No es verdad que un intelectual sea simplemente alguien que escribe libros o publica artículos. Eso puede hacerlo cualquiera. Un intelectual es alguien que modifica los términos de una discusión. No se limita a tomar partido (eso es algo que hacen hasta los taxistas): obliga a los demás a revisar sus propias posiciones.
En febrero de 2009, Alessandro Baricco publicó en el diario La Repubblica una serie de artículos sobre el teatro italiano. Sostenía que el sistema de protección estatal había terminado convirtiendo al teatro italiano en un circuito cerrado, más preocupado por garantizar su propia supervivencia que por conquistar espectadores. Se podía compartir o rechazar su diagnóstico, eso carece de importancia. Lo importante era que había puesto en cuestión un presupuesto que nadie discutía. Durante semanas, el debate cultural italiano giró en torno a preguntarse cuál era en realidad el problema.
Ese desplazamiento es decisivo. La mayoría de las discusiones públicas están construidas para que uno elija entre dos o tres respuestas previamente disponibles. A favor, en contra, un poco a favor, un poco en contra. El intelectual introduce una molestia anterior: pregunta si realmente estamos obligados a responder eso. A veces descubre que las posiciones enfrentadas comparten una certeza mucho más importante que sus desacuerdos. Y entonces deja a los contendientes en una situación desagradable: deben abandonar por un momento sus trincheras y mirar el terreno sobre el que las construyeron. Esa es la función de un intelectual: no confirmar las certezas de una época, sino desordenarlas.
En la Argentina hubo intelectuales capaces de incomodar incluso a quienes se sentían representados por ellos. Beatriz Sarlo discutía con la izquierda tanto como con el peronismo; Juan José Sebreli hizo de la demolición de los lugares comunes una profesión; Tomás Abraham intervenía cuando el debate todavía no estaba resuelto, no cuando ya se habían repartido los papeles. Se podía discrepar con ellos, pero no acusarlos de escribir para satisfacer a una tribu.
La incomodidad, además, tiene una característica que suele olvidarse: debe ser bilateral. Criticar siempre al adversario no requiere demasiada independencia. Al contrario, suele producir recompensas. El problema empieza cuando una idea obliga a discutir con los propios, cuando el artículo que uno escribe será celebrado por quienes preferiría que no lo celebraran y cuestionado por aquellos cuya aprobación daba por descontada. Ese instante de desconcierto es probablemente uno de los lugares donde todavía puede reconocerse el pensamiento.
Hoy, el intelectual ya no llega para abrir una discusión, sino para legitimarla. Espera que una consigna se consolide y que las posiciones estén claramente distribuidas. Entonces interviene para revestir esa posición de autoridad cultural: agrega citas, antecedentes, prestigio. No produce una idea; la certifica. No abre un camino: lo pavimenta.
Incluso podría hablarse de una especie de intelectual notarial. Su trabajo consiste en poner sello y firma a opiniones que ya circulaban mucho antes de su llegada. Es sobre todo un problema de incentivos. Las redes sociales, los medios y buena parte del mundo cultural premian la pertenencia antes que el riesgo. Resulta mucho más rentable confirmar las convicciones de los propios que ponerlas a prueba. Quien incomoda a sus adversarios recibe aplausos; quien incomoda a los suyos suele quedarse solo.
Las redes agregaron otra dificultad: volvieron inmediatamente visible el premio y el castigo. Antes un escritor podía tardar semanas en enterarse de que había irritado a sus lectores. Ahora lo sabe antes de terminar el café. La adhesión llega contabilizada en corazones y la desaprobación en insultos.
Por eso abundan las opiniones y escasean las intervenciones intelectuales. Hay polémicas todos los días, pero ninguna modifica el terreno de la discusión. Se discute con intensidad dentro de marcos que nadie se atreve a cuestionar.
A lo mejor esa es la diferencia entre un intelectual y un divulgador de consignas. El segundo responde preguntas que otros ya se formularon; el primero encuentra la pregunta incómoda, la que nadie quería hacerse.