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COLUMNISTAS /
sábado 19 julio, 2008

La Confederación Argentina

El 19 de octubre de 2006 fui invitado a participar, supongo que en mi calidad de sobreviviente, de la mesa redonda “Argentina: cinco años después de la crisis” que organizaba en el Iberoamerikanisches Institut de Berlín, un grupo de intelectuales alemanes de izquierda. Se presentaba, además, el número 51 de la revista kultuRRevolution, dirigida por Jürgen Link, dedicado a la “(post) crisis argentina: símbolos y mitos”.

por Redacción Perfil

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El 19 de octubre de 2006 fui invitado a participar, supongo que en mi calidad de sobreviviente, de la mesa redonda “Argentina: cinco años después de la crisis” que organizaba en el Iberoamerikanisches Institut de Berlín, un grupo de intelectuales alemanes de izquierda. Se presentaba, además, el número 51 de la revista kultuRRevolution, dirigida por Jürgen Link, dedicado a la “(post) crisis argentina: símbolos y mitos”.

Al principio no me pareció que mi presencia allí tuviera otro valor que el meramente decorativo, hasta que mis rudimentos de lengua alemana me permitieron comprender que, en la perspectiva de los convocantes, los argentinos nos habíamos entregado a una algarabía irresponsable y habíamos desperdiciado una oportunidad histórica de transformación política y social, lo que quedaba probado por la gestión presidencial de Néstor Kirchner. Contra todo pronóstico, pedí la palabra para corregir esa impresión, a mi juicio equivocada, y defendí la delicadísima gestión gubernamental, que tuvo que sacar al país del precipicio de literal descomposición al que se había arrojado. Recordé que el Estado nacional había desaparecido (cada provincia emitía su propia moneda) y que, en esas condiciones, cualquier hipótesis de transformación política y social hubiera agregado fuego al incendio. Recordé también la iniciativa que por entonces llevó adelante un grupo de intelectuales (a la cabeza de los cuales estaban Beatriz Sarlo, José Miguel Onaindia y Gabriela Massuh) para reclamar una reforma constitucional que modificara el sistema de gobierno nacional y su relación con las provincias, y que, pese a contar con la simpatía de miles de adherentes, no consiguió prosperar: tantas eran las urgencias con las que había que enfrentarse. Y también recordé al atónito auditorio el delicadísimo objeto que había que tener en cuenta en el análisis de la crisis y su resolución, en relación con el cual, creo, no hay graduados de Heidelberg ni Marburg ni Humboldt que puedan aportar sistema de categorización alguno: la interna peronista.

No me arrepiento de esa intervención seguramente dominada por la melancolía, aunque seguramente quienes me habían invitado no esperaban de mí semejante insulto a la hospitalidad. Sigo pensando que la política argentina es un objeto delicado y de difícil comprensión para la mayoría de sus comentaristas que, en el mejor de los casos (me refiero a los análisis de izquierda), se apoyan en los restos de dialéctica marxiana y en el análisis clasista, en un país donde lo territorial (lo estamos comprobando en este año aciago: bisiesto y par) no ha perdido un ápice de su importancia, y donde la modernidad está extremadamente mal distribuida, precisamente porque la Constitución Nacional, hoy tan amenazada, si no la impide, tampoco promueve tal distribución.

Tampoco ayuda la interna peronista, que ya una vez nos arrastró a todos a una espiral de violencia que terminó en genocidio, lo que demuestra la fragilidad del sistema de partidos en un país en el que, pareciera, sólo uno de ellos es el que ha demostrado ser capaz de gestionar políticamente nuestros destinos.

Tal vez ha llegado la hora de volver a pedir una reforma constitucional que examine y resuelva esos obstáculos para la felicidad de los pueblos: el centralismo, el presidencialismo, el unipartidismo solapado.

Lo que es seguro es que en el enunciado “post crisis argentina”, el prefijo “post” no debe aparecer ya ni siquiera entre paréntesis, sino tachado: seguimos navegando las mismas procelosas aguas de 2001.


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