El otro día estaba en el kiosco de la esquina cuando escuché la frase. Un chico, no más de doce o trece años, le decía a su amigo “tengo dos Messi repetidos, te las cambio por la difícil”. Hablaban con la solemnidad de dos diplomáticos cerrando un tratado. Atrás, una fila de adultos esperaba para comprar paquetes. Una señora se llevó cinco. El kiosquero me miró y dijo que no las podía tener guardadas, que volaban.
Tengo que confesar algo que me cuesta admitir. No siento la fiebre mundialista. Cuando todo el país se pone celeste y blanco yo me siento un poco fuera de cuadro. Pero algo en la locura del álbum me obliga a frenar. Hace años que colecciono cartas de Pokémon y Magic: The Gathering, así que la escena del kiosco me sonó conocida desde otro lugar.
Los números ayudan a dimensionar la cosa. El álbum del Mundial 2026 trae 980 figuritas, contra las 638 de Qatar. El ejemplar sale unos 15 mil pesos y cada sobre de siete figuritas vale dos mil. Para completarlo sin repetidas hace falta un mínimo de 295 mil pesos. Las estimaciones de probabilidad calculan que un coleccionista que no intercambia puede terminar gastando más de 2 millones de pesos. Más de dos palos. Por un álbum.
Y todo esto pasa en 2026. En un momento donde una IA puede generar, en tres segundos, una imagen hiperrealista de Messi levantando cualquier trofeo. Puedo pedirle al chatbot que me dibuje al plantel en estilo manga, vestido con uniformes del 78, o como personajes de Pixar. Imágenes infinitas, sin costo más allá de la suscripción. Panini incluso lanzó una versión digital oficial del álbum, gratuita en muchos países. Casi nadie habla de esa.
Hay algo ahí que no termina de cerrar. O que cierra demasiado bien.
Walter Benjamin escribió hace casi un siglo sobre el aura, ese resto irreproducible que tiene una obra única y que la copia técnica no puede capturar. Cuando lo leí en la facultad, me pareció una idea hermosa pero un poco anticuada. Hoy, mirando a un pibe pegar una figurita en su álbum, lo entiendo de otra manera. El aura es esto. El acá y ahora de un objeto que no se puede generar a demanda.
Los algoritmos nos prometen abundancia infinita. Spotify nos da toda la música del mundo. Netflix, todas las películas. Instagram, todos los cuerpos. Tinder, todos los matches. Y lo que activa el deseo masivo es un pedazo de cartón con la foto de un jugador que no se puede generar, ni piratear, ni pedirle a ChatGPT.
Lo digo desde el lugar del coleccionista que entiende el ritual. Una carta de Magic que perseguís durante meses hasta que aparece en la tienda equivocada un martes a la tarde tiene algo que ningún archivo digital reproduce. Una primera edición de Pokémon gastada en los bordes guarda una historia que no se descarga. El olor a cartón nuevo del paquete recién abierto pertenece a otro orden. Lo que pesa, lo que puede perderse, vale distinto.
Tampoco quiero romantizar. Detrás del álbum hay una maquinaria comercial brutal. Las cajas aleatorias de los videojuegos, esas que cuestionamos cuando un chico gasta plata en Fortnite, funcionan con la misma lógica que el sobre Panini. Sorpresa, dopamina, la promesa de “la próxima sí”. Cuestionamos una. Aceptamos la otra. El mismo dispositivo conductista vestido de nostalgia.
Byung-Chul Han escribió hace poco sobre la desaparición del ritual en la cultura digital. Sin ritual no hay tiempo compartido, no hay pertenencia, no hay diferencia entre un día y otro. La fiebre del álbum, con sus intercambios en la vereda y su economía de favores entre primos, funciona como una de las pocas resistencias silenciosas a esa pérdida.
Sigo sin sentir por ahora el mundial. Pero entiendo, finalmente, qué vende la figurita. Vende algo anterior al fútbol y al chatbot. El milagro de lo escaso.
* Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.