lunes 23 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinión
31-10-2021 02:38

La comunidad desorganizada

Tiendo a tomar partido por las minorías que desafían el orden establecido. Pero mi simpatía por David frente a Goliat tiene un límite.

31-10-2021 02:38

Siempre me sedujo la actitud antisistema. El otro día asistí a una degustación de vinos en la que el enólogo defendió con vehemencia sus vinos orgánicos, biodinámicos y naturales, la mágica trilogía alternativa que implica un alejamiento progresivo de las condiciones industriales de producción. Sería bueno tener vinos más artesanales, menos condicionados por los pesticidas, los sulfitos y las intervenciones, menos vinos parecidos entre sí o innobles. Quienes intentan apartarse de las normas y costumbres, que en el caso del vino tienen el respaldo de organismos estatales, empresas poderosas, instituciones de enseñanza fosilizadas y periodistas complacientes, solo cuentan en su favor con la atracción que despierta lo diferente y un clima general favorable a la perspectiva medioambiental. 

Tanto es así que parte del marketing corporativo se orienta hoy a maquillar sus productos bajo el impreciso paraguas de lo sustentable. Como reacción, el discurso de la alteridad se radicaliza como para eludir esa trampa que intenta confundir a los consumidores. Podríamos hablar así de una enología de izquierda, aunque quienes elaboran y beben vinos menos convencionales no están obligados a profesar ningún credo político. Se trata apenas de un clivaje en la comunidad de los que se interesan por el vino, una comunidad heterogénea y lábil, unida solo por su afición etílica.

Dije al principio que tiendo a tomar partido por las minorías que desafían el orden establecido. Pero mi simpatía por David frente a Goliat tiene un límite y no solo porque rechace la violencia de muchos grupos radicales. También a los discursos que pretenden encarnar a Caperucita Roja pero tienen más que ver con el del Lobo Feroz. Por ejemplo, el de Eric Schierloh, director de la editorial Barba de Abejas dedicada a la producción de libros hechos a mano, cuya calidad y belleza elogié alguna vez en esta columna. Pero acabo de leer La escritura aumentada, un libro reciente en el que Schierloh convierte su práctica marginal en un imperativo categórico y la denuncia contra una industria editorial hiperconcentrada, derrochadora y esterilizante en una defensa hiperbólica de su negocio. 

Schierloh escribe, traduce, diseña, compone, imprime, encuaderna, distribuye y vende su producción utilizando una panoplia de recursos tecnológicos que van de lo arcaico a lo modernísimo y que, según sus palabras, le proporcionan un modesto éxito económico. No tengo nada contra su renacentismo empresario-editorial. Pero cuando el libro invoca a los popes del establishment de las ciencias sociales nostálgicas del comunismo (Zizek, Groys, Han, siguen las firmas) y habla de “reforma agraria” para referirse a sus forma de producir me pongo un poco nervioso. Pero me ataca la ira cuando Schierloh habla una y otra vez de la “comunidad de semejantes” que le da cobijo a sus actividades y le propone al lector: “Imprimí en casa / Encuaderná a mano / Vendé vos”. 

Tengo 70 años y siempre fui un inútil para las actividades manuales: no sé dibujar, ni manejar, ni escribir a máquina y apenas puedo atarme los zapatos. Pero, además, detesto que me den órdenes. Por eso declaro que soy solo un bebedor ocasional que no tiene la menor intención de pertenecer a la comunidad de semejantes de Schierloh. Faltaba más.