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sábado 12 diciembre, 2009

Réquiem para un álamo

Los otros países son siempre de otros, pero a veces sirven para ver cómo funciona el nuestro. Son como escenografías, muy organizadas o terriblemente caóticas, algo así como maquetas temporarias para construir un mensaje. A lo mejor estoy viajando demasiado. Porque el mensaje que leo es siempre el mismo: qué mal vivimos.

por Redacción Perfil

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Los otros países son siempre de otros, pero a veces sirven para ver cómo funciona el nuestro. Son como escenografías, muy organizadas o terriblemente caóticas, algo así como maquetas temporarias para construir un mensaje. A lo mejor estoy viajando demasiado. Porque el mensaje que leo es siempre el mismo: qué mal vivimos.
Ahora estoy en Alemania. Mi mujer, tan lejos como está, trató de salvar un árbol, un álamo gigantesco que crecía en la vía, al fondo de casa. No lo logró. Furtivos asesinos vegetales se lo cargaron. Fue un trámite lento y doloroso. Primero fue la amenaza del Corredor Verde del Oeste. El plan de techar las vías para hacer un “parque” consistía en talar todo lo verde. Igual, el proyecto fue una estafa y se paró. No habrá parque de ningún tipo; ni verde, ni de brea. Luego vimos por la ventana cómo alguien secó el álamo (un gigante plateado de veinte metros de altura) inyectándole algo en la corteza. Mi mujer preguntó a los vecinos si sabían quién había sido, pero todos dijeron que no. Llamó a la Municipalidad, pero como no tienen jurisdicción sobre las vías, la mandaban a Once o Caballito a preguntar a mantenimiento del ferrocarril. Aunque no lo crean, lo hizo. Ahí le dijeron que no sabían nada de ningún árbol, y que –en general– el “mantenimiento” consistía básicamente en no innovar. Es decir, en no hacer nada. Sin embargo, hace dos días, vio cómo unos insólitos hijos de puta lo cortaban, y a puro grito desde su ventana les pudo sonsacar que los habían contratado los vecinos (sí, esos que dijeron no saber nada) y que las raíces le levantaban el piso a un señor del tercer piso (¿raíces que llegan hasta el tercer piso?) y que, si quería, fuera a hacer la denuncia. La hizo. Vino un patrullero. Le dijeron que era ilegal cortar un árbol de la calle, pero como eso no era totalmente la calle, entonces quién sabe.

El árbol no está más, me dijo después, con esa tristeza y ese heroísmo derrotado que me enamoran. No está más el rumor de hojas que nos adormecía.
Yo guardo silencio y miro por la ventana de este hotel o no sé qué en el que estoy viviendo, en Karlsruhe. Afuera pulula un bosque generoso. Pienso en Händel, que compuso Ombra mai fu, la canción más bella que un árbol pueda soñar. Pienso en cuánto amo a mi mujer, que canta esa canción. Me dicen que Karlsruhe fue reconstruida después de la guerra. La reconstruyeron para ser habitada por personas, así es que, pese a su escasa fama, tiene bosques, espacios públicos, piscinas estatales, termas accesibles, teatros que funcionan, el espantoso mercadito navideño de rigor donde los habitantes se toman su Glühwein al volver a casa. A mis temporarios vecinos, en este país más bien hostil, pienso, no se les ocurriría jamás cortar un árbol así, que regalaba su sombra en el verano y se pelaba en el invierno para dejar pasar el sol.

¿Por qué alguien querría cortar nuestro álamo? No lo sabemos. A lo mejor algún vecino que sólo escucha “seguridad, seguridad” cada vez que prende la tele pensó que se le iba a trepar un asesino serial o un secuestrador express por la ventana (enrejada, sí). O alguien quiere vender su casa, y piensa que tiene derecho a emparejarla un poco, privando a los demás vecinos del placer de ver un árbol en vez de una pared trasera mal revocada. En todo caso, estamos peor de lo que pensaba: allí donde fallan la Municipalidad, el Ferrocarril, la Policía, nunca deja de haber un vecino hijo de puta, educado en el desprecio, incapaz de distinguir lo vivo de lo muerto.
Plantemos otro, sugiero a mi mujer. Y esperemos 20 años a que crezca.


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