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CULTURA / Entrevista con Lucia Puenzo
martes 8 mayo, 2007

Volverán las blancas palomitas

La guionista y escritora acaba de publicar su tercera novela, “ La maldición de Jacinta Pichimahuida ”, poco antes del estreno de “ XXY ”, largometraje en el que debuta como directora. Lejos de la ironía pop, la novela cuenta la historia de los personajes que participaron del célebre programa infantil “ Señorita maestra ”, las frustraciones y los objetivos de aquellas infantiles promesas devenidas en profunda decepción.

por Redacción Perfil

"La gran cantidad de programas de chimentos le quitaron lugar a cualquier programa cultural y poltico". Foto: Pablo Senarega
martes 8 mayo, 2007

" Crecer es dejar de ser una promesa”, comprende Pepino, protagonista de La maldición de Jacinta Pichimahuida , última novela de la guionista y escritora Lucía Puenzo. La historia, diseñada a partir de testimonios de ex estrellas del mítico programa Señorita maestra y personajes gestados para la ficción, tiene mucho de drama, vértigo narrativo y humor sutil. El lector agradece que su autora haya medido las consecuencias de dejarse tentar por el extremo latente en algunas de las situaciones planteadas. Puenzo describe a sus personajes –algunos patéticos, otros freaks– sin caer en la burla, el cinismo o el humor fácil. El resultado es una sucesión de escenas narradas sin ironía pop y personajes verosímiles que, en los momentos más altos, alcanzan un peso de verdad. “ A mí siempre me gustó eso –afirma–, caminar en la cornisa entre el humor y el drama. Me gusta mucho, por ejemplo, el cine de Todd Solondz o de Cassavetes, o incluso cierta literatura de Puig, cosas que contienen, en una situación muy dramática, ciertos rastros de humor o viceversa, una comedia que tiene mucha oscuridad.”

El escenario elegido es representativo: las reglas de conducta, los valores y estilo de vida de los niños-profesionales pueden verse en cualquier sala de espera de los castings actuales, desde los televisivos hasta los publicitarios. Y también, en el comportamiento de adultos y niños frente a las celebridades mediáticas.

Fue el primer programa de TV con tanta inversión –cuenta Puenzo–, las calles estaban empapeladas con la promesa de que Señorita maestra iba a poner a la escuela pública en otro lugar. Cirilo, Siracusa o Etelvina, con los que me reuní, eran como pequeñas estrellas de rock. A la salida del último programa, transmitido en pantallas gigantes sobre la calle, les arrancaban la ropa y los escupían; el amor era tan fuerte como el odio que generaban. Después de eso –salvo dos o tres casos– bajaron del nivel de popularidad a un olvido absoluto. Eso podría ser algo normal si no hubiera sido porque tenían padres que los forzaban a intentar conseguir un lugar en programas que no se lo daban.”

—¿Cuál fue el disparador de la novela?
—Fue una excusa para hablar de otros temas que me interesan. Hay dos cosas que me asustan. Una es la televisión argentina hoy, y la otra cosa relacionada es que muchas veces se devora a los más débiles, en el caso de Señorita maestra, a los chicos. Leí hace unos días que sin pantalla no hay protesta y me acordaba de que muchos reclamos sociales hoy parecen no tener validez si no están absorbidos por el espectáculo, y en un punto esto tiene mucho que ver. La pregunta es si las vidas que no están televisadas tienen un sentido. Eso empezó a aparecer reiteradamente cada vez que me entrevistaba con uno de estos chicos. Ellos tardaron décadas en darse cuenta de que, por no haberse convertido en actores consagrados, no habían tenido una vida frustrada, que haber quedado fuera de ese éxito tan bestial que tuvieron, que fue seguido por un olvido igual de bestial, no significaba que sus vidas hubieran sido un fracaso. Eso me interesaba desde hacía rato, ver lo que puede pasarle a un nene de siete años que en realidad está viviendo la proyección de frustraciones de sus papás; que viven un deseo que no es el suyo. Así que el libro era una excusa para meterme con eso y con la televisión; todos los que están encargados de generar contenidos parece que tuvieran la misión de lobotomizar los cerebros de los espectadores.
Si en la novela las reflexiones firmes tardan en aparecer, cuando habla, Puenzo no duda al decir que la televisión es “carroñera”.

—¿Por qué no estaría bien que la TV se encargue de entretener?
—Hay que ver qué tipo de entretenimiento propone. Hoy es aquel que se retroalimenta con los mismos chismes que genera la propia televisión. Es demasiado autorreferencial, en ese sentido digo que es carroñera. La gran cantidad de programas de chimentos le quitaron lugar a cualquier programa cultural y político. Van ganando territorio, y son programas que simplemente hablan de lo que otros programas emiten para volver a emitirlo una vez más. Y pensar que del otro lado hay millones de espectadores que empiezan a consumir diez horas por día ese mismo discurso que se retroalimenta es algo muy empobrecedor; y creo que es algo que va in crescendo. Todos los días aparece un nuevo programa de chimentos, no una buena ficción, ni un programa de literatura o político.

—Alguna vez dijiste que lo atractivo de escribir guiones para televisión es poder ver tus historias plasmadas en la pantalla en poco tiempo. ¿Qué pasa cuando escribís una novela?
—En general, el proceso de escritura de mis novelas es mucho más minucioso y lento. Quizá trabajo diez horas y logro escribir dos páginas. Es como estar más sumergida en el universo del detalle y es estimulante no tener más presiones como en el cine, en el que trabajo mucho más con una estructura dramática y con un andamiaje más sólido desde un primer momento. En La maldición... no tuve un plan ni sabía hacia dónde iba la historia. 


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