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COLUMNISTAS / Danzas
sábado 3 mayo, 2008

La verdad del arte

Los organizadores del IV Encuentro de Escritores Latinoamericanos que se desarrolló en la ciudad de México entre el 24 y el 26 de abril incluyeron en la programación dos espectáculos artísticos.

por Redacción Perfil

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sábado 3 mayo, 2008

Los organizadores del IV Encuentro de Escritores Latinoamericanos que se desarrolló en la ciudad de México entre el 24 y el 26 de abril incluyeron en la programación dos espectáculos artísticos.
El Circo Raus propuso la “instalaformance” (sic) Tiro a blanco, con música encantatoria y una puesta basada en el movimiento azaroso de unos diez personajes alrededor de uno de los patios del ex convento de San Jerónimo y en sus galerías superiores. Durante el show, los espectadores éramos conminados a movernos a través del espacio y, al mismo tiempo, se nos prohibía pisar unos caminitos de tela que atravesaban el patio. Como era difícil hacer una cosa y no la otra, fuimos conducidos de la mano por los mismos partiquinos que, disimulados entre el público, susurraban cada tanto en nuestros oídos frases poéticas tomadas, probablemente, del repertorio de Octavio Paz, a quien se homenajeaba.
El resultado no habría desentonado en cualquier festival de teatro, incluido el de Buenos Aires, y era de un gran desasosiego porque no se entendía nada y se apelaba a la peor de las complicidades, la autonomía del arte y sus universales: la lentitud de los movimientos, la duración, el engolamiento, el sentido opaco, la autocomplacencia, el vanguardismo repetido hasta la náusea.
Al día siguiente, los alumnos de la Escuela Nacional de Danzas Folclóricas ofreció en el mismo espacio una muestra de danzas aztecas. Cosa menos “artística” no podría imaginarse, desde los trajes de gala, casi una comparsa carnavalesca, hasta el previsible hundimiento de la percepción en el más hondo tradicionalismo. Y sin embargo...
Hubo más emoción y más riesgo en la performance de las estudiantes de danza (mujeres, en un 99%) que en la del Circo Raus, y en pocos minutos lo que hacían, a través de sus saltos y sus gritos y la monotonía de los tambores, suspendió el tiempo y nos retrotrajo a un mundo cruel donde la danza, la cacería y el sacrificio formaban parte del mismo ritual.
Contra el circo del arte, la escuela de danza ofrecía un arte menor que no encerraba el sentido, sino que lo liberaba en flujos de energía que nos atravesaban y nos daban miedo.


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