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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 5 mayo, 2019

Hoy recomiendo libros

En el stand de Chile hay una rareza para fanáticos de Enrique Lihn (como yo): Poesía (1947-1954).

por Damián Tabarovsky

default Foto: CEDOC

Siempre despistado, salí a la calle en remerita sin darme cuenta de que la temperatura había bajado y el cielo se había nublado. Obviamente se largó a llover. Caminé rumbo a la parada del 108 y a lo lejos vi los carteles amarillo-Pro del Metrobus en Plaza Italia. Pero no era la parada, eran los puestos de libros de viejo que están enfrente. Me guarecí como pude y, buscando más refugio, levanté la vista para saber si el edificio del otro lado de la avenida tenía techo. Y entonces me percaté: era la Feria del Libro. ¡Empezó la Feria del libro! Qué tonto, ni me había dado cuenta. ¿Ya salieron las notas en los diarios llenas de hipérboles sobre la “fiesta de los libros”? ¿Los ministros ya hablaron? ¿Hubo colas para ver a los youtubers? ¿Los poetas leyeron poesía? No lo sé. Sé, en cambio, que sin otra opción más que caminar por las alfombras de colores engamadas con los nombres de los pabellones, reparé en tres buenos libros difíciles de encontrar extramuros de la Rural.

Primero, en el stand de Uruguay, Crónicas de melancolía eufórica, de Mário de Andrade, muy bien traducido por Rosario Lázaro Igoa, para Alter Ediciones, de Montevideo. Padre del modernismo brasileño, su Paulicéia desvairada es una obra maestra (hay una gran traducción al castellano de Arturo Carrera y Rodrigo Alvarez en Beatriz Viterbo), aunque su libro más conocido es Macunaíma, de 1928, gran novela sin dudas, aunque en mi opinión algo menor que Amar, verbo intransitivo, publicada el año anterior, sin embargo menos reconocida. Sus crónicas circularon poco en castellano, aunque son igualmente interesantes (encontrarlas en los sucios y maravillosos sebos cerca de Praça da Sé, en San Pablo, en las viejas ediciones de Jose Olympio, es un placer excelso). Crónicas de melancolía eufórica da cuenta de su imaginario levemente folclórico (hay brujas, apariciones, monstruos) cruzado por una concisión en la escritura que evita todo pintoresquismo.

En el stand de Chile hay una rareza para fanáticos de Enrique Lihn (como yo): Poesía (1947-1954), publicado por las ediciones de la Universidad de Valparaíso. Es decir, la prehistoria del que luego sería el más grande poeta chileno (y más allá de Chile) de la segunda mitad del siglo XX. No había leído esos poemas, y al hacerlo rápidamente recordé por qué, en vida, Lihn no favoreció demasiado las reediciones de esos textos. Hay varios libros suyos –como Batman en Chile o sus ensayos influenciados por el estructuralismo francés– que están muy por debajo de su genio. Si comparamos estos poemas con sus obras de madurez, dará el mismo resultado. El exceso de lirismo es imperdonable en Lihn. Pero si los colocamos en el contexto de un adolescente o un veinteañero, ya la cosa cambia. Poemas como Celeste hija de la tierra ya contiene parte de la crítica a la solemnidad megalómana de un Neruda o un De Rokha, que va a caracterizar su obra posterior.

Sobre La casa de los veinte mil libros, de Sasha Abramsky, publicado por la editorial española Periférica y ofrecido en el stand de Waldhuter, ya había escrito alguna vez para otro de mis empleadores (a esta altura ex empleador). Y también es, de los tres, el que más fácilmente se consigue en (algunas) librerías. No importa: sobre los buenos libros siempre vale la pena volver. Ya no tengo espacio para decir nada sobre él, solo que confíen en mí.


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