Es una pregunta que el círculo rojo elegía no hacerse (o se hacía por lo bajo) porque, como molestamente venimos diciendo en esta columna, siempre se prefirió hacer de cuenta de que todo esto es normal.
Que ahora se comience a preguntar explícitamente qué le pasa a Javier Milei puede deberse a que en las últimas semanas su emocionalidad alcanzó extremos preocupantes.
La mayoría de los días, el Presidente se mostró excitado, sumando insultos y enemigos, desbordado y gestualmente explosivo. En otras ocasiones, por el contrario, apareció como pausado en exceso, tanto en su decir como en sus movimientos.
Mauricio Macri es uno de los que siempre notaron que algo ocurría con su emocionalidad. El jueves pasado lo explicitó: “Es un liderazgo emocional, absolutamente emocional… Él se ve como un profeta”. Así, abonó a la idea de “emocionalidad importante” que instaló Patricia Bullrich después de que Milei la callara a gritos en una reunión de gabinete.
El concepto de “emocionalidad” es una metáfora que comenzaron a usar algunos funcionarios y aliados para no calificar de un modo más directo sus recurrentes altercados y abruptos cambios de carácter. Lo de “profeta” es una ironía de Macri para referirse a la autopercepción de Milei de ser un elegido divino.
Lo cierto es que, ya en su tercer año de mandato, la duda sobre qué le pasa a Milei revela un conflicto que el círculo rojo empieza a comprobar como de resolución imposible.
El “Javier es así”, con el que antes se lo justificaba (y podría entenderse en el marco de un modelo rupturista) ahora se transformó en “deben cuidar al Presidente”.
En esos sectores crece la preocupación sobre cómo conciliar la ansiada estabilidad económica y política con la inestabilidad de quien gobierna.
Es que a las históricas incertidumbres que produce un país que va de una banquina ideológica a otra se les suma la de un jefe de Estado inasible, cuyos desequilibrios recrudecieron estas semanas.
En los días en los que se lo vio más excitado, como el 6 y el 20 de mayo, llegó a estar más de cuatro horas conectado a X (suele dedicar entre 2.30 y 3 horas diarias), arrancando a las 3 de la madrugada y con picos registrados en plena jornada laboral. Según milei.nulo.lol, el revelador sitio que informa al instante sobre la actividad presidencial en esa red social.
A la patología de la ciberadicción (vinculada con personalidades impulsivas, con dificultades para socializar y baja autoestima) en el caso de Milei se le suma su incapacidad para controlar emociones.
Estos días fueron frenéticos en ese sentido.
Atacó a “los periodistas de mierda” por haber relacionado a su amigo y excandidato José Luis Espert con Fred Machado, a quien la fiscalía de Texas le acaba de aceptar su inocencia como narcotraficante a cambio de que él aceptara su culpabilidad por lavado y fraude. Acusó a Débora Plager de “asesina” y “cómplice de genocidio”, por la posición de la periodista sobre la ley del aborto. Llamó “lechón iraní” a la exlegisladora de LLA Marcela Pagano y calificó de “mierda humana” y “basura inmunda” a un conductor de TN cercano al oficialismo como Franco Mercuriali. Al tiempo que redobló sus insultos contra medios, empresarios y economistas, aun aquellos que se muestran más cerca suyo.
Su cantidad de insultos por palabras emitidas se multiplicó en coincidencia con el aumento de rechazo a su gestión, que marcan todas las encuestas, y el enfrentamiento personal y público entre las dos personas que más lo contienen justamente en el plano emocional: su hermana Karina y su hermano del alma Santiago Caputo.
Que la salud mental de los presidentes sea un tema tabú encierra el riesgo cierto de que ponerla en cuestión significaría dudar de la cordura de sus actos de gobierno. Pero silenciar los interrogantes que despierta puede no resultar menos peligroso.
La edad de Donald Trump, la ostensible inflamación de sus piernas, la aparición de hematomas y el hecho de quedarse dormido en las reuniones, además de sus continuas excentricidades, también generaron un debate en los Estados Unidos sobre su salud. Trump respondió en enero con una andanada de estudios firmados por médicos que corroboraron un estado clínico y psicológico más o menos acorde con un hombre que va a cumplir 80 años.
Así, los estadounidenses se enteraron de que, entre otros medicamentos, su presidente toma dos pastillas diarias para el colesterol, registra un consumo de aspirinas que cuadruplica la recomendación de los médicos (325 miligramos en lugar de los 81 recetados) y usa distintos productos dermatológicos para sus afecciones cutáneas.
En la Argentina lo habitual es que, así como no se requiere de un test psicofísico para ejercer el trabajo de presidente, los mandatarios no den detalles sobre su estado de salud hasta que un episodio público los obligue a hacerlo.
Lo poco que se sabe de Milei es lo que él mismo reconoció.
Consume zolpidem para conciliar el sueño, una droga que puede provocar efectos adversos como confusión, sensación de inestabilidad, letargo, diarreas y falta de equilibrio.
También reconoció haber llegado a tomar entre seis y ocho latas diarias de “Mango loco”, una bebida energizante cuestionada por su exceso de cafeína y azúcar. Los especialistas vinculan su consumo crónico con fobias, cefaleas, depresión y ansiedad.
A falta de información oficial, personas que estuvieron cerca de él y hoy lo enfrentan advierten sobre la existencia de otras patologías, pero sin aportar prueba alguna.
La Casa Rosada nunca informó al respecto.
¿Cuál fue el último estudio que se realizó la persona que conduce los destinos de 46 millones de argentinos? ¿Reveló alguna patología que implique riesgos para su trabajo? ¿Qué medicamentos consume? ¿Tiene el seguimiento médico adecuado, acorde con el nivel de estrés al que se somete? ¿Quiénes son los especialistas que lo tratan? ¿Retomó terapia tras el fallecimiento de su psicólogo durante la pandemia?
Lo que está claro es que Milei no posee el “arte del auriga” que Platón les atribuía a los hombres equilibrados. Un arte reservado para aquellos líderes capaces de templar su fogosidad para avanzar sin perder el rumbo ni la razón.
Lo único comprobable es eso que se ve. Y lo que se ve preocupa.