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sábado 9 enero, 2010

Un mundo de sensaciones

Vivió cuarenta años en la misma casa de siempre, y no obstante le decían “Gitano”. Basta esta referencia, amén de otras tantas posibles, para notar hasta qué punto podían conjugarse en él la potencia de lo que es con la potencia de lo que se significa.

por Redacción Perfil

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sábado 9 enero, 2010

Vivió cuarenta años en la misma casa de siempre, y no obstante le decían “Gitano”. Basta esta referencia, amén de otras tantas posibles, para notar hasta qué punto podían conjugarse en él la potencia de lo que es con la potencia de lo que se significa. Mantuvo intacto el brillo de la aventura nómade incluso quieto allí, en ese palacio para sedentarios que erigió en algún lugar de Banfield. El país por estos días se divide claramente en dos partes: la de aquellos que le dicen “Sandro” y la de aquellos que le dicen “Roberto”. Porque, como bien ha señalado Matilde Sánchez en Clarín, hay muchas mujeres que lo nombran diciendo Roberto, y eso porque lo conocieron bien de cerca; esto es, desde la fila uno de sucesivas plateas en sucesivos teatros, mirando embelesadas hacia distintos escenarios donde cantaba él.

Otras figuras, para situarse, han tenido que optar por uno de dos papeles: el de esposos ejemplares o el de mujeriegos empedernidos. Sandro lograba representar las dos cosas al mismo tiempo: perfectamente nómade y perfectamente sedentario también en lo atinente al amor. Porque es cierto lo que señaló Jorge Fernández Díaz en La Nación, y es que el sentido de su trayectoria pareció llevarlo del pecado de la pelvis meneada al equilibrio de la redención en lo correcto. Pero no es menos cierto, creo yo, que su singularidad en buena parte consistió en haber impregnado siempre una cosa con la otra. No tuvo que optar, como otros, entre el recato y la disponibilidad: combinarlos fue su hallazgo y su destreza.

Presiento que este aspecto habrá tenido una fuerte significación allá por los años sesenta. Porque el lastre de las represiones religiosas escindían como siempre en mundos tremendamente opuestos el amor sentido por un lado y la libertad sexual por el otro; pero a la vez los férreos mandatos de la liberación sexual podían a menudo sugerir oposiciones finalmente análogas, aunque con valoraciones contrarias. Y Sandro en cambio sumaba lascivia con sentimentalidad, romanticismo y calentura. Esas señoras a las que él llamaba “nenas” acaso le agradecían la revelación de esta combinatoria cuando, madres y esposas y a la vez desenfrenadas, le tiraban febriles sus bombachas al escenario. ¿Qué le pedían, que se acostara con ellas? Sí, y también que se casara. Le agradecían, y todavía le agradecen, la superación de la dicotomía cultural entre el atildamiento del marido asexuado y la fiereza del varón indomable (la dicotomía entre Palito Ortega y Cacho Castaña, para decirlo brevemente) y les ofrecía a cambio la dicha sensorial de una síntesis superadora.

Como tiende a suceder con las expresiones de la historia y de la cultura argentinas, Sandro se constituyó en un juego doble de importación y exportación: fue primero “el Elvis Presley argentino” para poder después ser “Sandro de América”. Y a eso le agregó, de una manera también muy característica, una dosis proporcional de cultura popular de suburbio, y fue un loco lindo de la zona sur. Esta articulación específica de incorporación de lo ajeno, expansión de lo propio y un aire de mitología barrial, que está por caso en el tango y está también en el fútbol y está también en Borges, aparece por fin, a su manera, en la consagración mediática de Sandro.

Su muerte en nada se parece a la de Carlos Gardel. Esa confusión la alentaron dos que basan su popularidad en el intento de anular quirúrgicamente toda huella de paso del tiempo (hablo de Mirta y de Susana, por supuesto). Gardel murió joven, congelado en su esplendor y su apogeo y sin nunca incurrir en decadencia. Sandro tramó en cambió una hazaña bien distinta, que fue lograr que la decadencia pasara de algún modo a formar parte del esplendor y del apogeo. Descubrió que el sacudón de pelvis no perdía su eficacia si incluía también algún sacudón de panza; que la agitación sensual de otrora podía continuarse y resolverse en la agitación contemporánea por el déficit en el suministro pulmonar. También en eso fue el Elvis Presley argentino, y no un Gardel: sumó canas a las patillas y varios kilos al contoneo y demostró que podía superar también la dicotomía entre la cumbre eterna y el declive, colmando de cumbres el declive, inscribiendo la eternidad del mito en el propio paso del tiempo, y no más allá.

Volcado al género melódico, saturó como corresponde las metáforas del corazón, y vino a morir con el corazón de otro, víctima final de la literalidad. Su muerte determinó la inmediata sensación de que el resto de la realidad había menguado, o que importaba un poco menos.


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