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COLUMNISTAS / vivencias
sábado 7 febrero, 2009

Firmenich, Mazure y los judíos

Sergio Burstein, militante de DD.HH., exigió al gobierno que “actúe y termine con esta ola de antisemitismo”. La exigencia no sólo supone entre las atribuciones del poder temporal la de modificar aspectos distintivos de la nacionalidad sino que el antisemitismo en la Argentina sea un fenómeno tan pasajero como una onda marina.

por Redacción Perfil

default Foto: Cedoc
sábado 7 febrero, 2009

Sergio Burstein, militante de DD.HH., exigió al gobierno que “actúe y termine con esta ola de antisemitismo”. La exigencia no sólo supone entre las atribuciones del poder temporal la de modificar aspectos distintivos de la nacionalidad sino que el antisemitismo en la Argentina sea un fenómeno tan pasajero como una onda marina.

Uno de los primeros recuerdos que tengo del fascismo tiene su génesis en la Ley de Prescindibilidad del gobierno peronista en 1974. La ley tenía como objeto depurar al personal de la administración pública entre los que se encontraba, entre muchos, mi madre. Su apellido, muy judío, le valió el despido. Algunos años antes, dos compañeritos de segundo grado me increpaban buscando saber por qué nosotros habíamos matado a Cristo. Lo de nosotros me produjo un cierto desasosiego que el gordo Pérez y Pavolvski (con “i” polaca, no con “y” de judío, como solía decir cuando pasaban lista) se encargaron de aplacar con soberana tunda. Como era de esperar, el incidente acabó en el despacho del director que, tras escuchar los argumentos, me preguntó si acaso era cierto. Por un instante dudé: ¿el director quería saber si los judíos habían matado a Cristo o si era cierto que Pavlovski con i”polaca y el gordo Pérez se habían ensañado conmigo? Difícil saberlo. Hubo silencio y finalmente el director irrumpió: ¿Desde cuándo es usted judío Montes-Bradley? En aquella ocasión y en labios de un Pavlovski con i polaca, descubrí que todo hijo de mujer judía es judío hasta nuevo aviso y que el nosotros resulta inapelable ante las denuncias del párroco de la Iglesia del Socorro donde se nutrían ideológicamente mis compañeritos de grado. Alguna vez, Ana M. Shua me manifestó no haberse sentido jamás discriminada por ser judía en Argentina. Me costó creerle, todavía me cuesta.

Años más tarde, ya grandecito, regreso del exilio setentista para encontrarme con que el antisemitismo era moneda corriente entre la militancia llamada revolucionaria. Recuerdo, particularmente, una reunión en las oficinas de Liliana Mazure en la que estaba presente Firmenich, recientemente liberado gracias a la ley de amnistía del gobierno peronista de Menem. Por entonces, Firmenich decía ser objeto de un complot de la MOSAD que buscaba aniquilar las reservas morales con las que el pueblo palestino contaba entre los militantes del peronismo revolucionario. El encuentro fue bizarro, Mazure asentía como hipnotizada por las revelaciones del líder. Hoy Mazure ocupa el cargo de directora del INCAA donde los crucifijos y vírgenes se multiplican como peces al grito de ¡Viva Jauretche! y ¡La vida por Nerón! Las instituciones se parecen cada vez más a las unidades básicas. Con el tiempo supe que lo que para mí era una novedad, no lo era. Ismael Viñas afirma que Rodolfo Walsh y Piri Lugones también eran antisemitas y a la memoria vuelven las reaccionarias declaraciones de Hebe de Bonafini sobre el particular. Para el fundador de Contorno, el antisionismo de la izquierda latinoamericana oculta un profundo sentimiento antisemita que se nutre del pensamiento nazi-fascista de principios de siglo. El reciente atentado contra la sinagoga de Caracas pareciera apuntar en ese sentido, las marchas contra la embajada y los escraches también.

Con el tiempo aprendí a convivir con el sentimiento antisemita de colaboradores, adjuntos, familiares e incluso de amigos y colegas en el mundillo del cine documental. Era un antisemitismo folclórico, no parecía peligroso. Se me ocurre que llegó el momento de dejar la tolerancia de lado. Un antisemita es un antisemita aunque se disfrace de antisionista para recibir un premio en el Festival de Cine Internacional de La Habana.

Por lo anterior, me permito dudar de las advertencias de Burstein: no creo que esto que estamos viviendo se trate de una ola, las olas pasan. Argentina vuelve –con el peronismo– a revivir la experiencia del antisemitismo tan profundamente arraigado en su voluntad. Que Buenos Aires se haya convertido en caja de resonancia de los acontecimientos en Gaza, es una manifestación ocasional de esa enfermedad que, como la psoriasis, cada tanto erupciona convirtiéndonos en monstruos frente al espejo.


*Cineasta y periodista.


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