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COLUMNISTAS / Opinión
martes 18 septiembre, 2018

De la Sota, Lula y Maquiavelo

La trágica muerte del exgobernador cordobés deja un vacío difícil de tapar para la dirigencia política provincial y nacional.

Iván Ambroggio (*)

De la sota, Da silva y Maquiavelo Foto: NA / Bloomberg

Córdoba, septiembre de 2018. En la provincia mediterránea la atmósfera que se respira es fúnebre. La muerte de José Manuel De la Sota nos reveló a todos los mortales –una vez más– que los vientos de la fortuna no siempre soplan en el mismo sentido. También ratificó que la muerte ejecuta sin negociación previa. Marco Tulio Cicerón manifestó una frase a medida para el episodio que hoy nos convoca: “La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos.” Esto es lo que pareciera que sucederá en Córdoba y en la República Argentina con José Manuel De la Sota, el dirigente histórico del peronismo, que perdió la vida de modo trágico, en un accidente de tránsito, cuando viajaba de Río Cuarto a Córdoba para asistir al cumpleaños de su hija. Inmediatamente la tristeza colectiva y la incertidumbre comenzaron a deambular atónitas por las calles de toda la Provincia.

Un repaso por la vida de quien fuera tres veces Gobernador de Córdoba, embajador en Brasil, Diputado Nacional, Senador Nacional, docente universitario en España, emprendedor comercial, entre tantas cosas, ponen de relieve una vida intensa y amplia, y un dirigente de tiempo completo y de cuerpo completo.

“El gallego”, como lo llaman en Córdoba, conoció la derrota muchas veces. Se levantó fortalecido de cada una. Analizó cada tropiezo y aprendió de sus errores. Se convirtió día tras día en una mejor versión de sí mismo. Volvió al ruedo mejorado, y no se detuvo hasta alcanzar sus metas. Fue (cuesta escribir en pasado) un ser humano lleno de proyectos y energías, que estaba empezando a retomar, con fuerzas, la carrera presidencial –con un ciclo televisivo que llevaría el nombre “Puentes”. El nombre del programa no es casual, obedece a la profunda convicción del líder cordobés: lograr la unidad nacional, cerrando grietas que consideraba nocivas para la sociedad. Su último objetivo, afirman sus allegados, era llegar al sillón de Rivadavia para unificar su Patria. No pudo ser, por un hecho tan inesperado como triste.

José Manuel De la Sota: la muerte del último caudillo

Nadie duda de que a De la Sota le sobró virtud, coraje, y perseverancia. Pero lamentablemente, la virtud no suele ser suficiente para materializar los sueños. Se requiere también una cuota importante de suerte –o fortuna, como lo llama, en la obra El Príncipe, Nicolás Maquiavelo–. Este pensador renacentista, considerado el padre de la Ciencia Política moderna, define por virtud, la capacidad personal de dominar los acontecimientos y de realizar, incluso recurriendo a cualquier medio, el fin deseado. Por fortuna, en cambio, entiende el curso de los eventos que no dependen de la voluntad humana. De todos modos, Maquiavelo entiende que lo que uno consigue no depende del todo ni de la virtud ni de la fortuna, es decir, ni todo por el mérito personal, ni todo por el favor de las circunstancias, sino por una y otra causa en igual proporción. El sábado 15 de septiembre de 2018, a las 20 horas, Córdoba quedó en estado de shock, cuando se conoció la noticia de que el exgobernador había fallecido tras protagonizar un accidente de tránsito en la autovía 36, que une Córdoba con Río Cuarto. Lo que le faltó a De la Sota, no fue virtud, sino fortuna (entendida como suerte). Este suceso impensado apagó las luces del sistema político provincial y nacional y generó brotes de lágrimas en distintos puntos de la República Argentina, sin respetar banderas políticas.

El ritmo vertiginoso de la política que circulaba por las venas del cordobés, encontró su fin en una autovía, que él mismo había decidido construir, justamente para salvar vidas. Lo paradójico es que perdiera la suya en una de sus obras más emblemáticas.

José Manuel De la Sota presenta asombrosas similitudes con Luis Ignacio “Lula” da Silva, el expresidente de Brasil, hoy preso e inhabilitado para competir en las elecciones presidenciales que se celebrarán el próximo 7 de octubre, en el extenso territorio del gigante del MERCOSUR. Los dos sufrieron la ausencia de sus respectivos padres. Lula tuvo una infancia difícil. En su vida hubo grandes ausencias y trágicas pérdidas. Hasta sus cinco años no conoció a su padre. En una biografía autorizada dijo que su padre era “un pozo de ignorancia” y un alcohólico. Trabajó desde niño como lustrín, y a los catorce años consiguió trabajo en una planta de producción de tornillos, donde trabajaba doce horas diarias, tras dejar la escuela en quinto grado, debido a la necesidad económica que asfixiaba a su familia. De la Sota perdió a su padre en un accidente de tránsito; murió en la misma zona que el exmandatario, también a los 68 años de edad –otra ironía del destino–.

Ambos líderes políticos padecieron varias derrotas electorales; ambos sufrieron las dictaduras militares y los dos conocieron el dolor irreparable que significaba la pérdida de un hijo. Lula se enteró, cuando llegó al Hospital Modelo de San Pablo, que su esposa María de Lourdes y su hijito, habían muerto en el parto. De la Sota, estaba en una reunión política cuando un amiguito de su familia –que tenía sólo siete años– lo llamó por teléfono para avisarle que su hijita había muerto ahogada en una piscina. Los dos dirigentes conocieron el rostro del dolor más profundo, pero ambos virtuosamente eligieron no convertir ese dolor en odio. Ninguno gobernó con resentimiento. Lula, cuando finalmente llegó a la presidencia de Brasil, con lágrimas en los ojos, dijo: “Yo que tantas veces fui criticado por no tener un título universitario, exhibo mi primer diploma, el título de presidente de la República Federativa de Brasil”. De la Sota, al día siguiente de la primera vez que asumió como Gobernador, anunció con la felicidad posando sobre su rostro, la rebaja en los impuestos que había prometido en la campaña. A ninguno nada le fue fácil en su vida; tampoco en la política. Ambos aprendieron que ganar elecciones es una tarea difícil pero que gobernar es un trabajo mucho más arduo. Las dificultades y las derrotas parecen haber moldeado sus respectivas personalidades. Ambos lograron ser sujetos magnéticos, carismáticos y dialoguistas, pese a los golpes bajos recibidos.

Caso De la Sota: fiscal busca determinar a qué velocidad iban los vehículos

De la Sota deja un vacío difícil de tapar para la dirigencia política cordobesa y argentina. Se fue un hombre que tejió millas de historia en el justicialismo pero que no titubeó en tender sus dos manos, en 1987, al entonces presidente Raúl Alfonsín, en defensa de la democracia, ante un levantamiento perpetrado por los “carapintadas” en semana santa.

“El Gallego” sembró diálogo en todos los sectores de la sociedad y cosechó respeto de todas las fuerzas políticas. El intendente de Córdoba Ramón Mestre y Luis Juez, que tuvieron fuertes diferencias con el ex mandatario de la Provincia de Córdoba, priorizaron su costado humano y despidieron afligidos y con sumo respeto, a quien fuera su eventual adversario político. Una multitud se acercó espontáneamente al Centro Cívico de Córdoba para despedir a uno de los políticos más importantes de la historia de la Provincia de Córdoba. Muchos contemplaron el ataúd esperando que alguien los despertara de esa pesadilla real. Los militantes se niegan, aún hoy, a rendirse ante la evidencia.

En el universo político, a De la Sota lo reconocen como un Estadista, un visionario y un apasionado que disfrutaba caminar entre la gente, haciendo territorio. El histórico líder político, convencido de que el mejor camino para la Argentina es trabajar por una gran unión nacional, dijo públicamente que el mejor Perón fue el que se abrazó con Balbín. Esta es, quizás, la frase que mejor ilustra su pluralismo. Y este es el concepto con el que gran parte de Córdoba, asocia su nombre en las encuestas. Seguramente en el futuro, las fotos del líder cordobés no serán tristes y color sepia, sino postales en tonos alegres que subrayarán su sonrisa reluciente, la misma que los sectores más postergados ya enmarcaron para siempre en su corazón.

Por lo expresado, con aciertos y errores, con virtudes y desdichas, no quepan dudas de que el gallego vivió como pensó. Quizás por esto se fue con las cicatrices de mil batallas pero con el respeto de su pueblo colgando sobre su pecho.

(*) Consultor Político; Director y Profesor del Diplomado en Gestión de Gobierno de la Universidad de Belgrano; autor del libro Postales del Siglo 21.


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