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COLUMNISTAS / CANDIDATURAS
sábado 22 junio, 2019

Encuestómetro

Los sondeos sirvieron de coartada para justificar dedazos y movidas en el armado de las listas.

por Roberto García

Paso a paso, Sergio Massa. Foto: Pablo Temes
sábado 22 junio, 2019

Quizás las encuestas sean una explicación al salto de Sergio Massa, su transferencia al elenco de los Fernández bis. Por lo menos, una de las justificaciones a enumerar en la detonación del tercio independiente a la grieta, esa ilusoria Alternativa Federal de la que hoy solo quedan retazos cuando se insinuaba con más volumen que otras expresiones.

De repente se volvió sepia y mohosa la fotografía del cuarteto Schiaretti-Urtubey-Massa-Pichetto, ni logró en su transición a un quinto elemento: Lavagna. Parte de culpa en esa dispersión le corresponde a Massa, quien, alimentado hoy por la adicción encuestadora, ampara su fuga en un gigantesco sondeo que revela lejanas distancias a favor del binomio F y sus sucedáneos provinciales (Kiciloff-Magario). Y en contra, obvio, de lo que señala el último informe de Duran Barba en relación con la fórmula que encabeza Vidal o los datos de otra apelación estadística que antes le daba nueve puntos de ventaja a Cristina y ahora le reconoce ligero descenso y fuerte mejora de Macri.

Cerca pero lejos. Aun con diferencias, para Massa es concluyente el otro referéndum que, en su caso, viene con una evidencia adicional: sus adláteres intendentes, una docena, ya lo aventajaron para inscribirse en la lista de Cristina, sin pedirle permiso y sin acompañarlo hasta la puerta del cementerio, como es de estilo en la deserción. Aunque predique lo contrario, diluido, vacío, disputando solo el poder hacia abajo, tuvo Massa que firmar el pase en blanco con los mediadores Máximo y Alberto, sin obtener siquiera una instantánea con la dama que lo contrata y le desconfía, Cristina (discrepan sobre temas centrales, como Venezuela, y la ex mandataria detesta a ciertos amigos de su incorporado). Se entiende que a ella le interesa su inscripción no por lo que aporta sino por lo que le podría restar si se mantuviera en un bloque autónomo. Igual, Massa demandó condiciones. La prioridad: disponer de un territorio físico, de votos escriturados, volver a Tigre a través de la candidatura distrital de su esposa Malena. Recuperar un santuario, como dicen que era el vecino Rincón de Milberg para los maleantes en los años 40 del siglo pasado, refugio que la policía evitaba visitar.

Consintió Cristina el reclamo a pesar de burlar un compromiso: seis meses antes le había prometido solidaridad al intendente Julio Zamora, uno de los primeros en alinearse con ella apartándose de su jefe político.

La dama no cumplió la promesa, tampoco Alberto Fernández luego de que se fotografiaran juntos. Cuando se trata de dirigentes poco conocidos, en estos casos nadie utiliza la palabra traición. Incluso Massa evitaba ese término cuando maldecía a Zamora por haberlo designado como delfín, quien nunca pudo soportar a Malena en su gobierno porque malversaba sus órdenes, le subvertía el personal y lo disminuía en su jefatura. Según sus palabras, “bancala vos, me vuelve loco”, sostuvo, expresiones semejantes a las de empresarios que acompañaban a Massa durante la campaña. Le rogó más de una vez que la rescatara, hubo titubeos, postergaciones y, por último, enardecido, Zamora la despidió de la planta tigrense. Creyó que cierta euforia popular con su gestión le garantizaba el futuro, no tomó en cuenta a los participantes de ligas mayores con otros intereses: ahora le toca competir con una boleta corta, sin Cristina, pero diciendo que la avala.

Arduo desafío. Massa se revuelve: no se considera autor, mas bien una víctima, de la estampida en Alternativa Federal. Se sirve de términos como abandono y falta de apoyos, misma monserga de Schiaretti, quien desolado dice “todo lo que construí en meses se disolvió en un día, en la Capital, con una foto común con Macri y Pichetto”.

Cada uno por su lado. Urtubey ni habla, apenas si coló en el binomio con Lavagna, quien promovió alborotos y divisiones fútiles para evitar una interna cuando nadie va a una interna en la Argentina. Un disparate de advenedizo. Massa es el más quejoso con el economista: le di todo, me pagó mal, jura. Una debacle que se retrata en Duhalde, que empezó en ese núcleo con la idea de ordenar políticamente el país y hoy ni organiza Lomas de Zamora (y su esposa fantasea con inventar un partido para las mujeres en el futuro). Encima, hasta lo incluyen en controversias, como la de un colaborador de Lavagna, llamado Heriberto, quien suelto de lengua sostuvo ante otro interlocutor que luego de la presentación de listas, esta noche de sábado, la gente del ex presidente desaparecía del núcleo dominante. Lo escuchó un adepto a Duhalde, esa clase de fornidos empeñados en no poder pasar por las puertas, quien en la sala de reuniones de Lavagna candidato recriminó al lenguaraz, lo insultó y empezó a correrlo distribuyendo trompadas por la amplia oficina, mientras lo contenían a medias y el principal asesor del economista, el conocido Ratón Pérez, le gritaba a Heriberto: “Rajate, rajate”.

Esos ejercicios físicos alrededor de la mesa no han sido tan complicados como la designación del apoderado de la marca, tarea que se impuso Margarita Stolbizer, conocedora del significado de la nominación del funcionario. Baste señalar, para entender, que el primer castigo de Cristina a Zamora, en Tigre, fue otorgarle el cargo a un apoderado vinculado a Massa. Y que fue el apoderado de Cristina quien, en su propio frente, estableció un reglamento hecho a la medida de la alta costura de la dama impidiendo con restricciones que, por ejemplo, Daniel Scioli se hiciera los rulos pensando en competir en las PASO. Ni se le ocurre una negociación: hace un año y medio que Scioli y Cristina no se hablan.

En lo de Lavagna, con apoderado propio, en apariencia Stolbizer se garantizaba el primer lugar como candidata a diputada. Obra atribuible a la gracia de su designado favorito, el radical Marcelo Díaz, apodado “el Oso” y también “Lunes” por ser “el peor de los Díaz”. Claro que ese intento de configuración partidaria provocó un barullo ayer por la mañana, ya que Luis Barrionuevo –clave en la existencia de Lavagna como postulante– había supuesto que le correspondía ese lugar a su esposa, Graciela Camaño, separada del nuevo Massa cristinista y baluarte para las ambiciones del economista en el peronismo y la provincia de Buenos Aires.

Por supuesto, esta disidencia aderezó el enojoso cierre de listas de esta noche, característico en todas las formaciones, en el que todos se ofrecen como legisladores por la posibilidad de ser elegidos, y nadie como gobernador porque saben que no serán elegidos. Ni logró Lavagna un estreno en la actividad con el médico Facundo Manes, quien optó por decir que estaba en Rusia antes de que le plantearan la alternativa del cargo.


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