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sábado 13 marzo, 2010

Tres Américas

Medio suplemento se ha mudado a Berlín. No sé qué estará haciendo Kohan por acá, pero Link y yo coincidimos en un foro de discusión bicentenaria que organiza la Schaubühne bajo el título “Las tres Américas”.

por Redacción Perfil

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sábado 13 marzo, 2010

Medio suplemento se ha mudado a Berlín. No sé qué estará haciendo Kohan por acá, pero Link y yo coincidimos en un foro de discusión bicentenaria que organiza la Schaubühne bajo el título “Las tres Américas”. El título es una engañifa; querían señalar tres mundos en el continente, y se les antojaron así: invitaron obras del Canadá francófono, de Norteamérica (tanto de EE.UU. como de México, que es América del Norte, para desazón de los diseñadores gráficos), y de Sudamérica. Esta última, representada exclusivamente por la Argentina. Vaya confusión. Y vaya peso. Además de dos obras con las que me presento, hay una de Rodrigo García (argentino radicado en España) y una de Constanza Macras (argentina radicada en Berlín). ¿Qué teatro argentino representará involuntariamente este seleccionado tan sin tierra? Poco importa. Ese “nosotros” que se pone la camiseta cuando hay un Mundial o un Oscar es una falsificación provisoria; el “nosotros” existe, tal vez, pero es más privado y errático. Mi “nosotros” no se construye fronteras adentro, sino que es una suma de afinidades sin banderas.

Link deja algo claro: puede ser que las América geográficas sean tres, pero no son ésas. Son América del Norte, América latina y –caray– el Río de la Plata, una entelequia sideral distinta, cuyo imaginario biosférico no es de montaña ni de selva, sino de planicie empantanada, donde los habitantes originarios (nómades) no han construido ni un templo de piedra ni un lenguaje de nudos que perdure en el junco trenzado.

Marcia Pally, representando también involuntariamente a los EE.UU., expone suculentas teorías sobre la identidad norteamericana. Habla de una nueva tradición imaginaria: en tiempos de guerra y de vergüenza, el buen american es aquel que logra renunciar a ser american; presenta el ejemplo que tiene más a mano: Avatar, esa película para niños que repite la fórmula tradicional del western en forma de embudo que desemboca en el duelo cuerpo a cuerpo del héroe contra el villano. (A propósito, acabo de leer de una nueva patología psicoticoide. Muchas personas “sufrirían de traumas depresivos” luego de ver la película en 3D, ya que les duele entender que Pandora no existe. Yo, que provengo de la Pampa anegada, sospecho más bien que la tal patología “bien podría ser parte de una estrategia de venta del mismísimo producto Avatar”).

Link se disculpa por no haber venido preparado y no haber visto Avatar. Su hija le dijo que era tan mala que obligaban a la gente a verla en el IMAX; es decir: una experiencia que si no es en 3D más bien no sucede. A Link le enoja que (frente a la posibilidad de bajarse las películas gratis de Internet) quieran redirigir al público a los cines explotando la pura forma ya que nunca más los contenidos, y se niega –dice– a apoyar con su entrada una industria decadente. Sorprende que hasta Naomi Klein refiera a semejante acontecimiento. Pero veamos de relativizar las cosas. La diferencia entre el Viejo Continente y el nuevo es sensata: en Europa la comunión de una sociedad que se representa a sí misma ocurre a través de la alta cultura (la ópera; el teatro, que en un 95% resucita a los clásicos; la música culta, que revive las viejas partituras antes que imaginar colectivamente lo que aún no ha sonado nunca), mientras que en América, ese pacto de un “nosotros” se sella en la cultura popular (en la contracultura): el trash, la telenovela, el cine de acción, los chimentos. Yo, que vivo sin querer a dos aguas, veo las ventajas de ambos pactos. Y sus desventajas. Mientras lucho por presentar decentemente Bizarra (una telenovela teatral de 2003, escrita en 10 capítulos de teatro que cuentan la crisis financiera argentina en clave de folletín romántico), debo mostrar a los alemanes a cada rato mi coartada: ¡ojo, que esto no es sólo sanata, sino que además es político! Las crisis de Grecia, Irlanda, España e Islandia hacen que Europa busque soluciones a sus problemas reales en las ficciones de otros, y Bizarra (un híbrido entre la grosería y el karma o, en palabras de un crítico berlinés, un “Brecht drogado con LSD”) parece abrir los sentidos. Es un orgullo, claro. Y un grave error.

Bizarra tiene unas mil páginas, y la verdad es que casi todas las connotaciones se pierden en la traducción. Mi músico y yo nos agarramos la cabezota: mil páginas de denotación pura, sin connotación que nos ampare. ¿Cómo se traduce “un medallón de Seineldín”, cómo “a zarandear las garlopas”? ¿Qué se entenderá? Si sobrevivo al equívoco, se los cuento la semana que viene. García y Macras, mientras tanto, hicieron capote.


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