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COLUMNISTAS / asuntos internos
domingo 2 enero, 2011

Relato de un náufrago

por Redacción Perfil

Los escritores, críticos y voraces lectores Luis Chitarroni y Matías Serra Bradford trabajaron juntos en la editorial Sudamericana. Chitarroni a lo largo de veinte años; Serra Bradford, por menos de un lustro. Todo esto fue antes de que Sudamericana, absorbida por el grupo Random House, dejara de interesarse mayormente por la literatura. Cuando el sello (uno de los dos más tradicionales de la Argentina) canalizó su interés en la producción de libros comerciales (periodísticos, de autoayuda, biografías, instant books), aparentemente ya no hizo falta la tarea de editores literarios y primero se deshizo de Serra Bradford y, más tarde, de Chitarroni. A favor de Sudamericana puede aducirse que no es el único sello grande que terminó por relegar a un lugar marginal la edición de buena literatura a la hora de confeccionar su catálogo (al fin y al cabo, las editoriales son empresas privadas que dependen de su facturación anual para sobrevivir, y no es la ficción precisamente lo que insufla números azules en sus balances). Ese lugar vacante, se ha repetido hasta el cansancio (aunque no deje de ser verdad), es lo que les otorgó margen de acción y visibilidad a las decenas de editoriales independientes surgidas en la última década. Y Chitarroni y Serra Bradford fundaron, hace dos años y junto a Natalia Meta, uno de los sellos más refinados de todos los nuevos: La Bestia Equilátera.

En el catálogo de LBE se pueden distinguir, a simple vista y hasta hoy, tres grandes líneas: una suerte de continuación de la tarea de editores que Chitarroni y Serra Bradford realizaron en Sudamericana (la publicación de autores como María Martoccia, Daniel Guebel o Julian Maclaren-Ross); la edición de los libros de los propios integrantes del sello (Siluetas y Mil tazas de té, de Chitarroni; La biblioteca ideal, de Serra Bradford); y por último la que pretende redescubrir a autores olvidados o nunca traducidos al castellano, como Ivy Compton-Burnett, Muriel Spark, Alfred Hayes, Lord Berners o H.C. Lewis.

El último libro que LBE distribuyó en librerías se titula El caballero que cayó al mar, es una breve novela de aventuras y está firmada por Lewis (periodista, escritor y guionista de Hollywood nacido en Nueva York en 1909, y muerto en 1950 de un ataque al corazón). ¿Una novela de aventuras? Sí. Pero como casi todos los de LBE, se trata de un libro engañoso, que uno abre esperando una cosa y, a pesar de que se la encuentra, esa historia termina transformándose en otra (los editores proclaman incluso esta suerte de efecto Pandora desde su blog: “Y así, este libro sencillo, con apetencia de lectura exclusiva, que empieza pareciéndose a Relato de un náufrago, termina pareciéndose a Musil”). El caballero que cayó al mar es y no es, entonces, otra novela de la extensa tradición de náufragos que pueblan la historia de la literatura occidental, de Daniel Defoe a García Márquez. ¿Por qué? Porque luego de las peripecias que narran cómo Henry Preston Standish cae, por error o descuido, del buque Arabella al mar, comienza otra historia. La de ese “endeble montoncito de vida en un mundo inmenso” que es el cuerpo de Standish flotando en el medio del Pacífico, viendo desaparecer la posibilidad de su salvación al tiempo que repasa la pobre experiencia de caballero mundano que acumuló a lo largo de treinta y cinco años. Como apunta Don Birnam en el posfacio, la de Lewis es una novela retrospectiva: sutil y vertiginosa, y tan triste y entretenida como la propia vida.


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