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COLUMNISTAS / recuerdos
sábado 27 septiembre, 2008

Autobiografía de los otros

Daniel Link acaba de publicar una sencilla proeza literaria: La mafia rusa. ¿Dije “literaria”? Mmm. En estos relatos (porque lo son, ¿no?) la primera persona (un presunto autor, un Daniel Link) no se mantiene del todo estable. Es improbable que a esa misma primera persona se le puedan adjudicar todos los predicados que recoge el libro. O, en todo caso, la noción de “persona”, como la de “identidad”, ya les quedan chicas a las personas reales.

por Redacción Perfil

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Daniel Link acaba de publicar una sencilla proeza literaria: La mafia rusa. ¿Dije “literaria”? Mmm. En estos relatos (porque lo son, ¿no?) la primera persona (un presunto autor, un Daniel Link) no se mantiene del todo estable. Es improbable que a esa misma primera persona se le puedan adjudicar todos los predicados que recoge el libro. O, en todo caso, la noción de “persona”, como la de “identidad”, ya les quedan chicas a las personas reales. Las personas no somos personajes. Y ésta es una literatura con personas. Si es crónica o si es literatura –tema acuciante de la solapa del libro– poco importa, como en el Popol Vuh, o en la inmensa cultura pop.

Link (y me pasa también con el teatro de Federico León) parece saber algo de mi infancia que yo mismo tengo olvidado. ¿Cómo no sentirme incluido en el relato Yo fui pobre? Comparto con Link la alegría de poder enunciar la frase en pasado, pretendiendo así superar el trauma más horrendo en el capitalismo (ser pobre es el peor de los garrones), y al mismo tiempo sé que el recuerdo nostálgico de ese estado del alma me acompañará siempre. Y será mi leña. Quien ha sido pobre de niño (y está comprobado que tal cosa ocurre a la gran mayoría argentina) queda empetrolado para siempre de ese anhelo en el alma que lo lleva a tener una vida adulta de muy curiosa relación con el trabajo y el dinero. Y con las crisis. Leo como continuidad natural de este libro las declaraciones de Lula sobre la crisis yanqui, y me sonrío: ¡qué cosa que un banco que siempre le ha dicho al Brasil lo que tenía que hacer termine en la ruina más espantosa!

Este mismo niño del relato es luego inmigrante en Alemania (escapando de una implacable Catamarca), indaga con famélica curiosidad quién raya los vidrios de los trenes de Berlín (y para quién), superpone el mapa de Moreno al de Ostkreuz (yo lo intenté con el de Merlo), hace de la pereza estructural el nudo evidente de todo problema literario, vende sánguches de milanesa en la puerta de la Deutsche Oper (¿en serio, Link?) y expande, por generoso, el arte de la literatura.

Sí, Link. Creo que también fui pobre. Y sospecho que de eso no se sale nunca. ¿Para qué, además?


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