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COLUMNISTAS / formulas
sábado 27 marzo, 2010

Una fábula

Volvimos al campo para despedir al verano o, con más precisión, para darle al otoño una renuente bienvenida. Llovía, y las bellotas del roble parecían explotar sobre el techo de chapa de la galería cada vez que caían del árbol.

por Redacción Perfil

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sábado 27 marzo, 2010

Volvimos al campo para despedir al verano o, con más precisión, para darle al otoño una renuente bienvenida. Llovía, y las bellotas del roble parecían explotar sobre el techo de chapa de la galería cada vez que caían del árbol.
Si tuviéramos ardillas, pensé, estarían acopiando provisiones sin desmayo para los meses de invierno que tenemos por delante. Pero como hemos elegido (sin premeditación, pero con justicia) a los gatos, carecemos de esos simpáticos roedores que infestan las ciudades del hemisferio norte.
Tenemos, en cambio, grillos, y había uno en particular que dejaba oír su canto y que nos permitió calcular la temperatura según la fórmula (Número de cantos por minuto/5) - 9 = Temperatura en º C. No hacía demasiado calor (21º o sea: 150 cantos por minuto) y, sin embargo, el grillo frotaba sus élitros con tal furia atronadora que no entendíamos cómo las hembras de la especie no habían acudido en masa a rendirle pleitesía. Sonaba a grillo heroico, turbulento, capaz de conducir a la raza a un salto cualitativo desconocido en su historia.
Como la longitud de onda del canto del grillo es similar a la distancia que existe entre una y otra de nuestras orejas, lo que dificulta la localización del insecto, no pudimos encontrarlo, y nuestras gatas se manifestaron totalmente indiferentes a las pesquisas que emprendimos. Sospechamos, por la amplificación del chirrido, que estaba en algún lugar bajo la galería y que lo más probable fuera que hubiera construido su madriguera en un macetón dispuesto en un rincón. Eso explicó su soledad, su torpeza y su canto empezó a parecernos desesperanzado.
El más sonoro y más hermoso de los gríllidos, el Ganímedes de la raza, el que tenía que fecundar a todas las hembras con su semilla revolucionaria para llevar a la especie a la conquista del mundo, se quebraba las alas en el lugar equivocado, bajo una galería cerrada por la lluvia, donde las gatas, aunque dormitaran, no iban a permitir el paso de las grillas, que tal vez ni lo escucharan.
Demasiado confiado en la fuerza de su canto, nuestro Títono eligió mal el territorio de su reino y se condenó a una vejez solitaria y estéril.


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