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COLUMNISTAS / desde la realidad corrupta
sábado 14 septiembre, 2013

Lógica del discurso (capitalista)

default Foto: Cedoc

A propósito de la crisis de las exportaciones, Jorge Oviedo afirma en La Nación que “comenzaron a rondar ‘gestores’ que juran tener contactos para destrabar importaciones. ‘Comenzaron a rondar antes de las PASO y sobre todo entre los pequeños y medianos empresarios más afectados por el cepo. Les piden el 15% de comisión’, dicen las fuentes. Son personajes que no dejan tarjeta, que apenas informan un número de teléfono móvil y no dicen representar a gestora formal alguna. Los que recibieron sus visitas dicen que les ofrecieron diversos mecanismos y cobrar cuando la operación se concretara. Nadie confiesa haber usado los servicios, con lo cual nadie está seguro de que sean corruptos con vinculaciones con el Gobierno o simples timadores”.

No me interesa la verdad del argumento, sino la lógica de la argumentación: si aparece el testimonio del gestor (por ejemplo, en un programa dominical), hay corrupción; si no aparece, hay corrupción muy bien escondida.
Se trata de una lógica propia de nuestros tiempos, una situación de catch-22 (sin ganador posible) o, como le gustaba pensar a Walsh, de Zugzwang, en alusión al movimiento en ajedrez que obliga a jugar al contrincante y, al hacerlo, perder la partida. Una lógica, podría decirse, correlativa del double bind propio de la esquizofrenia (es decir, del capitalismo).
Consultado sobre si el Gobierno de Al Assad podía hacer algo para detener el ataque estadounidense, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, contestó: “Podría entregar hasta la última pieza de armamento químico a la comunidad internacional en la próxima semana”. “Entregarlas sin demora y permitir el recuento completo, pero no va a hacerlo y no puede hacerse”, agregó. Si Al-Assad entrega el gas sarín, se revela como un asesino de masas y merece condena; si no lo entrega, también, y justifica la incursión militar de Estados Unidos y Francia. Ya fue hecho.

La posibilidad de que no haya armas químicas queda fuera de la argumentación y revela que la verdad de los enunciados no depende de la hipotética adecuación de éstos a la realidad, sino de una relación de fuerza que permite imponer un argumento de ese tipo (con la autoridad que le otorga su sayo, el Papa denunció, por su parte, las “guerras comerciales para vender armas”, presuponiendo que esa articuación existe, sea alguna vez visible y/o demostrable o no).

No se nos pide, entonces, que optemos por relaciones de verdad (por la verdad de lo dicho) sino que nos alineemos respecto de relaciones de fuerza. Pero esas relaciones de fuerza discursiva son opacas tanto a la verdad como a la decisión ética porque apelan a la lógica del complot como circunstancia enunciativa: lo que existe jamás es mostrado, lo que causa y determina no aparece a la vista, y si aparece, lo hace como en los casos de Edward Snowden, Chelsea Manning y Julian Assange, que revelaron no tanto un complot funcional a la lógica discursiva del capitalismo, sino una estructura de poder funcional a las sociedades de control.
Porque si Washington y Londres son capaces de saber todo lo que cualquiera dice y hace, porque son capaces de desencriptar todos los códigos, y lo han hecho, ¿cómo podríamos dudar de que, en efecto, saben lo que se esconde en Siria?

No importa que el gas sarín aparezca o no, de modo que la pregunta por la verdad del enunciado queda suspendida. Y para que pudiéramos alinearnos éticamente con una posición de fuerza como la que Washington esgrime (esta vez no en relación con territorios petrolíferos, sino a través de los cuales corren oleoductos), se nos podrían mostrar las pruebas desencriptadas, pero si eso se hace, se demuestra que nuestro presente se ha convertido en la pesadilla autoritaria prevista en 1984. Callejón sin salida tras callejón sin salida.
“Vive y actúa como si no vivieras en una sociedad capitalista”, debería ser nuestra divisa ética, precisamente porque, como queda demostrado, ésta obliga a una relación de doble vínculo (double bind o, como se dice entre nosotros: esquizofrénica). Lo esencial de la doble vinculación es el hecho de que hay dos imperativos en conflicto, ninguno de los cuales puede ser ignorado, transformando al sujeto en víctima de una disyuntiva insoluble, en loco.


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