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COLUMNISTAS / circunfesiones
sábado 11 mayo, 2013

Sed de sangre

default Foto: Cedoc

El 24 de diciembre de 1911, por la mañana, Franz Kafka se sentó para contar en su Diario con todos los pormenores y con gran crudeza la circuncisión de su sobrino. El ritual le parecía a Kafka una “anticuada y primitiva costumbre” (por no decir bárbara) y subrayaba que “las fórmulas religiosas” del judaísmo habían llegado “a su término definitivo”, por lo que tienen apenas un valor “meramente histórico”.

Al día siguiente, deducía de lo anterior una teoría completa de las pequeñas literaturas que todavía nos alcanza y, luego, cerraría la Navidad de 2011 con observaciones sobre la circuncisión en Rusia.

El asunto vuelve ahora con toda su fuerza porque en la ciudad de Nueva York acaba de aprobarse legalmente la metzitzah b’peh o succión oral del glande del niño recién circuncidado y de la sangre provocada por esa mutilación (el ritual se practica a los ocho días del nacimiento). Uno podría pasar meramente al chiste grosero fundado en la procacidad de los gestos involucrados, pero tal vez sea conveniente detenerse en el asunto porque, como es obvio, permite interrogar el problema (político) de los universales (su crisis, su imposibilidad).

En principio, hay que separar la circuncisión sanitaria de la Brit Milá (pacto de la circuncisión). Sobre la primera, la Asociación Americana de Medicina declaró que los beneficios reportados “no son suficientemente fuertes para recomendar la circuncisión rutinaria en los recién nacidos”.(“Sección de Recomendaciones”, Reporte 10, firmado por el Consejo de Asuntos Científicos, AMA, 1999). El efecto físico de la Brit Milá es idéntico al de la circuncisión, pero su sentido es introducir al niño en el pacto con el Dios de Abraham, quien pese a que vivió y sirvió a su Dios rectamente, recién con la Brit Milá, a los noventa y nueve años, alcanzó la perfección (Génesis 17:1). La perfecta relación con Dios se alcanza, en esa tradición, mediante una marca identitaria, lo que naturalmente no pudo sino crear profundos dolores de cabeza a los teólogos cristianos, tan preocupados por los universales y el ecumenismo.

En la Torá se lee: “Este es Mi mandamiento que observarás entre Yo y tú y tus hijos después de ti, de circuncidar a todos los varones. Circuncidarás la carne de tu prepucio, y será una señal del pacto entre Yo y tú” (Torá, 17: 10-11). Ninguno de las demás mitzvot se compara con la Brit Milá: el Bar Mitzvá completa el proceso que la circuncisión había comenzado: el ingreso en él del niño de su alma divina.

Los Sabios del Talmud enseñan que “cada mandamiento de la Torá por el cual el pueblo judío debe sacrificar su vida, especialmente bajo la amenaza de muerte durante períodos de persecución gubernamental, incluyendo la circuncisión, es preservado por ellos”. El Mohel es quien lleva a cabo el Brit y la metzitzah b’peh (mutilación y succión). Es un maestro cirujano con experiencia especial en el ritual y conocedor de la gran cantidad de leyes judías y médicas correspondientes al Brit Milá.

En 2012 una corte de la ciudad de Colonia (Alemania) estableció una veda sobre la circuncisión ritual luego de que un niño musulmán (otra comunidad sedienta de sangre) casi muere por una hemorragia. Y en los Estados Unidos se demostró que la succión del pene infantil multiplica por tres el riesgo de infección con herpes (lo que ha provocado la muerte de algunos niños). En ambos casos los judíos ortodoxos (y los musulmanes, y los verdes en Alemania) protestaron contra toda interferencia del Estado en relación con un rito de cuatro mil años explícito en cuanto a la limpieza bucal de la sangre tras la remoción del prepucio. En Nueva York, ese derecho es ahora legal.

Para los cristianos primitivos (Pablo de Tarso) el problema de la circuncisión era crucial porque establecía una marca identitaria, y el universalismo propio del catolicismo supone en cambio la revocación de toda propiedad jurídico-fáctica (circunciso/ no circunciso; libre/ esclavo; hombre/ mujer): “Si uno está en el mesías, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Cor 5: 17).

Los católicos de hoy, por su parte, no dejan de preguntarse, con la más profunda extrañeza, por qué se reserva la succión de la sangre que mana del pene sólo para los circuncidados a temprana edad y por qué (en el colmo de lo koscher) no se procede a la remoción del prepucio directamente con los dientes.


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