg. Inicia así un período prolífico, de sucesivos éxitos y premios, que se coronan con el Oso de Oro del Festival de Berlín para Alphaville (1965). Su protagonista, Lemmy Caution, pertenece a la obra del escritor británico Peter Cheyney, mientras que la trama abreva en autores como Bradbury, Huxley y Orwell. En sí, Alphaville abre el camino de la ciencia ficción noire, policial, paranoica y distópica, influyendo sobre el cómic, la literatura e incluso en otras películas como Blade Runner (Scott), 2001 odisea del espacio (Kubrick) y Solaris (Tarkovski). 

Pero la extensa filmografía y producción teórica de Godard excede esta página, merece un tratamiento más minucioso. Cabe destacarse que el cine que propone es de autor pero destacando un uso no industrial de las herramientas como el encuadre, el montaje, así como la puesta en escena y dirección de actores. El cine como un fenómeno más allá de los medios de producción, sin las ataduras ideológicas y condicionantes por la distribución y el capital financiero. Y en este tono, como un arte tardío que se nutre de la pintura, la fotografía, la técnica (física, química, óptica), la literatura, el teatro y la música, por mencionar algunas actividades evidentes, aparece la cuestión del tiempo, concretamente la duración del plano. Influencia que se hace notable en el nuevo cine alemán, encarnado en Fassbinder, Herzog, Schlöndorff y Wenders.

En una Francia convulsionada por las guerras coloniales de Vietnam y Argelia, inmersa en la reconstrucción democrática en plena Guerra Fría, luego del intento de asesinato de De Gaulle, con Malraux como ministro de Cultura, Godard supo abrazar las causas de izquierda durante el Mayo Francés, siendo un niño terrible, un contestatario. Migra al maoísmo y se aparta de la producción formal del cine para recaer en un grupo experimental donde produce documentales y películas de ficción. Desilusionado de esta experiencia, de alguna manera se disuelve como director hacia los márgenes. Y retorna en 1980 hasta que, ya en el ostracismo, opta por una figura mística para revisar y subrayar distintas etapas de la historia del cine.

En un reciente artículo de Libération observan algo recurrente. En Soigne ta droite (1987), el actor Michel Galabru se muestra leyendo Suicidio, instrucciones de uso, libro prohibido en Francia años después de su lanzamiento, en 1982. En Notre musique (2004), una actriz lee una frase de Albert Camus extraída del Mito de Sísifo: “Solo hay un problema filosófico realmente serio: el suicidio”. En una entrevista televisiva de 2014, Godard aseguró que no estaba pensando en la muerte, sino en el “sufrimiento”.

Sabemos que la muerte no es un acto estético del artista. Pero el último gesto de Jean-Luc Godard fue político, desde una vida consagrada a la conjetura del discurso cultural conformista. Como director de cine apagó la cámara, cesó la vida en 24 fotogramas por segundo. Determinó cuándo debía concluir la larga toma de todos estos años. Fue en Rolle (cantón de Vau, Suiza), el pasado martes 13, por una inyección administrada por médicos especializados. Suiza admite el suicidio asistido.

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