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COLUMNISTAS / ausencias
sábado 27 octubre, 2018

El arte de la censura

En Comedor, cuento que pertenece al libro En construcción, del escritor japonés Mori Ogai, un personaje refiere que en la Rusia imperial se ejercía la censura sobre las publicaciones provenientes del extranjero mediante una técnica llamada “caviar”.

por Daniel Guebel

El escritor japonés Mori Ogai. Foto: Cedoc Perfil
sábado 27 octubre, 2018

En Comedor, cuento que pertenece al libro En construcción, del escritor japonés Mori Ogai, un personaje refiere que en la Rusia imperial se ejercía la censura sobre las publicaciones provenientes del extranjero mediante una técnica llamada “caviar”. Libro a libro, con ayuda de plumines, los censores esparcían tinta negra sobre los párrafos vedados hasta que el papel quedaba lo bastante impregnado como para impedir la lectura del fragmento interdicto.

Sin embargo, el Siglo de las Luces terminó abriéndose paso. Con la alfabetización creciente de las clases altas, la difusión del multilingüismo como norma de vinculación social y apertura comercial (francés, inglés, español), la importación de libros aumentó en cantidad y variedad de títulos, por lo que el Departamento de Censura se vio desbordado de trabajo y debió recurrir a técnicas tal vez menos elegantes pero más veloces. A partir de un momento que el cuento no precisa, los censores, una vez elegidos los párrafos prohibidos, se limitaban a suprimirlos mediante el empleo de tijeras. Tal operación provocó efectos indeseados. Por lectura contextual, la técnica “caviar” permitía sospechar, dentro de ciertos límites no mayores de una página, el sentido general del texto eliminado. Pero con el tijereteo esta posibilidad fue erradicada de cuajo, generando además un daño imprevisto: la eliminación de párrafos no censurados. Digamos: si por recorte desaparecía aquello que un lector ruso tenía vedado de la página 24, también ocurría lo mismo con el contenido de su anverso, la página 23, lo que derivaba en una práctica de censura por lo menos desprolija, ya que los sentidos de la prosa ausente duplicaban su falta, duplicando también la ambigüedad, la sugerencia de lo faltante.

Esto no lo comenta Ogai, pero en la Sección Blavatsky de la Biblioteca Teosófica de Moscú se conservó hasta hace poco tiempo el ejemplar en alemán del El capital, libro con el que se formó el político Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, durante su período de prisión en Siberia. Este ejemplar tenía tan recortadas sus páginas que el peso del libro se había reducido a la tercera parte del que tenía cuando salió de la imprenta. Era poco más que una colección de tiritas.

Eso permite inferir también que la Revolución Rusa, llevada a cabo por un líder que tampoco conocía a la perfección el idioma de origen del texto, fue un trabajo de libre interpretación de aquel despojo.

Que la tarea de los censores debe realizarse bajo las banderas de una supresión completa, la eliminación de todo escrito, la erradicación de, incluso, la posibilidad misma de leer

¿Qué nos enseña la anécdota? Que la tarea de los censores debe realizarse bajo las banderas de una supresión completa, la eliminación de todo escrito, la erradicación de, incluso, la posibilidad misma de leer, lo que a la larga derivaría en la desaparición de la necesidad de su trabajo, o, su opuesto estricto, que concluye en el mismo resultado: la admisión de que todo mecanismo de control es imperfecto, y que la relación entre intención inicial y efecto final no puede preverse, salvo desde una perspectiva divina. Y ni siquiera.

En Jesús y Yahvé, Harold Bloom escribe que Gershom Scholem dice que Isaac Luria aseguraba que también Yahvé está sujeto a degradación. Al parecer, tiene que haber un abismo en Su voluntad, pues sin la existencia de un momento negativo en el acto de la Creación, Yahvé y el cosmos se fundirían en uno. Eso supone, imagino, un momento de goce supremo, el autor perdido en su propia obra. Pero sigamos: la condición de posibilidad de la existencia de lo creado supone entonces una contracción, un retiro de su Creador. De lo contrario, no habría más realidad que la de Dios y tampoco existiría el mal. La pregunta que  retóricamente se hace Bloom  es, ¿por qué decide Yahvé abandonar su existencia solitaria y luminosa y urdir un universo? La respuesta que dramáticamente se da Bloom, siguiendo a Luria, es: tal vez esa luz solitaria se había  vuelto peligrosamente opresiva para un Dios sin fin y sin límites en su autosuficiencia. Al crear algo distinto de sí, Yahvé se hiere de suma gravedad, se degrada a sí mismo, se vuelve, en suma, y en cierta medida, humano. La ausencia de Dios frente a los males del mundo sería entonces condición para su existencia y su lectura autocrítica, su acto de censura.


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