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COLUMNISTAS / sarmiento k
sábado 10 abril, 2010

Hacer el bien

Los primeros años me proveyeron de la suficiente ilusión respecto de las posibilidades del mundo, pero no me habían cegado ante la evidencia de las diferencias más ominosas.

por Redacción Perfil

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Los primeros años me proveyeron de la suficiente ilusión respecto de las posibilidades del mundo, pero no me habían cegado ante la evidencia de las diferencias más ominosas. De niño –niño de clase media instalado en una barriada suburbana– yo ya había reparado en la existencia de los pobres y había concebido un plan para hacerlos desaparecer del planeta. Supongo que mi plan no era parecido a los urbanísticos que acuna el ingeniero Macri en sus desvelos de potentado, o al menos lo impulsaba una causa muy distinta. Tuve oportunidad de ofrecerlo en tercero o cuarto grado, cuando la maestra dictó el tema en la hora de Redacción: “¿Qué voy a hacer cuando sea grande?”. Yo, redacté, me destinaba a ser presidente de la República. Cuando lo fuese, iba a comprar una máquina de imprimir billetes. Cuando la máquina a mi mando imprimiera la suficiente cantidad de billetes, con el dinero resultante iba a comprar otra máquina de imprimir billetes, y así sucesivamente hasta lograr la cantidad de dinero suficiente como para repartirla entre los pobres y acabar así con la pobreza planetaria (me temo que los planes sociales son una versión morigerada de mi propuesta extrema). Eran, si mal no recuerdo, los tiempos de la dictadura de Onganía. Luego de leer mi composición, la maestra, a cambio de denunciarme a la policía para que me aplicaran la Ley 17.401 se acercó a mi banco y me dio un emocionante beso en el marote. Ese momento de comunión me resultó desconcertante, porque yo esperaba de su lectura la aprobación y puesta en práctica inmediata: mi docente iba a ser la ejecutora perfecta de mi plan maestro. Ese reemplazo de la política por el afecto puso en evidencia de que las cosas tienden a resultar más complicadas de lo que pensamos, y que existe cierta diferencia entre intención y resultados. A la inversa, cuando leo que la Presidenta se autopostula como la Sarmiento del presente, no tengo dudas de que en la comparación busca trastocar las formas de comunicación política, para arribar a cierta zona de afecto que siente que la sociedad le está retaceando.

*Periodista y escritor.


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