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SOCIEDAD
martes 8 junio, 2010

Las mentiras nuestras de cada día: ¿un mal necesario?

Especialistas y mentirosos aseguran que "es imposible" no mentir. El beneficio detrás de lo mal visto.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc
martes 8 junio, 2010

¿Quién dijo que mentir es malo? Las mentiras nuestras de cada día, dicen los que saben, muchas veces son necesarias. Y es imposible abstenerse de ellas. En la política y en los medios, las mentiras tienen patas cortas. Pocos pueden olvidar el falso título de Juan Carlos Blumberg, o de la ideal noche de pasión que vivió el fubolista Rolando Schiavi con la actriz Sandra Bullock, y algunos tendrán frescas las 100 mentiras de los Kirchner o recordarán cuando hace poco Aníbal Fernández dijo que Nicole Neumann es una mentirosa. Pero mentir no siempre es algo malo o, al menos, eso creen especialistas y mentirosos.

Es imposible no mentir. La antigüedad de la mentira en el ser humano es la misma que la de la verdad”, asegura Adriana Guraieb, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y full member de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Y explica que las mentiras no son necesariamente dañinas, y que por el contrario, suelen “ser necesarias”.
 
No tiene que ver con la mentira, sino con la intencionalidad de la mentira. Por ejemplo, podríamos decir que un escritor, que inventa historias en sus escritos, es un recontra mentiroso, pero lo hace con un fin importante para la literatura y la cultura. En cambio, un delirante que construye un mundo irreal para dañar, no tiene un buen fin en sus mentiras”, señala la especialista.
 
Guraieb explica que hay distintos tipos de mentiras. “Están las mentiras que funcionan como un mecanismo de defensa, que surgen como una necesidad, ante una posible amenaza real o fantaseada... de perder nuestro lugar, nuestro prestigio, nuestra relación sentimental. Pero también mentimos para eludir responsabilidades, para gustar, agradar, salvar nuestra imagen o ser aceptados”, señala Guraieb.
 
O mentimos porque nos gusta dar una buena imagen, y así enmascaramos nuestros defectos o mostramos sólo lo mejor. O tal vez para evitar un castigo”, agrega la psicoanalista. Y añade que también existen las mentiras llamadas “protectoras”, para cuidar, por ejemplo, a un enfermo, que si se entera, capaz le afecta peor la noticia.
 
Además, la búsqueda de artilugios para “mentir bien”, es decir, para que el otro “se la crea”, permite también el desarrollo de la creatividad. “Mentir, miente cualquiera, pero mentir bien supone inteligencia para tener el conocimiento cabal de la verdad. Supone, además, entender qué es lo que el otro quiere escuchar, o mejor dicho entrar en la mente de quien escuchará la mentira. Esto convierte a la mentira en un hecho creativo, y no hablo de las intenciones que pueden ser sublimes o dañinas, hablo de lo que hay que tener para mentir con convicción”, indica la especialista.
 
La mentira como una forma de creatividad parece la excusa perfecta para los mitómanos, pero la idea ha sido fundamentada. “Hace poco, una investigación de la Universidad de Toronto, Canadá, señalaba que los chicos que saben decir mentiras tienen mayores probabilidades de prosperar en su vida de adultos”.
 
Además la licenciada ofrece otro dato llamativo, que obtuvo de una encuesta que realizó el diario británico Daily Mail: " En promedio, decimos cuatro mentiras por día, lo que en toda nuestra vida sumarían, aproximadamente, unas 100.000”.

Los mentirosos . “El acto de mentir está mal visto. Pero decir que uno no miente es la mentira más grande que hay. Es imposible no mentir. Aunque sea en tonteras”, asegura Juliana Aguirre, de 34 años, que vive en el barrio porteño de Belgrano. Y dice que ni podría, ni siquiera, hacer un inventario por día de sus “mentirillas”, porque perdería la cuenta.
 
Lo mismo dice José García, de 27 años. “Creo que nadie puede no mentir. Pero también creo que hay diferencias entre mentir piadosamente y mentir con ánimo de joder (sic) a alguien. Ahí se pone en juego el engaño. Y el engaño, sí, es mucho más cuestionable. Aunque creo que todos, en mayor o menor medida, engañamos alguna vez”, afima el joven cineasta, que vive en el barrio de Boedo.
 
Fabián C., un ingeniero de 52 años, dice que la mentira no sólo “existe en la vida cotidiana de todo el mundo”, sino que “es necesaria”. Y ejemplifica: " Nunca le contaría a mi mujer que estuve con otra mujer, aunque sospeche, se lo negaría a muerte. Salvo que quiera lastimarla a propósito o separarme de ella. Hay mentiras que son necesarias y fundamentales para cuidar al otro”.

(*) De la redacción de Perfil.com


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