A lo largo de su vida fue muchas cosas y las seguirá siendo ahora que descansa en el cementerio Vvedénskoye, porque si la Unión Soviética lo tuvo preso de su gulag y terminó convirtiéndolo en Héroe del Trabajo Socialista, mañana los anarco-libertario-capitalistas gustarán reivindicarlo como héroe y precursor de su reforma laboral. Naftaly Arónovich Frenkel (1883-1960) nació en Haifa o en Constantinopla o en Austria o en Palestina, y la verdad la sabe, si existe, Dios, así que el lector perdonará la imprecisa información. Algunos lo mencionan como industrial húngaro, otros como empresario ruso, pero él mismo se define como comerciante cuando pasa a la Unión Soviética desde Odessa y lo detienen por contrabandista y lo condenan a diez años de trabajos forzados en el campo de trabajo (gulag) de Solovki. Allí, escribe una carta a las autoridades denunciando la desorganización del lugar y el desperdicio de recursos humanos y materiales. La carta pasa del buzón de quejas a manos de un agente de la policía secreta que la transmite a su superior, y va ascendiendo en las jerarquías hasta que la lee Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como el camarada Stalin, quien lo recibe en el Kremlin. En la amena reunión entre prisionero y dictador, Frenkel le propone que la ración alimenticia que recibe cada preso en cada gulag se estipule sobre la base de su productividad laboral. Ese sistema es bautizado como “escala de alimentación”. La cúspide recibe 800 gramos de pan y 80 gramos de carne por día. De ahí para abajo. Desde luego, la rigidez del sistema desconoce u omite detalles estadísticos como edad, peso, salud, condiciones y estado físico de cada trabajador, privilegiando a los mejor dotados para el esfuerzo continuo y dejando caer y consumirse y morir a los demás. ¿Qué vamos a hacerle? Grosso modo funciona. Siempre hay daño colateral. Pero, ¿cómo ignorar que de la ineficiencia económica inicial pasamos a una empresa estatal próspera basada en el trabajo esclavo?
Frenkel pasa de prisionero a carcelero y luego a comandante de su gulag. Hay quienes sospechan de la eficacia general del método, malditos conspiradores. Nuestro amigo es condecorado con la orden de Lenin en tres ocasiones y en 1947 es dado de baja de su último cargo –jefe de la Jefatura de la Dirección de Construcción de Ferrocarriles– por razones de salud. Se le otorga una pensión por el servicio. Menos mal que esto ocurrió en la URSS, porque en Argentina, con lo que reciben del Estado, los jubilados y pensionados no pueden vivir.