sábado 25 de junio de 2022

El círculo perverso de la vulnerabilidad

08-04-2018 00:55

L os adultos, explícita o involuntariamente, desarrollamos una acción formativa sobre los miembros de las generaciones más jóvenes. Encarnamos un modelo que a su tiempo rescatarán o denostarán, identificándose con él o situándose exactamente en la vereda opuesta. Pero todos, sin excepción, dejamos marcas en las subjetividades de niños y adolescentes. Dejamos marcas, y también heridas.
¿Qué sucede cuando la asimetría intergeneracional se corrompe, cuando el lugar de poder del adulto es utilizado para dañar al menor vulnerable con hechos lesivos de su integridad personal, sus derechos humanos y los derechos del niño?
Días atrás, en la pensión de Villa Domínico quedó brutalmente expuesto el círculo perverso que la vulnerabilidad genera. Familias vulnerables envían a sus hijos, abrigando la esperanza de cambiar su destino. Ellos ingresan despojados, con el arrastre de una pesada carga de privaciones y sosteniendo sobre sus espaldas los sueños y expectativas de un grupo familiar que quedó lejos, en alguna localidad perdida del interior.
La pobreza los hace vulnerables. La soledad, la falta de recursos personales y las ansias de trascender la propia historia a cualquier precio los hacen vulnerables. Una conjunción explosiva, que abre paso a episodios de abuso y de dolor, de menores brutalmente expuestos a la crueldad de su suerte.
Nos preguntamos por qué no pudimos protegerlos frente al accionar de un entorno corrupto y sus redes. Los deplorables sucesos que han salido a la luz nos interpelan como sociedad. ¿Será que no los cuidamos lo suficiente? ¿Será que los desamparamos, que los dejamos librados a la influencia de un ambiente inseguro y hostil?
Lo cierto es que la violencia social se patentiza en contextos de pobreza y exclusión. Emergen a diario situaciones de maltrato y explotación que atentan contra lo más valioso que tenemos: nuestros jóvenes. Aniquilando sus proyectos, provocándoles una pérdida de confianza que se traduce en la sensación de estar permanentemente a la defensiva. Comunicándoles que no existe un otro de buena voluntad frente al que puedan, sin miedo, ser ellos mismos.
Sabemos que el daño está causado, cabe preguntarse entonces qué hacemos hoy para repararlo. ¿Ofrecemos real protección a estos chicos y sus familias? ¿Les proporcionamos apoyos? ¿Los reconocemos víctimas de violencia e injusticia, o los seguimos victimizando? En todos los casos, es imprescindible un acompañamiento empático al núcleo familiar en su conjunto para avanzar hacia una integración de la experiencia traumática. Proveer un soporte afectivo sólido a estas familias, vulnerables y vulneradas, para que gradualmente puedan reconocerse víctimas y aliviar sus sentimientos de culpa. Evitando tanto la estigmatización como la banalización de su padecimiento. Y apelando a su capacidad resiliente para continuar adelante.
Romper el círculo de la vulnerabilidad es reconocer que las familias ocupan un espacio central en el entramado social y obrar con la firme decisión de empoderarlas para que logren cumplir sus funciones, aun en las circunstancias de mayor adversidad.
Sabemos que la elaboración plena del dolor vivenciado solo vendrá de la mano de mayores certezas. De encontrar explicaciones válidas, de saber quiénes fueron los causantes directos de los hechos y a quién le cabe la responsabilidad de haberlos evitado.
Una y otra vez, volvemos al comienzo. A la necesidad de educar a padres e hijos, de promover vínculos saludables, de fortalecer a niños y jóvenes en la formación del carácter, de aportarles herramientas para su desarrollo personal y criterios firmes de actuación. Y a la urgencia de diseñar e implementar dispositivos eficaces de prevención y asistencia para que, ante cualquier maniobra abusiva que los coloque en situación de riesgo, las alarmas se disparen de manera inmediata.

*Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.

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