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COLUMNISTAS / homenajes
viernes 24 septiembre, 2010

Mi nombre por una calle

por Redacción Perfil

Un amigo sostiene que las protestas en Gualeguaychú contra Botnia cesarían si el Gobierno pusiera un práctica el llamado pensamiento lateral, esto es, por ejemplo, inaugurando piscinas públicas climatizadas. En su opinión la gente es capaz de hacer las cosas más inpensadas cuando sufre el flagelo del aburrimiento. La teoría es arriesgada, pero creo que habría que hacer la prueba, por lo pronto extendiendo el razonamiento a la ciudad de Buenos Aires, donde las piscinas públicas escasean.

El 24 de agosto de 1996 el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió rendir homenaje a Borges rebautizando con su nombre el tramo de la calle Serrano que corre entre Santa Fe y Honduras –el del solar donde existía la casa donde Borges vivió su infancia. El cambio de nombre ignoró un par de cosas, a saber: el propio Borges habría expresado en una de las tantas entrevistas que se le hicieron que “preferiría que una vez muerto nadie se acordara de mí, sería horrible pensar que algún día habrá una calle que se llame Jorge Luis Borges, yo no quiero una calle”. El segundo tema es la cita de unos versos de Fundación mítica de Buenos Aires: “La manzana pareja que persiste en mi barrio:/ Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”. Borges se equivocaba, en Buenos Aires no persiste nada.

Muchos turistas visitan La Habana sólo para contemplar la fachada de la casa de Zueleta 408 en cuyo baño el escritor Guillermo Cabrera Infante se masturbó por vez primera. Esa calle y esa casa permanecen, para beneplácito de los peregrinos. Los turistas que llegan a Buenos Aires con la ilusión de encontrar la manzana mencionada por Borges se pierden en los meandros del barrio de Palermo. Se los puede ver, de noche, mapa en mano, perdidos, preguntando por Serrano y Guatemala. Dan pena, pobrecitos.
Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, accedió a un viejo reclamo (promovido sobre todo por el difunto poeta Daniel Chirom) y cambió el nombre de la hemeroteca. De llamarse Gustavo Martínez Zuviría –un antisemita furibundo que fuera director de la Biblioteca durante 25 años–, la sala pasó a llamarse con el nombre del ensayista Ezequiel Martínez Estrada.

Desde el miércoles pasado la estación Malabia de la línea B se llama Malabia-Osvaldo Pugliese. Hay quien quiere leerlo como “Malabia menos Osvaldo Pugliese”, pero eso corre por su cuenta. La propuesta fue fue impulsada por vecinos de Villa Crespo, que en 2008 juntaron más de 30.000 firmas para homenajear al director de orquesta, que nació y vivió toda su vida en ese barrio.
No existe peor destino para nadie que terminar siendo el nombre de una calle (a propósito, Juan Domingo Perón es merecedor de algo mejor que la ex Cangallo: como mínimo merecería una avenida de dos manos; o mejor, una peatonal).

¿Alguien sabe quiénes fueron Medrano, Agüero, Arroyo o Malabia sin recurrir a una enciclopedia? Los ciudadanos deberían comprender que dado que el mejor modo de olvidar a los prohombres es poniéndoles sus nombres a las calles, las estaciones de subte y las hemerotecas, éstas deberían llevar los de la gente nefasta. De ese modo tal vez en el futuro sean olvidados y su nombre sea condenado a ser nada más que eso: calles, estaciones de subte y hemerotecas.


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