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sábado 29 diciembre, 2007

El regreso que faltaba

La principal fuerza de oposición política en Argentina no está al mando de Elisa Carrió ni de Mauricio Macri. Por ahora está desarticulada y ha desensillado hasta que aclare, tal como recomendaba el General. Pero tiene muchos cuadros y experimentados ex altos funcionarios entre sus filas.

por Redacción Perfil

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sábado 29 diciembre, 2007

La principal fuerza de oposición política en Argentina no está al mando de Elisa Carrió ni de Mauricio Macri. Por ahora está desarticulada y ha desensillado hasta que aclare, tal como recomendaba el General. Pero tiene muchos cuadros y experimentados ex altos funcionarios entre sus filas. Cuenta con un interesante despliegue territorial en varias provincias y –como pertenece al peronismo– en su ADN aparece el mismo olfato y la misma actitud hacia el poder que tienen los tiburones con la sangre. Esa agrupación crece todos los días en su poder de convocatoria y podríamos bautizarla AEAK. Las siglas suenan ilusoriamente como una línea interna del partido de Vladimir Putin. Y la letra K confunde. En realidad AEAK significa Asociación de Ex Amigos de Kirchner. Todos los días suma un nuevo militante. Su logotipo podría ser una ambulancia que regularmente recoge los heridos que deja en su trepada permanente el estilo de conducción de los Kirchner, concentrado y verticalista, intolerante con la mínima disidencia y –en algunos casos– maltratador y desagradecido.
Cuando se piensa en el líder natural de AEAK todos miran a Eduardo Duhalde, que reapareció con todas las letras hace algunas horas en el escenario público. El ex presidente, gobernador, senador e intendente exhibió una agenda muy intensa de actividades en un espacio que hace mucho tiempo bautizó como Movimiento Productivo Argentino, y que ha sido el motor principal del cambio de paradigma económico que sucedió a Domingo Cavallo y que podría encarnarse en el olvidado Jorge Remes Lenicov y en Roberto Lavagna. Vale recordar que el MPA también fue el refugio donde Duhalde esperó pacientemente su momento para llegar al sillón de Rivadavia mientras De la Rúa implosionaba al país y se escapaba en helicóptero por los techos de la Casa Rosada.
Duhalde prometió que se iba a poner a trabajar para descongelar y revitalizar el Partido Justicialista apenas asumiera Cristina y ya dio el primer paso, aunque él se resiste a que el gesto sea leído de esta manera. Pero lo hizo. Y casualmente, mientras Kirchner estaba ocupando la tapa de los diarios de toda la región rumbo a la selva colombiana para ser garante de un gesto humanitario y de paso extirpar del debate nacional el tema de la valija negra cargada de verdes. De todas maneras, Duhalde fue muy cauto, como buen jugador de ajedrez. Ni siquiera a sus afectos políticos más cercanos como su esposa Chiche o su mano derecha intelectual Luis Verdi les dijo que está dispuesto a enfrentar a Néstor Kirchner en una elección interna o que se va a convertir en una suerte de juez mediático del Gobierno. Se niega a tirar piedras, a ser pájaro de mal agüero y a chocar de frente contra el matrimonio con más poder político de la historia desde Perón y Evita. Duhalde además sabe el poder de daño que tienen el aparato y la billetera. El supo construir una fortaleza en Buenos Aires con esos atributos y no quiere probar de su propia medicina. El chiste fácil podría decir que pese a sus condiciones, Duhalde no está dispuesto –por ahora– a “encabezar” la corriente AEAK. Sin embargo, nunca lo descartará del todo. Duhalde fue partero de la historia grande de Kirchner. Fue su mentor. Ninguno de los dos se irá a un café literario, aunque hoy uno está en las catacumbas y otro en la cima.
La historia de la política –y mucho más del peronismo– puede leerse tranquilamente como una sucesión de traiciones o de asesinatos del padre en lo psicológico. En los últimos años Duhalde traicionó a Menem, y Kirchner traicionó a Duhalde. Por eso la gran pregunta es: ¿quién va a traicionar a Kirchner para convertirse en el nuevo jefe? Todavía falta mucho tiempo. Pero el que reúne todos los requisitos es Daniel Scioli. El gobernador aún tiene que mostrar que puede cabalgar con eficiencia ese potro desbocado y lleno de problemas que es su distrito. Le sobra imagen positiva y química con la gente sencilla del pueblo. Le falta demostrar y demostrarse que tiene las espaldas anchas y los cojones lo suficientemente puestos para pilotear situaciones de emergencia, y no quedar atrapado entre el fuego de los intendentes que lo quieren a él más que a Kirchner y el festival de obras públicas y subsidios con los que siempre seduce el poder nacional. Scioli ya confirmó que todo lo que no lo mata lo fortalece. Su terrible accidente en 1989 fue su nacimiento a la vida pública. Traicionó a todos y nunca rompió el diálogo con ninguno. De esa tensión permanente de besos y cachetadas simultáneas entre Scioli y los Kirchner depende mucho del poder que viene en la Argentina. Scioli da para todo. Podría ser la figura pública electoral del post kirchnerismo o de la continuidad del kirchnerismo. Ya demostró flexibilidad suficiente. Por ahora es un probable miembro de AEAK. Jamás reconocería públicamente que se siente un ex amigo de Kirchner pero todos saben que es así. Se desconfían mutuamente desde el comienzo y sus historias casi no se tocan. Mientras, Cristina espera impaciente una declaración antiimperialista del gobernador por el caso Antonini y Daniel sigue esperando igualmente ansioso que le abran la chequera.
Además del conductor estratégico –Duhalde– y su probable candidato –Scioli–, la Asociación de Ex Amigos de Kirchner tiene en su realidad virtual ex ministros como Roberto Lavagna, Gustavo Béliz y Horacio Rosatti. Todos se fueron alertando con mayor o menor fuerza sobre la corrupción en algunas áreas de gobierno. Sergio Acevedo es también una figura clave de esa potencial primera fuerza opositora. Porque es del mismo distrito en el que nació todo y porque fue uno de los dirigentes de mayor confianza de Kirchner. Igual que Rafael Flores o Eduardo Arnold, aunque con valores distintos. Entre otros casos están los del sanjuanino Gerardo Conte Grand, el mendocino Arturo Lafalla y el tucumano Ricardo Falú, entre otros, que tomaron distintos caminos pero todos podrían llevarlos a la AEAK.
Hay un subgrupo integrado por Rafael Bielsa, Felipe Solá y tal vez Ginés González García, que hacen equilibrio con un pie en cada lado de la trinchera. Siguen fieles, o muy fieles a Kirchner en algunos casos, en forma inexplicable porque sólo reciben anchoas en el desierto. Fueron figuras que aportaron mucho al proyecto K y ninguno fue reconocido. Bielsa en sus candidaturas con derrotas casi cantadas, Solá como punta de lanza contra el duhaldismo y dejando su casi segura reelección y Ginés como combatiente progre sin ser progre contra la Iglesia sacrificaron sus carreras en el fuego kirchnerista.
La lista crece todos los días con los dirigentes que Kirchner tira por la ventana.
La principal oposición, la que realmente se puede convertir en una alternativa de gobierno seria que equilibre y fortalezca el sistema representativo está en ciernes. Por ahora nada indica que vaya a tener la impronta de Carrió ni de Macri. Hay una fuerza virtual y en ebullición permanente que bautizamos Asociación de Ex Amigos de Kirchner. Nada certifica su existencia real. Pero nadie puede ignorarla desde que Duhalde volvió a las grande ligas y desde que peronismo y poder son sinónimos en la Argentina.


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