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La universidad pública en el país de la grieta

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faro. El sistema superior argentino es la política de Estado más trascendental. | cedoc perfil

Entre las políticas públicas centrales que se devoró el modelo político de la grieta existe una que considero principal: la orientación estratégica de la educación nacional superior, sin la cual es imposible constituir un verdadero proyecto de desarrollo para el país. La caída pronunciada de los indicadores socioeconómicos (crecimiento, PBI per cápita, desempleo y pobreza) en los últimos ocho años está relacionada con la falta de compromiso e interés gubernamental frente a los recursos institucionales y humanos involucrados en la producción de conocimiento.

El sostenimiento de un sistema universitario público, universal, libre y gratuito desde la revolución universitaria hasta la actualidad es quizás la política de Estado más trascendente que llevó adelante la Argentina. Una de nuestras marcas nacionales, un faro en América Latina, un activo estratégico nacional. Sin embargo, todo ese caudal de recursos y esfuerzos en materia de formación calificada no es aprovechado ni conducido hacia un modelo de desarrollo basado en la soberanía. Existe una especie de abismo entre los problemas que deben abordar los organismos ejecutivos y las soluciones que las universidades trabajan desde hace tiempo con resultados exitosos pero a menor escala. El resultado es que todavía no tenemos una política de Estado que sincronice la política de desarrollo con las necesidades sociales del presente y del futuro.

Sin embargo, la ausencia de políticas coherentes a nivel nacional no nos ha paralizado. Las universidades públicas, entre ellas la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), iniciaron hace tiempo un camino en este sentido. Además de la clásica formación curricular en el claustro, sostienen un vínculo con los sectores productivos brindando recursos humanos, insumos, apoyo institucional y capacitación. Las universidades e institutos de investigación generan un “derrame” en la producción de conocimiento que todavía no ha sido aprovechado y encauzado por el Estado nacional como eje central de una política sostenida de crecimiento y desarrollo. Pero que está ahí para ser aprovechado cuando la dirigencia política deje de orbitar alrededor de su propio ombligo.

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Nuestro país enfrenta problemas estructurales que no puede postergar por mucho más tiempo. El modelo político de la grieta sumió al país en el estancamiento económico primero y en la crisis después: es un enemigo estructural de cualquier proyecto de desarrollo. El actual gobierno nunca convocó a las universidades para colocarlas en el eje de la innovación productiva nacional, que asumen más que nunca su propia necesidad de “autogestión” estratégica ante la ausencia de un rumbo nacional claro. Casi podríamos decir que el caso de la bióloga e investigadora Marina Simian, que tuvo que recurrir a un programa de preguntas y respuestas en la TV para financiar a su equipo de investigación en un tema tan central como el cáncer de mama, funciona como una metáfora perfecta de este estado total de abandono. Hoy las universidades hacen esfuerzos unilaterales y solitarios para diversificar su producción de conocimiento científico y tecnológico. ¿Hasta cuándo podrán hacerlo sin empezar a colapsar? ¿O tendrán que participar todos los rectores nacionales de ¿Quién quiere ser millonario?

La política (un futuro gobierno) debería ocuparse de que todo ese conocimiento tecnocientífico que produce el sistema universitario se incorpore a la planificación de Estado, y darle un rango de política pública permanente y a largo plazo que ubique a las universidades como la columna vertebral del desarrollo productivo, tanto en la investigación como en el aporte de valor agregado. Quizás con un gobierno que priorice y valore los consensos básicos que se necesitaban para implementar estas políticas podamos lograrlo. Uno que se dedique a gobernar y gestionar, y no solo tratar de ganar elecciones.

 

*Lic. en Comunicación. Especialista en comunicación política y organizaciones UNLP.