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COLUMNISTAS
sábado 22 agosto, 2009

El arte de narrar

Los informados sabrán decir quién va a poner la plata y con qué razones profundas. Los enterados averiguarán cuál es exactamente la puja de intereses en juego y el porqué de su resolución. Yo personalmente me hago una pregunta distinta: quiénes son los que van a relatar los partidos. Porque una cosa parece evidente, y es que se equivocan los que creen que el fútbol es un asunto de menor importancia entre nosotros.

por Redacción Perfil

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sábado 22 agosto, 2009

Los informados sabrán decir quién va a poner la plata y con qué razones profundas. Los enterados averiguarán cuál es exactamente la puja de intereses en juego y el porqué de su resolución. Yo personalmente me hago una pregunta distinta: quiénes son los que van a relatar los partidos. Porque una cosa parece evidente, y es que se equivocan los que creen que el fútbol es un asunto de menor importancia entre nosotros. El fútbol no es nada, porque es nada más que un juego; pero es capaz de significarlo todo, porque es nada menos que un juego. Y además de un juego que se juega, es un juego que se narra. Entendimos con Paul Ricoeur de qué manera el tiempo y la narración se sostienen y se dan sentido recíprocamente. Con Georg Lukács entendimos hasta qué punto las combinaciones singulares del narrar y el describir determinan las ideas que nos hacemos de lo que es la realidad social. Y con Hayden White entendimos que en la sola narración de los hechos anida ya una manera particular de interpretarlos.
Ya quisiera yo ocuparme de las últimas narraciones de la literatura argentina: del mosaico de relatos complementarios en Glaxo de Hernán Ronsino, del acompasamiento de pensamiento y narración en Mis dos mundos de Sergio Chejfec, de las derivas narrativas en Autobiografía médica de Damián Tabarovsky, de la guerra de relatos en Las teorías salvajes de Pola Oloixarac, del relato reversible en Cero de Marcelo Eckhardt. Pero no; me ocupo de estos otros relatos, los del fútbol, los que son seguidos por millones y atraviesan la sociedad entera con una influencia masiva.
En otra época, cuando los relatos de fútbol por radio los hegemonizaba José María Múñoz, nos hacíamos una idea sencilla del mundo y asumíamos una percepción plana del tiempo: las cosas eran lo que eran, pan al pan y vino al vino, y nada más; y el tiempo de las palabras trasuntaba los mismos baches y la misma lentitud que el tiempo de los hechos. Tuvo que llegar Víctor Hugo Morales a la radiofonía argentina en 1981 para que la narración de los partidos cambiara. La riqueza de metáforas nos indujo a desdoblar a cada momento existencias y semejanzas, aquello que las cosas eran y aquello que podían parecer; la aceleración y la desaceleración en el relato nos hacía notar que había dos tiempos en juego por lo menos, que uno era el de los hechos y otro era el del discurso.
En el relato televisivo primaba el criterio de la constatación nominal: relatar era decir los nombres de los jugadores, como lo hacía Mauro Viale. Un latiguillo de Horacio Aiello (“A la derecha de su pantalla, señora”) acercaba a la televisión al plano de la autoconciencia, pero todavía bajo el prejuicio de que el fútbol televisado era cosa de mujeres. Se pensaba por entonces que la televisación rivalizaba con la concurrencia a los estadios: que si se transmitían los partidos en directo, las tribunas quedarían vacías.
Más adelante se supo que no: que se trataba de dos universos conectados pero esencialmente distintos. Por ese entonces el relator pasó a ser Marcelo Araujo. Con Araujo el espectáculo cierto de la transmisión televisiva se volvió más importante que el espectáculo presunto de los partidos que se jugaban. El tiempo televisivo se impuso: los jugadores aparecían por ejemplo contando, desde el futuro, ese gol que en el presente iban a hacer pero todavía no habían hecho. O podían contestar, en una ficción de diálogo, a una pregunta que el relator les hacía desde la cabina aunque fuera en pleno partido. Fue el momento McLuhan del relato deportivo en Argentina, cuando el medio fue más que nunca el mensaje. La hipótesis que Jean Baudrillard proponía en ese mismo momento en La guerra del Golfo no ha tenido lugar, de que la CNN se transmitía a sí misma antes que transmitir la propia guerra, encontraba aquí su correspondencia, salvando las distancias de los objetos en cuestión.
Dime cómo narras y te diré cómo ves el mundo. ¿Vale la regla también para el fútbol? Claro, por qué no. Si hay pocos relatos sociales que cobren entre nosotros tanta intensidad y tanta convocatoria como los relatos de los partidos. Otros sabrán explicar por ejemplo cómo es que se las compone Julio Grondona para ocupar la presidencia de la AFA durante un lapso en el que el Vaticano precisó emplear a prácticamente cuatro Papas. O cómo se las arregla para ser vicepresidente de la FIFA, que es la mayor corporación global del mundo, sin saber hablar ni una palabra de inglés. Mientras tanto yo por mi parte me pregunto por la narración. Quiénes van a relatar y cómo.


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