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COLUMNISTAS /
sábado 27 junio, 2009

Paisaje urbano

Hace unos días, compromisos laborales me llevaron cerca de Plaza Mayo. Cuando me liberé, caminé hacia la plaza, porque la tardecita estaba linda y anunciaba un crepúsculo amable. Me detuve a ver las obras que, desde hace meses, transformaron el perfil de la plaza. Me pareció que el cercado perimetral de la Casa de Gobierno, si bien soy enemigo por principio de cualquier forma de vallado, agrega majestad a un palacio que nunca consiguó serlo del todo.

por Redacción Perfil

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Hace unos días, compromisos laborales me llevaron cerca de Plaza Mayo. Cuando me liberé, caminé hacia la plaza, porque la tardecita estaba linda y anunciaba un crepúsculo amable.
Me detuve a ver las obras que, desde hace meses, transformaron el perfil de la plaza. Me pareció que el cercado perimetral de la Casa de Gobierno, si bien soy enemigo por principio de cualquier forma de vallado, agrega majestad a un palacio que nunca consiguó serlo del todo.
Los canteros y las fuentes que se colocaron en lo que antes fuera la vereda de la Casa Rosada, por el contrario, no me parecieron la solución decorativa más afortunada para esa fachada compuesta.
Atrás, ya lo sabemos, la Casa ha ganado un jardín privado (y los ciudadanos han perdido una plaza pública). Se supone que allí se instalarán los ya recuperados murales que Siqueiros pintó para el playroom de Natalio Botana en Don Torcuato. Tal vez no sea ése el lugar más adecuado para Ejercicio plástico (1933), una obra envolvente de temática acuática y desnudos enfáticos, pero es tan imperiosa la recuperación de esa obra que nadie puede oponerse a su peregrina inclusión en el patrimonio del Museo Casa Rosada (mayormente consagrado a la exhibición de objetos presidenciales). Por lo menos, se lo podrá ver en el playground soberano.
Adelante de la Casa de Gobierno, a la altura de la Pirámide de Mayo, todavía se sostienen inexplicablemente los vallados de contención policial que el 2001 incorporó definitivamente al paisaje ciudadano, sin que se entienda demasiado bien las razones de su superviviencia. ¿Miedo a qué?
Miré alrededor de la plaza, donde no alcancé a percibir peligros mayores que el enloquecido tránsito de la hora. Hasta donde sé, hace años que la plaza no convoca a multitudes enardecidas. Las últimas protestas masivas que hubo en ese lugar fueron, si no recuerdo mal, las que se sucedieron durante la “guerra contra el campo”, pero ninguna de ellas, si bien muchos creyeron que representaban al demonio destituyente, se propuso tomar el Palacio Presidencial por asalto.


Pero alguna pesadilla debe haber vuelto en los sueños de los sucesivos habitantes de esa casa maldita para que esos antiestéticos y ominosos vallados persistan en su desordenado tumulto ocho años después de aquellas jornadas en las que parecía que todo podía suceder (y no pasó nada). Tal vez la modificación de la fachada de la Casa Rosada no responde a principios de urbanismo decorativo sino al mismo terror: como si hiciera falta protegerse de la irrupción de quién sabe qué multitudes y qué desórdenes mediante sucesivos anillos de defensa.
El anacronismo es curioso, sobre todo si uno se deja llevar por la ensoñación crepuscular y mira, desde la vereda del Banco de la Nación Argentina, esa basílica financiera que opaca por completo a la sede del poder eclesiástico y que debemos al genio de Alejandro Bustillo, hacia el río.
Allí, donde había un puerto (o nada), una costa cenegalosa (o nada), ahora se levanta esa ciudadela insultante en su novísimo orgullo de recién nacida que, luego de haber agotado las posibilidades de las edificaciones existentes, exigió y obtuvo permisos de edificación en alto que no sólo contravienen el buen gusto, la ecología y la sensatez urbanística, sino (y sobre todo) la seguridad de nuestros soberanos.
Aterrados por lo que pudiera suceder por el frente, nuestros imprudentes gobernantes no se percataron de que dejaban completamente inerme la retaguardia y ahora hay allí gigantescas torres desde las cuales sus movimientos y sus sigilosas conversaciones pueden ser monitoreadas.
Imaginé, mientras esperaba un taxi, a un grupo de sicarios o chacales que, disfrazados de técnicos especializados en la limpieza de tanques de agua, subían a la terraza de alguna de esas torres, instalaban una plataforma lanzadora de misiles de ésas que en las películas caben en el baúl de un auto y la disparaban a la hora nona, haciendo saltar por los aires a la Casa Rosada, a su museo, a los murales de Siqueiros, a la nueva fuente de agua, a las verjas de hierro y a todos los temores de disturbios por el frente que un fotógrafo inescrupuloso pudiera aprovechar para desprestigiar a un gobierno (éste o aquél) que en verdad es tan generoso como para sacrificar su propia seguridad con tal de satisfacer el deseo de vistas bonitas de los habitantes de la ciudad con nombre de Corporación que se yergue a sus espaldas.
Nunca antes Buenos Aires me pareció tan rara y tan desvalida. Y nunca antes percibí con tal claridad “el bajo” como una línea de conflagración: de un lado, al este, el mal; al oeste, nosotros.
 


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