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DEPORTES / Perfil de un lider nato
miércoles 13 junio, 2007

Mandón, puteador y carismático como él solo

Así era “Pipo” Rossi, un verdadero patrón de la mitad de la cancha y respetado por propios y extraños como casi ningún otro jugador en la historia del fútbol mundial.

por Redacción Perfil

default Foto: Cedoc

En un país tan futbolero como la Argentina, donde como habitualmente se dice conviven “30 millones de técnicos”, es difícil encontrar unanimidades en torno a quién fue el mejor jugador de la historia en determinado puesto. Sin embargo, cuando se habla de los grandes volantes centrales de todos los tiempos, nunca es necesario “tironear” demasiado de la memoria para que el nombre de Néstor Rossi se ubique rápidamente a la cabeza de la lista.

Pocos jugadores, efectivamente, lograron conjugar a lo largo de más de cien años de fútbol argentino las condiciones por las que el “Gritón” (uno de los tantos apodos que llegó a tener en su carrera) es considerado por todos los hinchas que peinan canas el más grande exponente de una vieja estirpe en extinción: la de los “números cincos” caudillos, mandones, capaces de convertirse en ejes de sus equipos por juego y despliegue pero también por autoridad sobre compañeros, rivales y hasta árbitros.

Para imponerse como lo hacía ante cualquiera, Rossi contaba con una gran presencia física, por la que, en un caso totalmente novedoso para su época, llegó a ser modelo de una casa de ropa en Colombia. Pero aquello que realmente lo distinguía y hacía de él un verdadero "cacique" era su temperamento. Ese que derrochaba generosamente en su juego a la hora de trabar fuerte y ganar la mitad de la cancha, a veces con demasiada vehemencia como certifican sus múltiples expulsiones.  

Claro que esa personalidad avasallante no se agotaba en lo que hacía con los pies, sino que además quedaba configurada por gritos, ademanes, quejas y un tono de voz característico como pocos: gutural, casi cavernoso, pero sobre todo fuerte y hasta autoritario por momentos.

Todos estos atributos le permitieron ser temido y respetado por propios y extraños a un nivel que tal vez ningún otro jugador alcanzó en la historia salvo el uruguayo Obdulio Varela, y que acaso llegó a su cenit en aquel Sudamericano de Lima de 1957 en el que, ya veterano y “de vuelta” de mil batallas, fue capitán, figura y "jefe" absoluto dentro del campo de juego de aquel equipo de “carasucias” como Maschio, Angelillo y Sívori.

Aquel fue, también, el torneo que permitió a Rossi conseguir uno de los apodos que lo acompañaron para siempre: “La Voz de América”. Porque allí, en las canchas limeñas, el viejo “Pipo” supo sacar a relucir como nunca -o como siempre- esa capacidad para gritarles a sus compañeros de un modo que realmente asustaba a más de uno, y que sumada a su fuerte personalidad lo convirtieron rápidamente en líder carismático de todos los equipos que integró.

Y es que, más allá de esa personalidad que tenía, históricamente más emparentada con Boca que con River, Rossi era un exquisito a la hora de distribuir la pelota, capaz de colocar un pase “como con un guante” desde 40 metros de distancia o más. En definitiva, un típico producto de aquellas inferiores “millonarias” que, en su época, se cansaban de sacar jugadores con esa impronta que, para el momento en que él apareció en la primera del club en 1945, ya era todo un sello distintivo de los de banda.

Por eso, “Pipo” no soportaba que la pelota no llegara justa, medida, mansita para una circulación prolija y vistosa como la que, a modo de mandato sagrado, él había aprendido a respetar al lado de cracks como Moreno, Pedernera y otros que hacían del toque una religión. Y por eso, cuando sus compañeros no mostraban ese mismo respeto llegaba inmediato ese grito quejoso, de vozarrón áspero y bien “futbolero”, pero también paternal y motivador como pocos cuando hacía falta “empujar” a alguno que flaqueaba en plena lucha.

Esa voz tan particular y esa “calle” que también lo distinguía a la hora de dar retos e indicaciones, en los que no faltaban insultos y groserías varias para hacer el grito aún más estentóreo, lo convirtieron casi inevitablemente en una usina inagotable de anécdotas, especialmente durante su larga trayectoria como técnico. Como por ejemplo cuando, allá por 1959, siendo DT y jugador a la vez del Huracán de su Parque Patricios natal, se dirigió al delantero Norberto Conde, a quien él había hecho contratar, y tras mirarlo fijo le espetó: "Beto... a vos te llamaban El goloso del área... ¿qué te pasa acá en Huracán?... ¿te agarró la diabetes?".


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