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sábado 25 abril, 2009

La invención política

He leído muchos comentarios (la mayoría de ellos, en contra) sobre esa estrategia electoralista masivamente llamada “las candidaturas testimoniales” (con independencia del punto de vista que se sostenga). La mayoría de los comentadores se preguntan por las razones que se esconderían detrás. Se trataría, según algunos, de meras candidaturas fantasmas o mediáticas (porque se recurre a las mediciones de audiencia para determinar a los candidatos más potables para encabezar las diferentes listas de cargos en competencia, con independencia del lugar que actualmente esos candidatos tienen en la actual estructura de poder).

por Redacción Perfil

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sábado 25 abril, 2009

He leído muchos comentarios (la mayoría de ellos, en contra) sobre esa estrategia electoralista masivamente llamada “las candidaturas testimoniales” (con independencia del punto de vista que se sostenga). La mayoría de los comentadores se preguntan por las razones que se esconderían detrás. Se trataría, según algunos, de meras candidaturas fantasmas o mediáticas (porque se recurre a las mediciones de audiencia para determinar a los candidatos más potables para encabezar las diferentes listas de cargos en competencia, con independencia del lugar que actualmente esos candidatos tienen en la actual estructura de poder).
¿Por qué no llamarlas, entonces, “las candidaturas mediáticas” o “las candidaturas fantasmas”? Evidentemente, porque lo testimonial tiene mejor prensa que lo mediático (esa lacra) y lo fantasmático (ese miedo). Pero no me imagino a los asesores de los poderosos realizando estudios de semántica para determinar las connotaciones de las palabras que lanzarán al ruedo político. De algún lado, pienso, deben de haber sacado la formulación (tal vez del baratillo de la mercadotecnia y los estudios de opinión a los que esa gente es tan afecta).
Los buscadores de Internet arrojan resultados desalentadores. En castellano, todas las buscas conducen al debate argentino. En francés, sucede lo mismo. En inglés, la locución aparece siempre entre comillas: “testimonial candidacies”, escribe el Herald (refiriéndose al escenario local) y lo mismo sucede en un documento sobre nuestra triste patria, donde incluso se agrega un so-called (“así llamadas”, que connota una natural repugnancia a manipular un aborto conceptual semejante).
Hay una excepción: un artículo sin firma publicado por el International Herald Tribune (del New York Times) el 18 de abril de 2007, se refiere a la campaña electoral en Francia de entonces. “¡Bingo!”, pienso (y pienso en la francofilia que nos caracteriza, pienso en Roland Barthes, Proust, Montesquieu, Pascal, Descartes). Leo el artículo, que comienza con un prometedor: “¡Qué extraña campaña! Los franceses están apasionadamente interesados por la carrera presidencial y completamente confundidos sobre ella. ¿Podría ser porque por primera vez no hay allí ningún presidente o primer ministro saliente para simplificar sus opciones?”. Podría ser, pienso, que “las candidaturas testimoniales” lo sean porque la elección que se nos avecina no es percibida (ni para quienes detentan el poder ni para quienes lo pretenden) como una elección intermedia, sino de final de gestión. Extraña sensación, extraña pena, extraña falta.
Pero el artículo marcha después en otra dirección, analizando el espectro de candidatos (Nicolas Sarkozy, entre ellos). Nueva pregunta: “¿Podría ser que la ideología ya no sea más un factor determinante?”. Podría ser, pienso, que “las candidaturas testimoniales” lo sean porque quienes detentan el poder temen que aquellos que los acompañaron alguna vez, de pronto, pasen a formar parte de otra (nueva o no) fuerza política. Extraños movimientos, extraños terrores, extraños umbrales.
Sigo leyendo: el analista anónimo razona que de los doces candidatos que compiten en la primera ronda, tres se declaran herederos de Leon Trotsky y cinco denuncian la economía de mercado. Aunque ninguno de ellos tenga chance alguna, “such ‘testimonial’ candidacies son parte de nuestro folclore y nuestras tradiciones políticas”.
De modo que la expresión tendría un único antecedente en otro contexto, con un sentido mucho más preciso: semejantes candidaturas “testimoniales” lo son porque funcionan sólo como testimonio de una herencia o de una posición sin rédito. No creo que los asesores de quienes actualmente detentan el poder en Argentina (y en sus ciudades) quieran recuperar ese sentido, porque eso equivaldría a reconocerse derrotados, meros portaestandartes de una idea romántica y, si así fuera, sabríamos cuál es esa idea o cuál la herencia que se pretende reivindicar testimonialmente (y no es el caso).
Debe de tratarse de otra cosa: es la invención política. Ya me imagino a los leguleyos de Harvard examinando la noción, poniéndola en contexto histórico, analizando sus implicaciones. La ensoñación no está privada de un cierto orgullo patriótico: una vez más, somos los que demostramos al mundo, la potencia de nuestra imaginación (estética, política).
Lo curioso es que nadie, entre nosotros, haya dedicado sus esfuerzos a analizar “las candidaturas testimoniales” como lo que son, una invención. Como si más allá del fantasma o del testimonio hubiera alguna cosa que importara.


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