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COLUMNISTAS / la caida del brigadier fautario hace 34 aos
domingo 3 enero, 2010

La rebelión de la base de Morón que barrió con el último sostén de Isabel

El brigadier Jesús Orlando Capellini allanó el camino al poder de la futura dictadura militar cuando intentó derrocar el gobierno de Isabel Perón, el 18 de diciembre de 1975. No logró su cometido, pero consiguió desplazar al comandante de la Fuerza Aérea, el brigadier general Héctor Fautario, quien era el único que se oponía a los planes de Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera. Así, ya nada los pudo detener en su camino hacia la Casa Rosada.

por Redacción Perfil

El 18 de diciembre de 1975 se produjo el primer intento de golpe de Estado contra Isabel Perón. Quizá porque no logró su cometido de derrocarla, como sucedió el 24 de marzo de 1976, no se le reconoce la importancia que tuvo para la llegada de los militares al poder.
El pronunciamiento comandando por el brigadier Jesús Orlando Capellini ayudó a empujar al gobierno hacia un abismo al que su propia impericia ya lo conducía y provocó la remoción del brigadier general Héctor Fautario, el único de los tres jefes que aún le era leal a Isabel.

Los primeros planes. Lo que provocó la ira de Capellini y su gente fue la negativa del presidente provisional del Senado, Italo Luder, de sustituir a la presidenta, como le habían planteado los tres comandantes, Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Fautario en una reunión en su casa a principios de septiembre de 1975 en la que también participaron los ministros del Interior, Angel Robledo, y de Defensa, Tomás Vottero. Cuando Isabel reasumió el 16 de octubre, tras una licencia de casi un mes, el Ejército y la Marina empezaron a planear el golpe, pero el comandante de la Aeronáutica se negó a apoyarlos.
Según un oficial de la Fuerza Aérea muy cercano a Fautario, éste les dijo: “Saben que estoy en contra del golpe. Mientras sea comandante no lo vamos a hacer”. Así les dio la solución al problema que les había presentado: sacarlo del medio.
En una reunión en Campo de Mayo entre Videla, el general Roberto Viola y el vicealmirante Armando Lambruschini, Massera planteó que tenían que echarlo. Luego, le comunicó al brigadier Agosti lo que habían pensado. Si bien Capellini no formaba parte de su plan, su pronunciamiento les sirvió para sacarse de encima a Fautario.

Problemas personales. “La idea era que Luder se hiciera cargo. Si él lo hacía, el país se salvaba. Pero no quiso –resalta uno de los integrantes de la sublevación que pidió permanecer en el anonimato. Si me rebelo contra un proceso político y hay un hombre arriba mío que está a favor, es parte del conflicto. Era un escollo en el medio.” La rebelión debía llevarse a cabo a comienzos de diciembre en la VII Brigada Aérea de Morón, pero fue abortada unas horas antes por la llegada de un avión con civiles.
Los movimientos extraños alertaron a los jefes de la base, quienes transmitieron la información a la Comandancia el 15 de diciembre. Pero como carecían de pruebas concretas, nadie hizo nada. Fautario “tenía conocimiento del problema. Al comandante de Operaciones, le había dicho que le iban a sacar la brigada de Morón”, dice la fuente cercana al brigadier.
El grupo volvió a reunirse el 17 y decidieron intentar el golpe al día siguiente, cuando la Fuerza anunciara quiénes serían los que pasarían a retiro. Uno de ellos era Capellini.

El proceso en marcha. A las 7.30 del 18, los comodoros Luis Estrella, Agustín de la Vega, Edgardo Cáceres y Athos Gandolfi detuvieron en Aeroparque a Fautario y a los brigadieres Francisco Cabrera, Roberto Donato Bortot y Rubén Bonoris cuando intentaban viajar a Córdoba, y los llevaron a Morón. Fautario fue enviado al Taller Regional Quilmes, donde lo encerraron en una habitación sin custodia. Enterado de esto, Vottero se reunió con Viola y Massera, quienes le propusieron nombrar a Agosti como jefe de la Fuerza. Luego del encuentro, el ministro redactó el decreto de designación 3971 y se fue a Olivos para que lo firmara la presidenta.
A Fautario “se lo dejaba a merced de sus enemigos, que, va de suyo, eran los enemigos del gobierno. El nombramiento de Agosti constituía la zancadilla más repugnante con la que un ministro de Defensa podía hacer de su presidente la víctima final del desacierto –señala Julio González, secretario Técnico de la Presidencia en esos días, en su libro Isabel Perón, intimidades de un gobierno–. ‘Vottero es el ministro y sabe lo que hace’, me dijo Isabel al mismo tiempo que sin aceptar sugerencias de mi parte firmaba el nombramiento del hombre que la llevaría de la Casa de Gobierno a la cárcel”.
En su lugar de encierro, Fautario notó que nadie lo custodiaba y salió en busca de ayuda. Un mayor lo auxilió y lo trasladó en auto hasta el edificio Cóndor, donde llegó cerca del mediodía. Su presencia sorprendió al propio Vottero, quien se había acercado para el nombramiento de Agosti. El brigadier general lo increpó por lo que estaba haciendo y le dijo que le iban a dar un golpe de Estado. Luego, partió hacia Olivos para intentar hablar con la presidenta.
Isabel Perón no lo quiso recibir. Decepcionado, le envió a través de uno de los edecanes el mismo mensaje que le había enrostrado al ministro.

La rebelión continúa. En su ceguera, el gobierno pensaba que la salida de Fautario iba a terminar con el pronunciamiento porque creía que se trataba de una disputa interna de la Fuerza.
“Un conflicto institucional, relativo a la conducción del arma aérea, ha sido aprovechado por un reducido grupo de oficiales retirados y civiles para convertirlo en un conato subversivo, que no encontró eco ni en las Fuerzas Armadas ni en el pueblo”, afirmó Robledo en cadena nacional.
Sólo los salvó la decisión de Videla de no plegarse ya que creía que aún no era el momento para el golpe. “La crisis planteada en el seno de la Fuerza Aérea se proyecta al plano institucional y al plano nacional. En cuanto al primero, el Ejército es prescindente, por cuanto entiende que debe resolverse dentro de aquella institución. En lo que respecta al plano nacional, el suscripto no comparte la solución propuesta”, sentenció en un comunicado. Pero Capellini resistía. El gobierno intentó negociar. “Enviaron a [el diputado Carlos] Palacio Deheza a ofrecerle el Ministerio de Defensa y que nombrara a los comandantes en jefe. Si aceptaba se convertía en miembro del gabinete y ya no podría hacer nada”, afirma el oficial que participó de la revuelta. La rebelión duró hasta el 22 de diciembre e incluyó el bombardeo de la VII Brigada con aviones de la Fuerza Aérea. Sólo la mediación del vicario castrense, Adolfo Tortolo, consiguió que se rindieran.
Días más tarde, un tribunal militar condenó a Capellini a dos meses de arresto en una unidad de la Aeronáutica. Pero la nueva conducción lo ascendió y lo designó titular de la Escuela de Aviación.


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