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COLUMNISTAS / fantasias
sábado 28 noviembre, 2009

Nunca seremos tan cool

De acuerdo, Nueva York es la ciudad más cool del universo y cualquier comparación que con ella se establezca es a pura pérdida. Pero convendría preguntarse cómo y por qué a los neoyorquinos la ciudad les funciona y, a quienes vivimos en Buenos Aires, en cambio, nos oprime como una pesadilla.

por Redacción Perfil

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De acuerdo, Nueva York es la ciudad más cool del universo y cualquier comparación que con ella se establezca es a pura pérdida. Pero convendría preguntarse cómo y por qué a los neoyorquinos la ciudad les funciona y, a quienes vivimos en Buenos Aires, en cambio, nos oprime como una pesadilla.
Nueva York ha sufrido en los últimos tiempos gobiernos cuyas políticas urbanas no fueron particularmente progresistas. Y sin embargo... Dejemos el sistema de transporte de lado, que en Manhattan es casi tan eficiente como en cualquier ciudad europea y considerablemente más barato (por menos de tres dólares diarios se puede viajar ilimitadamente en el metro y los buses que recorren la ciudad de parte a parte). En Buenos Aires sería imposible que un funcionario municipal se pusiera a imaginar una respuesta al caótico y cada vez más fragmentado sistema de transporte público, donde cuaquier combinación de colectivo, tren y subterráneo supera holgadamente las tarifas de cualquier lugar del “primer mundo”.

Pero detengámonos en una acción al alcance de cualquier alcalde con un poco de imaginación: la High Line, el primer parque elevado del mundo, construido sobre las viejas vías de un ferrocarril en altura que ya no funciona, casi a la vera del Hudson y más o menos simétricamente cortado por la calle 14 de Manhattan. En poquísimo tiempo, además de haberse convertido en un lugar de esparcimiento, ha revitalizado una zona antes muerta de la ciudad.
¿No es exactamente eso lo que iba a ser el famoso “Parque longitudinal” tendido sobre el recorrido del ex Ferrocarril Sarmiento, desde Once a Caballito? Los neoyorquinos no tuvieron que construir el basamento (la losa), que les vino dada, pero en cambio, tuvieron que colocar barandas a lo largo de esas cuadras deliciosas de canteros, bancos y mesitas. No sé exactamente qué longitud previeron para la High Line, pero es evidente que las obras continúan, como podrían continuar en Buenos Aires, poco a poco, si alguna vez hubieran comenzado. ¿Cuánto puede costar techar, no sé, dos o tres cuadras de vías por año, llenar de yuyitos nativos algunos canteros y disponer bancos y mesas de ajedrez aquí y allá? La cifra, se me ocurre, debería estar al alcance de una ciudad como Buenos Aires, cuyas autoridades siguen proponiendo faraónicos túneles que la atraviesen de parte a parte, no porque haya alguien que necesite tal cosa sino porque es la única manera de imaginar una ciudad que tienen.

Lo dijo Macri, el alcalde que no se babea públicamente porque cada mañana sus asesoses se aseguran de llenarle la boca de tizas, por televisión: “Desde Cacciatore, nadie ha pensado la ciudad”. Cuando le pidieron explicación por una afirmación tan desafortunada, no tuvo empacho en justificar su aberración con el sencillo expediente de remitirse a las autopistas construidas, como si esa herida inexplicable de la ciudad no fuera un monumento al autoritarismo, a la fragmentación social y, también, como muchos sospechan, a la tortura y a la desaparición.
Nunca seremos tan cool como los neoyorquinos, eso es cierto, pero tampoco es justo que por eso nos obliguen a tener que soportar las desvergonzadas fantasías de aquellos para quienes una ciudad es tan sólo un lugar de paso, algo digno de ser atravesado de lado a lado en cápsulas atónitas selladas herméticamente unas respecto de las otras.
De transporte público, ni hablar. De parques longitudinales, tampoco.


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