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COLUMNISTAS / coalicion
sábado 23 marzo, 2019

Una palabra clave en el futuro de la Argentina

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por Eduardo Duhalde

Alemania. Gobiernos estables gracias a amplias alianzas de fuerzas políticas. Foto: cedoc perfil

Hoy que en la Argentina la palabra coalición se ha convertido en la clave de toda una nueva forma de ver la política, parece oportuno analizar la historia y la actualidad de ese formato de alianza política, con el fin de evitar que el término se convierta en una simple palabra fetiche, útil en los discursos de campaña pero vacía de contenido en la gestión, y que una vez más la ciudadanía se vea defraudada en sus expectativas.
   Partamos de una base: los sistemas democráticos de la actualidad exigen, para funcionar, que se llegue a acuerdos y se construyan consensos entre los diferentes actores. Estos acuerdos y consensos son los que permiten el funcionamiento de los organismos de Estado y el cumplimiento de los objetivos de gobierno. Sin ellos, es imposible construir mayorías parlamentarias que permitan gobernar.
En términos políticos esos acuerdos y consensos se conocen como coaliciones.
La complejidad de los sistemas políticos que hoy gobiernan el mundo ha hecho que, en los últimos tiempos, estudiosos y analistas de distintas ideologías y escuelas pusieran su interés en estudiar las características de las coaliciones, sobre todo de aquellas que han demostrado su eficacia en la práctica.
Los factores que rodean y condicionan la formación de gobiernos de coalición se encuentran íntimamente vinculados con el fortalecimiento del sistema democrático.
Por un lado, la necesidad de crear mayorías parlamentarias sitúa al Parlamento en el centro de la actividad política y otorga una importancia capital al diálogo, lo que da paso al coprotagonismo de las fuerzas minoritarias.
Por otro, negociar la formación de gobiernos de coalición obliga a definir públicamente los objetivos partidistas y a buscar los puntos en común que posibiliten los acuerdos, y esa actitud de la clase política influye en la consolidación de una opinión pública favorable al respeto por la diversidad, la tolerancia, la solidaridad, la integración y la confianza.
Finalmente, el proceso descansa en la interacción de los actores políticos en múltiples escenarios, con lo que la negociación de un gobierno de coalición incluye también la construcción de vínculos sólidos con el resto de los ejecutivos, sean estos provinciales o locales, y con los diversos actores de la sociedad civil.
Es evidente que esta herramienta de gobierno, como se ha señalado desde distintas posiciones políticas, permite expresar mejor los principales valores de la democracia, como la participación ciudadana y la transparencia de las acciones de gobierno, al mismo tiempo que posibilita la gobernanza, minimizando las tensiones “de superficie” generadas por los desacuerdos muchas veces artificiales que se instalan en el escenario político.
   Un rápido repaso al panorama gubernamental mundial muestra que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países europeos (por ejemplo, Alemania, Holanda, Bélgica, Austria, Suiza, Suecia, Noruega y Dinamarca) han sido gobernados por coaliciones, y eso les ha permitido alcanzar altos estándares de calidad institucional y una notable mejora en la calidad de la convivencia de sus ciudadanos, lo cual sería un aval en la práctica de lo que la teoría afirma.
Sin embargo, también es cierto que gobernar en coalición exige más pericia, más dominio del arte de la política y, sobre todo, el establecimiento de pautas de comportamiento interno. Un gobierno de coalición debe optimizar la comunicación entre gobernantes y gobernados, teniendo en cuenta la presencia de una opinión pública progubernamental pero con criterios dispares.
También debe exigir a los miembros del gobierno que sigan protocolos muy pautados para la comunicación de las políticas a implementar, debe crear órganos plurales de coordinación de la acción de gobierno, debe clarificar las relaciones entre el gobierno y los grupos parlamentarios que lo apoyan, debe evitar un aumento incontrolable de departamentos y de cargos y debe compatibilizar el impulso de una acción de gobierno compartida con la identidad partidista de los miembros de la coalición. Todo esto supone una pericia y una experiencia política de quienes encabezan la coalición, sin la cual el sistema necesariamente va a naufragar.
   Este es un momento de cambio multipolar: el mundo se ha vuelto menos transparente y más inseguro. Los recientes acontecimientos de Nueva Zelanda y Brasil son ilustrativos. Las redes sociales –y las compañías que las manejan– tienen más poder que los Estados. Se entiende que la ciudadanía quiera más seguridad y cosas simples. Se entiende que privilegie las soluciones rápidas, aunque entrañen serios errores estratégicos.
Aquellos que pintan el mundo en blanco y negro –como Donald Trump o Matteo Salvini, por ejemplo– propagan sus ideas en formatos sencillos, y eso puede ser muy atractivo. Sin embargo, si queremos una mejora verdadera y sostenible, hay que tener el coraje de decir que el mundo es complicado y que, pese a ello, se encontrarán soluciones a los problemas de hoy sin comprometer el futuro, y luego debemos describir e implementar esas soluciones.
Seguramente ese no será en la Argentina el trabajo de un solo partido, una sola corriente o una única tendencia, sino el resultado de un acuerdo de voluntades alrededor de un programa de objetivos y acciones discutido, consensuado y evaluado a lo largo del tiempo por el conjunto más amplio de actores políticos que se pueda encolumnar detrás de un gobierno libremente elegido.
Ha llegado el momento de comenzar a recorrer, sin prisa pero sin pausa, ese camino.

*Ex presidente de la Nación.


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