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COLUMNISTAS / recuerdos
sábado 9 octubre, 2010

Querido Mario, muchas gracias

por Redacción Perfil

Permítaseme recordar aquellas sabias palabras de Fernando Savater a propósito del que a su juicio debía ser el comportamiento ideal del público ante la entrega del Nobel de Literatura: “No le leído ni una puñetera línea de X, no me siento particularmente disminuido por eso y no pienso leerlo ni aunque le den un Nobel dos veces por semana”. Para el caso de Vargas Llosa la cita es anacrónica y sobre todo mentirosa, porque lo he leído y disfrutado y, como si eso fuera poco, si le dieran un Nobel dos veces por semana no me sentiría particularmente feliz pero tampoco me daría igual. Cabe suponer que un escritor en pleno ejercicio de sus facultades intelectuales, y en tanto y en cuanto goza de su máquina de detectar mierda (escrita) en perfecto estado de funcionamiento, puede seguir escribiendo ahora sin la necesidad imperiosa de publicar artículos o dictar cursos y seminarios en universidades ignotas para ganarse el puchero. Desconozco la economía personal del señor Vargas Llosa, pero quiero creer que sus problemas se han acabado y que a partir de ahora su vida entera, cada minuto de su existencia, estará dedicada a prodigarnos placeres insospechados, personajes encantadores y aventuras inigualables.

Porque ¿qué otra razón podría llevarme a sentir algún tipo de orgullo por el premio que acaban de otorgarle? Suelo considerar al Premio Nobel de lo que sea como una ventana al otro lado, al más allá o al más acá, pero en cualquier caso del otro lado. Permanecí incólume cuando el año pasado se lo llevó Herta Müller, la peor escritora de lengua germana que recuerdo haber leído en muchos años; me sentí de algún modo retribuido cuando lo obtuvo poco antes Jean-Marie Le Clézio, alguien por quien hubiera apostado mi fortuna en juventud, y reconozco haber experimentado cierta satisfacción cuando se lo dieron a Dario Fo, por la sencilla razón que lo amo, y haber creído que existía la justicia cuando se alzó con el cetro Claude Simon. Pero en el caso de Mario Vargas Llosa, aun corriendo el riesgo de pasar por pedante, debo confesar que no era necesario.

¿Y cuándo fue necesario? Bueno, hubo casos en que el Nobel de Literatura tuvo el efecto de una explosión benéfica, como cuando se lo llevó Joseph Brodsky, o como cuando permitió que empezara a circular y sonar el nombre de una poeta polaca que hasta ese día bendito era absolutamente desconocida por mí: Wislawa Szymborska. Pero no hay que ser egoísta y ampliar el campo de visión. Tal vez Vargas Llosa sea, para muchos lectores europeos o australianos que aún confunden Brasil con la Argentina, un descubrimiento inolvidable.

Además tengo una pequeña deuda con Vargas Llosa. Cuando a comienzos de los 90 trabajaba en Milán, de ayudante de cocina en un restaurante mexicano, un camarero, rumiando cierta sospecha, vino a preguntarme si Vargas Llosa era argentino. Le dije que no, que era peruano. “Hay un italiano en aquella mesa que dice que es argentino.” Me lavé las manos y fui a hablar con él. Estaba tan convencido de lo que decía que apostó dinero, mucho dinero. Y gané la apuesta. Siempre quise agradecerte por eso, querido Mario.


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