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COLUMNISTAS / teatro politico
sábado 29 septiembre, 2018

Tragedia bufa

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por Sergio Sinay

Actos de hoy. “Las huegas y piquetes desquician la vida cotidiana”, dice el autor. Foto: Pablo Cuarterolo
sábado 29 septiembre, 2018

La tragedia, como género teatral, nació en el siglo V antes de Cristo, en Grecia, con las obras de sus tres progenitores: Esquilo (Orestíada, Los persas), Sófocles (Edipo Rey, Antígona) y Eurípides (Medea, Las troyanas). Derivado de tragoedia, el término significa “grito del macho cabrío”, sonido imitado durante las celebraciones del dios Dionisio. Para los griegos, el teatro era, más que un espectáculo, un evento educativo. Como quería Aristóteles, unía catarsis y reflexión. La representación de las tragedias, de las cuales 32 textos llegaron completos hasta hoy, convocaba hasta 15 mil personas en magníficos anfiteatros, como el de Epidauro, que aún se conserva en buen estado. Como señala la especialista Ruth Scodel, catedrática de la Universidad de Michigan (La tragedia griega: una introducción), sus temas eran la vulnerabilidad de la vida humana, el enfrentamiento a circunstancias que exceden nuestro control y las poderosas e ineludibles consecuencias de nuestras acciones y decisiones.
En la tragedia los personajes toman decisiones que desencadenan procesos imparables. Trágicos. Lo hacen porque es necesario o simplemente porque es posible, como señala Aristóteles en su Poética. Solo ellos ignoran el final que les aguarda en consecuencia. El espectador lo intuye, lo teme y se compadece. Temor y compasión son las emociones trágicas esenciales, decía Aristóteles. Las acciones de los protagonistas desatan el caos en donde reinaba el cosmos, orden establecido por los dioses. Y la mano de estos dispone las consecuencias, generalmente dolorosas, y restablece el equilibrio. Los personajes son habitualmente nobles, reyes, personas de alcurnia.
Los mecanismos de la tragedia fueron tomados luego, y adaptados a sus tiempos, por grandes dramaturgos de la historia, con Shakespeare a la cabeza. Marlowe, Racine, Corneille, Tenessee Williams, Arthur Miller, Camus y Eugene O’Neill pueden contarse, entre tantos, en ese registro. Además del teatro, esos mecanismos, una vez comprendidos, pueden advertirse en la vida cotidiana. Así, la palabra tragedia se aplica con ligereza a diferentes eventos y situaciones como terremotos, inundaciones y demás eventos naturales, como a hechos aleatorios, pero ninguno de estos lo es. Las tragedias se desatan por mano humana, aunque sus personajes maldigan al destino e incluyen una sucesión de vicisitudes inexorables.
¿La Argentina es protagonista de una tragedia continua, o de una secuela de ellas que se repiten invariablemente en el ciclo de cada gobierno? Los reiterados calvarios políticos, económicos y sociales que vivimos parecen responder a ese mecanismo. Personajes en el poder toman decisiones que desatan una sucesión de acontecimientos cuyo final es sabido y anunciado para cualquiera que los observe en perspectiva, pero que esos personajes, presos de la hubrys (soberbia), se empeñan en ignorar hasta que el caos se los lleva puestos (si bien no siempre los lleva presos). Dejan un tendal de víctimas y un escenario social, político y económico arrasado.
Sin embargo, cuando se repasan los actos de la hoy muda autonominada arquitecta egipcia, cuando un chofer escribiente (haciendo de coro griego) destapa la olla corrupta o cuando se ve al actual presidente bailando sin gracia una vez más, en tanto pide a la sociedad poliamor hacia Christine Lagarde, mientras huelgas y piquetes desquician la vida cotidiana del país, y la crisis social cava en lo más profundo, la conclusión es otra. Más que tragedia, Argentina parece el nombre de una ópera bufa. Este género nació hacia el siglo XVIII como alternativa a las versiones operísticas de las grandes tragedias. Presenta historias farsescas, con personajes burdos, lenguaje chabacano y situaciones risibles. Su fin es el de descomprimir los sentimientos trágicos inspirados por los clásicos, desde los tres grandes griegos en adelante. Solo que, en la Argentina, únicamente ríen algunos plateístas acomodados, mientras el resto de los presentes vuelve al temor y, en este caso, a la autocompasión. Hasta el próximo estreno.

*Escritor y periodista.


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