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COLUMNISTAS / etica de la solidaridad
domingo 17 febrero, 2019

Hay política después de la grieta

Hace tres años, cuando Cambiemos llegaba al poder, surgía también una noción que tomó por sorpresa a la política tradicional: el discurso de la grieta servía para ganar elecciones.

Betina Rolfi

1983. La democracia nació con un profundo sentido antigrieta. Foto: cedoc

Hace tres años, cuando Cambiemos llegaba al poder, surgía también una noción que tomó por sorpresa a la política tradicional: el discurso de la grieta servía para ganar elecciones. El sistema político y la opinión pública parecían aceptar y convalidar esta nueva fórmula del debate como una respuesta utilitaria a la grieta instalada previamente por el kirchnerismo con el formato de “batalla cultural”.

Así, este fenómeno se legitimó como recurso electoral, pero terminó forjando un tono más excluyente de la discusión democrática. El disenso válido en torno al conflicto mutó en un férreo anti-consenso que puso al rechazo del adversario por encima de cualquier política de Estado. La política argentina se “trolleó”, mimetizándose con lo peor de las prácticas comunicativas de las redes sociales.

Cambiemos (al igual que el kirchnerismo en su momento) llevó este recurso a la gestión de lo público y la conclusión parece evidente: si la grieta permite ganar elecciones, también impide construir la agenda de gobierno necesaria frente a los nuevos desafíos de la educación, el empleo y la desigualdad social. En ese sentido, la grieta es el virus latente de un nuevo Que se vayan todos que se está incubando lenta, pero tenazmente en la sociedad argentina.

Su contracara es esta década perdida del progreso económico y social que enlaza en una continuidad precaria a Cambiemos con sus “odiados” antecesores: inflación, déficit de servicios públicos, etcétera. La incompatibilidad entre grieta y gobernanza nos pone frente a un interrogante: ¿qué pasará cuando este discurso ya no sirva para ganar elecciones?, ¿qué política vendrá después? Esa es la pregunta que nos convoca a todos los que queremos seriamente hacer esa política en la Argentina.

La democracia de 1983 nació con un profundo sentido antigrieta. El discurso de Parque Norte de 1985 es menos la palabra de Alfonsín a la UCR que el mensaje del Estado democrático a la vieja Argentina corporativa que, aparte de sus intereses sectoriales, ejercía una acción conflictiva violentando el debate público y generando inestabilidad política. A través de aquel documento, la democracia adaptó las reglas del juego político a un código común de consenso y pluralismo reconocible y aceptable por todos los actores políticos y sociales “en pugna”.

Pero la grieta corre en una dirección opuesta a ese espíritu fundacional de la democracia: corroe todo espacio común de consenso. Se podría decir que la Argentina corporativa de ayer tiene puntos de contacto con la Argentina fragmentada actual: ambas sostienen una relación tensa con el valor del consenso para producir libertad, progreso y justicia social.

Hoy más que nunca urge actualizar aquel mandato originario de nuestra democracia: solo la política puede recrear la participación transversal que hoy la grieta eclipsa, y que es imprescindible para dar respuestas a una sociedad agobiada por la acumulación de problemas sociales sin resolver. Hay por lo menos un tercio de la población que le pide a la política que salga de ese lugar y es obligación de la política representar a esa creciente masa de ciudadanos que piensan que la grieta no los ayuda a vivir mejor. Tenemos que dejar de hablar del piso –el techo– el ballottage para empezar a hablar de la fractura social que sufre este país hace ya muchos años.

“Sin solidaridad no se construye ninguna sociedad estable”, rezaba aquel texto inaugural de la democracia. Pero no se refería a la mera solidaridad social, sino a una ética de la solidaridad como protocolo político del Estado para ampliar su capacidad de resolver conflictos y crear políticas públicas. Hoy, una expresión de esa ética la encarna la transversalidad del colectivo feminista, pero no puede ni debería ser el único caso. La política debe promover una participación institucional que genere las condiciones para gobernar el país de la posgrieta. Quizás ése sea el mayor desafío que nos espera antes y después de estas elecciones.

*Licenciada en Comunicación Social. Especialista en comunicación política y organizaciones UNLP.


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