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COLUMNISTAS / PANORAMA / PESOS Y DOLARES
domingo 23 septiembre, 2018

Reescribir el pasado

Hablar de convertibilidad es mentar la soga en casa del ahorcado. Un trauma económico de décadas.

por Carlos De Angelis

EL CALO Carlos Menem Foto: DIBUJO: PABLO TEMES

La discusión sobre la dolarización, luego del comentario del funcionario estadounidense Larry Kudlow, retrotrajo los relojes a aquellos días de 1990, tras el fracaso de la asociación entre Carlos Menem y Bunge y Born.

Síganme, no los voy a defraudar. Luego de una ambigua campaña del candidato riojano, donde prometió desde la nacionalización de las propiedades inglesas en la Patagonia hasta una "pacificación", que escondía una amnistía, tanto para los sectores militares involucrados en la represión ilegal de los 70 como para las cúpulas guerrilleras, Menem opta por entregarle la gestión económica a la "única multinacional argentina", al decir del riojano.

Era un prototipo de Ceocracia treinta años antes del experimento macrista, pero la idea de que buenos gerentes de empresas privadas podrían gestionar la cosa pública con mayor eficacia que los políticos también fracasaba con el dramatismo impuesto por los conatos de hiperinflación –que habían comenzado con Raúl Alfonsín– y nuevos saqueos como modalidades de acción social espontánea cabalgando entre la desesperación y el delito.

Ninguno de los dos ministros de Economía-gerentes de la Bunge y Born, Miguel Roig –muerto el 14 de julio de 1989– y Néstor Rapanelli, podrían domar esa inflación embravecida. Sobre el fin de aquel fracaso, Menem da un golpe de timón colocando a un riojano –experto guitarrero–, Erman González, en el Ministerio de Economía, manteniendo a un cordobés todavía desconocido llamado Domingo Cavallo al mando de Cancillería. En aquel tiempo, la City sospechaba que el economista proveniente de la Fundación Mediterránea era el real ministro de Economía, pero González tenía una tarea puntual que encarar que sería ni más ni menos la confiscación de los plazos fijos de los argentinos a cambio de unos bonos a pagar algún día. El Plan Bonex sería la pista adecuada para el aterrizaje de la convertibilidad, que luego de quitar cuatro ceros a la moneda entronaría uno de los experimentos mágicos más fascinantes de la Argentina moderna: declarar que un peso argentino valdría lo mismo que un dólar.

La renuncia a emitir moneda local puso un fórceps a la economía.

Los efectos de la convertibilidad serían lentos y acumulativos durante su década de existencia. La renuncia a emitir moneda local, condicionada a una ampliación de las reservas en dólares, puso un fórceps a la economía, que solo podría crecer en base a una mejora de la productividad plena, y a las inversiones extranjeras en dólares.

Un grave problema sacudió los cimientos del plan bimonetario, porque hubo una fuerte inflación inercial que dejaba un dólar fijo, pero barato, que financió en esos años una gran fiesta de transnacionalización de la economía –cada empresa vendida al exterior era festejada–, y donde muchos argentinos pudieron recorrer el mundo gastando los dólares que eran un recurso relativamente fácil de conseguir. Al mismo tiempo, Menem procedió a la liquidación de prácticamente todas las empresas estatales, empezando por Entel (telefonía) y finalizando con YPF.

Fin de fiesta. El megaajuste provocado por la convertibilidad, sumado a la expulsión masiva de empleados estatales, llevó a un aumento meteórico del desempleo y la pobreza, datos de los que se tomaría conciencia sobre el final del breve gobierno de Fernando de la Rúa. El radical se negaba a salir del cepo de la convertibilidad porque era increíblemente popular, al punto que se atrevió a convocar a Cavallo como ministro, mientras la calle festejaba con una frase imposible: "El nos metió en esto, él nos tiene que sacar".

El fracaso de la convertibilidad sería palpable recién en el momento en que los argentinos quisieron retirar masivamente sus depósitos en dólares, simplemente no estaban. Se llamó “corralito” a aquella medida que solo permitiría retirar los dólares a cuentagotas, pero "corralón" a la que tuvo que disponer Duhalde en 2002 cuando tras su desafortunada frase "el que puso dólares, recibirá dólares", solo pudo devolver unos bonos que mayormente se terminaron malvendiendo en el mercado secundario.

La mejora de la ex presidenta en las encuestas, en estos días en que tiene a todo Comodoro Py encima, no se basa en otra razón que el hecho de que el presente angustioso de millones de argentinos está logrando un fruto inesperado: que se reescriba el pasado.

De regreso. Proponer treinta años después una nueva convertibilidad, o la opción de máxima, la dolarización completa, es decir, el abandono de toda moneda nacional, muestra claramente dos fracasos: el de la política económica actual pero también el de toda alternativa.

Algunos cálculos rápidos indicarían que si se tratara de organizar una convertibilidad en estos días el valor del dólar tendría que estar en unos 160 pesos, considerando las reservas líquidas actuales –los dólares físicos– sobre el dinero circulante, más también los depósitos en pesos, y los instrumentos del Banco Central. Es impensable que se pueda devaluar cuatro veces más la moneda argentina sin una nueva estampida inflacionaria, que ahora sí colocaría al país a las puertas de otro 2001, saltando todas las mieles de los 90.

Pero otro problema no menor es cómo sería una propuesta económica alternativa. Si bien muchas de las críticas a la austeridad extrema que proclama el macrismo con el "déficit cero" son certeras, no se logra deducir cómo se podría llevar adelante, por ejemplo, un programa que haga foco en el crecimiento productivo, expresión exterminada del diccionario oficialista.

¿Cómo se podría llevar adelante un proyecto "productivista"? ¿Se deberían volver a establecer subsidios para las empresas industriales?, o ¿habría que desdoblar el mercado cambiario, entre un dólar comercial y un dólar financiero, como proponen algunos economistas? ¿Está el país para nuevos experimentos y ver qué resulta?

La percepción de que la política actual camina hacia el precipicio habilita la nostalgia de la era del uno a uno, pero también de los días de Cristina de Kirchner, en los que, si bien se convivía con alta inflación y restricciones externas, con el cepo cambiario como máxima expresión de la falta de dólares, los salarios seguían de cerca la evolución de los aumentos de precios –oficialmente negados–.

La mejora de la ex presidenta en las encuestas, en estos días en que tiene a todo Comodoro Py encima, no se basa en otra razón que el hecho de que el presente angustioso de millones de argentinos está logrando un fruto inesperado: que se reescriba el pasado.

*Sociólogo (@cfdeangelis).


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